El camino de la decepción puede convertirse en el lugar donde vuelvas a reconocer a Jesús y encuentres fuerzas para seguir adelante.
Hay decepciones que no solo nos entristecen: también nos quitan las fuerzas para seguir caminando. ¿Qué sucede cuando aquello en lo que pusimos nuestra esperanza parece morir frente a nuestros ojos?
Lucas 24:13-35 presenta a dos discípulos camino a Emaús, cargados de tristeza y preguntas sin respuesta. Habían creído que Jesús sería quien redimiría a Israel, pero su muerte había sacudido sus expectativas. Sus palabras revelan el peso de su desilusión: habían esperado algo que, a su entender, ya no sucedería.
Cuántas veces caminamos nosotros con ese mismo sentimiento. Depositamos nuestra esperanza en personas, políticos, líderes o ideas tan arraigadas en nuestra mente que terminamos confundiéndolas con la voluntad de Dios. Cuando las personas fallan o los acontecimientos contradicen lo que esperábamos, llegan la decepción, la angustia y el deseo de rendirnos.
Sin embargo, el problema de aquellos discípulos no era haber confiado en Jesús, sino haber entendido de manera incompleta lo que él había venido a hacer. Esperaban una redención, pero todavía no comprendían el camino por el cual Dios la realizaría. También nosotros podemos confiar en el Señor y, al mismo tiempo, aferrarnos a expectativas que necesitan ser corregidas por su Palabra.
Es precisamente en medio de esos escenarios donde Jesús se hace presente. Se acerca a los discípulos y camina con ellos, aunque sus ojos todavía no pueden reconocerlo. Su presencia precede a su comprensión: antes de que ellos entiendan lo que está sucediendo, Jesús ya está acompañándolos.
Primero, Jesús les permite expresar su dolor. Les pregunta acerca de su conversación y escucha cómo describen lo sucedido. No pregunta porque desconozca los hechos, sino que les da espacio para poner en palabras su tristeza y frustración. Podemos acercarnos a él con nuestras preguntas, nuestras lágrimas y nuestras expectativas rotas. La oración también puede comenzar con una confesión sincera: “Señor, esto era lo que yo esperaba, y me duele que no haya sucedido”.
Segundo, Jesús los confronta y los dirige hacia su Palabra. Después de escucharlos, señala su dificultad para creer lo anunciado por los profetas. Entonces les explica, desde las Escrituras, lo que se refería a él. Su amor incluye la corrección. Jesús atiende nuestro dolor y también nos ayuda a examinar las ideas con las que lo estamos interpretando. Aquello que ellos veían como una derrota formaba parte del cumplimiento del propósito de Dios.
Tercero, Jesús transforma su entendimiento y les permite reconocerlo. Mientras les explica las Escrituras, sus corazones comienzan a arder; más adelante, al partir el pan, sus ojos son abiertos. El relato muestra cómo su comprensión va cambiando durante el encuentro. Esa es también nuestra necesidad: permitir que la Palabra corrija nuestra mirada y alinee nuestras expectativas con lo que Dios ha revelado. A veces pedimos que cambien las circunstancias, mientras el Señor está obrando para cambiar nuestra manera de entenderlas.
Cuarto, Jesús comparte la mesa con ellos. Al llegar a la aldea, los discípulos le ruegan que permanezca. Sentado a la mesa, toma el pan, lo bendice, lo parte y se lo entrega. Ese gesto nos invita a reconocer la provisión de Dios con gratitud, aun cuando atravesamos momentos difíciles. En medio de sus preguntas todavía había pan sobre la mesa y, sobre todo, estaba Jesús con ellos. El dolor no había impedido que recibieran su cuidado.
El encuentro produce una respuesta concreta: los discípulos se levantan y regresan a Jerusalén. El camino que habían recorrido con tristeza ahora lo recorren con una esperanza renovada. Tienen un testimonio que compartir y vuelven a reunirse con los demás discípulos.
Así obra un encuentro con Jesús: escucha nuestro dolor, corrige nuestra perspectiva, ilumina nuestro entendimiento y nos mueve a actuar. Su Palabra enciende el corazón y nos devuelve fuerzas para retomar el camino.
Tal vez hoy estás caminando con el peso de algo que no sucedió como esperabas. Habla con Jesús con sinceridad, vuelve a las Escrituras y permite que él examine tus expectativas. La decepción puede haber nublado tu mirada, pero el Señor sigue acercándose a ti.
«Piensa y Acciona»
Nacho