La iglesia fue llamada a estar en el mundo, pero no a conformarse a él (Romanos 12:2); es el pueblo redimido de Dios, el cuerpo de Cristo y el templo del Espíritu Santo, cuya razón de ser no es su propia conservación, sino la glorificación de Dios mediante el cumplimiento de su misión.

La misión de la iglesia es efectiva porque está fundamentada en la autoridad de la cabeza que es Cristo Jesús. Él dijo que toda autoridad le había sido dada en el cielo y en la tierra (Mateo 28:18).  Por lo tanto, el resultado de la misión está garantizado no por quiénes lo realizan sino por causa de quién la sustenta. ¡Es Jesús quien sustenta la misión de su iglesia! Él mismo garantizó a sus discípulos que “las puertas del infierno no se mantendrían de pie ante el avance de la iglesia porque ella está fundamentada sobre él quien es la roca inconmovible de los siglos” (Mateo 16:18; Deuteronomio 32:4). 

El apóstol Pablo hace una descripción de Cristo Jesús a la iglesia en Tesalónica (Paráfrasis de Colosenses 1:15-22): “No estamos hablando de un gran maestro, de un líder inspirador o de un personaje histórico. Estamos hablando del Dios invisible que decidió hacerse visible para que la humanidad pudiera conocer el corazón del Padre. Antes de que existiera una estrella, un planeta o una montaña, Él ya estaba allí. Cuando el universo no era más que un pensamiento en la mente de Dios, Cristo ya reinaba con autoridad absoluta. Todo lo que existe fue creado por Él, por medio de Él y para Él. Él sostiene el universo entero. Mientras los gobiernos cambian, las economías se tambalean y las culturas pasan como la hierba del campo, Cristo permanece firme, manteniendo todas las cosas bajo el poder de su palabra. Si el mundo no se desmorona es porque Él sigue sentado en el trono. Pero su grandeza no terminó en la creación. Él es la cabeza de la iglesia, el que le da vida, dirección y propósito. 

El primer componente del mandato de Jesús es “ir (vayan)”. 

En Lucas capítulo 19:10 encontramos las palabras de Jesús en su encuentro con Zaqueo, “Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”. El cántico de la iglesia primitiva plasmado en Filipenses 2:5-10 presenta a Jesús como el iniciador de acercamiento a la humanidad para salvarla y acercarla al Padre. El llamado a Abraham fue a salir de su tierra y de lo conocido para dirigirse al lugar que Dios le mostraría (Génesis 12). Todos estos tienen como común denominador la acción de “salir hacia” y no permanecer estáticos en un lugar. 

El llamado a los discípulos del Señor es salir al mundo a dar a conocer la salvación provista a través de Jesús. La palabra en griego utilizada por Jesús para “ir” (“vayan” en otras versiones), es poreúmai”. Significa caminar, ponerse en marcha, trasmitiendo la idea de un movimiento continuo. Se relaciona a quien está dispuesto a salir de su zona de comodidad para cumplir un propósito. Esta idea es presentada una vez más en el mandato de Jesús hacia los discípulos de esperar en Jerusalén y ser investidos de poder por el Espíritu Santo y ser sus testigos en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta las confines de la tierra (Hechos 1:8). 

La promesa del poder del Espíritu no tenía como propósito que la iglesia permaneciera reunida en un mismo lugar, sino impulsarla a vivir en un constante movimiento misional. Por eso, cuando la persecución dispersó a los creyentes, lejos de detener la expansión del evangelio, se convirtió en el medio por el cual Dios extendió su mensaje, pues todos los que salían iban anunciando las buenas nuevas en cada lugar al que llegaban (Hechos 8:4). 

Las campañas evangelísticas en los templos son una herramienta valiosa para la proclamación del evangelio; sin embargo, la Gran Comisión no fue un llamado a esperar que el mundo llegue a la iglesia, sino a que la iglesia vaya al mundo llevando el mensaje de esperanza y salvación en Jesucristo. Cuando la vida congregacional se limita a reunirse en un edificio, cantar, escuchar una predicación y regresar a casa sin un compromiso intencional de hacer discípulos, la iglesia corre el riesgo de sustituir la misión por la rutina. La adoración congregacional fortalece a los creyentes, pero el propósito de ese fortalecimiento es enviarlos nuevamente al mundo como testigos fieles de Cristo, cumpliendo así el mandato de la Gran Comisión.

La expresión «poreúmai» (vayan) es un derivado de «peira». La Concordancia Strong define esta palabra como: prueba, experiencia, y experimentación. El Señor está diciendo que mientras vayan con el propósito de anunciar las buenas nuevas de salvación experimentarán pruebas y dificultades.

La iglesia que comprende y obedece el llamado de Jesús, camina hacia la necesidad, proclama el mensaje de liberación y perdón, mientras atraviesa por las pruebas y dificultades que conlleva el anunciar el mensaje de salvación. El apóstol Pablo fue muy enfático al escribir a la iglesia en Éfeso: “Porque nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales” (Efesios 6:12). 

El segundo componente es «Anuncien (Prediquen)» 

    Isaías capítulo 40 verso 9: “Súbete a un monte alto, oh Sion, portadora de buenas nuevas; levanta (anuncia) con fuerza tu voz, oh, Jerusalén, portadora de buenas nuevas; levántala no temas…”; y en 58:1, “Clama a voz en cuello, no te detengas; alza tu voz como trompeta, declara (anuncia) a mi pueblo su transgresión…”  (énfasis es mío). 

    El énfasis en estos versos es a proclamar una noticia, es anunciar de tal forma que el mensaje puede ser llevado y escuchado. “El evangelio es ante todo la divulgación de la obra de Cristo en nuestro favor…es noticia porque trata acerca de una salvación que se consumó por nosotros. Son las buenas noticias de que Dios ha cumplido nuestra redención en Cristo para llevarnos a la relación correcta con Él…” (Timothy Keller, Iglesia Centrada (Miami: Edición en español publicada por Editorial Vida, 2012). Pag 35. )

    La palabra griega kerysso (Strong G2784), traducida como «predicar» o «proclamar», significa anunciar públicamente, proclamar oficialmente, actuar como un heraldo o publicar con autoridad un mensaje recibido. Proviene del sustantivo kerux, que designaba al heraldo o mensajero oficial del rey. En el mundo griego y romano, cuando un monarca emitía un decreto, enviaba a un kerux para recorrer ciudades y plazas proclamando el mensaje real. Su función no consistía en interpretar, modificar o negociar el contenido del anuncio, sino en transmitirlo con absoluta fidelidad y con la autoridad de quien representaba al soberano.  

    Cuando Jesús ordena: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio» (Marcos 16:15), no está llamando simplemente a hablar acerca de él, sino a ejecutar como los heraldos de su Reino, proclamando con fidelidad y autoridad el mensaje que él mismo ha confiado a su iglesia, sin alterarlo ni adaptarlo a las preferencias de quienes lo escuchan. 

    La iglesia no ha sido llamada a crear un mensaje propio ni a adaptar el evangelio para hacerlo más aceptable a la cultura, sino a proclamar fielmente el mensaje que ha recibido de Cristo. Su autoridad no descansa en la capacidad o el prestigio del predicador, sino en Aquel que lo envía; por ello, el centro de la proclamación siempre debe ser Jesucristo y no quien anuncia el mensaje. 

    Uno de los peligros más latentes que enfrenta la iglesia al proclamar las buenas nuevas del evangelio es confundir la contextualización con la adaptación del contenido del mensaje. La iglesia está llamada a comunicar el evangelio de manera que pueda ser comprendido por cada cultura y generación; sin embargo, nunca tiene la autoridad para modificar su contenido con el fin de hacerlo más aceptable o menos ofensivo. Contextualizar significa comunicar la verdad de forma comprensible; alterar el mensaje significa comprometer la verdad misma. 

    Jesús fue enfático al establecer la relación de sus discípulos con el mundo. En su oración sacerdotal declaró: «Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo» (Juan 17:16), aunque en versículos adelante afirmó: «Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo (Juan 17:18).  El término griego kósmos (Strong G2889) posee diversos matices en el Nuevo Testamento; en este contexto se refiere al sistema de valores, creencias y estructuras humanas que viven en oposición a Dios. La iglesia, por tanto, ha sido enviada al kósmos para anunciar el evangelio, pero no para adoptar sus criterios ni permitir que estos redefinan el mensaje que ha recibido de Cristo. 

    Cuando la iglesia acomoda el evangelio a las expectativas de la cultura y deja a un lado las instrucciones del Señor, puede lograr la aprobación de quienes la escuchan, pero pierde la capacidad de confrontar al ser humano con la realidad de su pecado, la necesidad del arrepentimiento y la gracia salvadora de Jesucristo. Un mensaje que únicamente halaga al oyente puede producir admiración, pero difícilmente producirá transformación. 

    Este principio se observa claramente en la parábola del sembrador (Mateo 13:3-9; Marcos 4:3-9; Lucas 8:5-8). Jesús comienza diciendo: «He aquí, el sembrador salió a sembrar». La responsabilidad del sembrador no consiste en modificar la semilla para adaptarla a cada terreno, sino en sembrarla fielmente. La condición del terreno determinará la respuesta, no la naturaleza de la semilla. De igual manera, el apóstol Pablo recuerda que el éxito de la misión no depende de la habilidad humana, sino de la obra soberana de Dios: «Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios » (1 Corintios 3:6). La iglesia siembra y riega; Dios es quien produce el fruto. 

    Lamentablemente, muchas congregaciones han cedido a la presión de una cultura que exige un evangelio sin confrontación, una cruz sin sacrificio y un discipulado sin obediencia. En lugar de influir en el mundo, han permitido que el mundo influya en ellas, hasta el punto de que la cultura, y no Cristo, comienza a dictar el contenido, las prioridades y aun la misión de la iglesia. Sin embargo, la Gran Comisión nunca fue entregada a la cultura para ser redefinida; fue confiada por Jesucristo a su iglesia para ser proclamada con fidelidad hasta el fin de los tiempos. 

    Tercer componente es hacer discípulos 

      La Gran Comisión no ordena únicamente evangelizar, bautizar o enseñar doctrinas. El imperativo de Jesús es formar discípulos: hombres y mujeres que crean en él, le obedezcan, imiten su carácter y reproduzcan esa misma vida en otros. La conversión es el comienzo del camino; el discipulado es el objetivo permanente. Una iglesia que solo busca decisiones, pero no forma discípulos, cumple parcialmente la comisión. La misión de Cristo no termina cuando alguien cree el evangelio; culmina cuando esa persona aprende a vivir en obediencia a todo lo que él mandó y, a su vez, participa en hacer nuevos discípulos. 

      Las empresas más exitosas y perdurables tienen algo en común: comprenden que su permanencia no depende únicamente de la calidad de su producto, sino de la formación continua de las personas responsables de producirlo, mejorarlo y preservarlo. Para alcanzar sus objetivos, invierten tiempo y recursos en capacitar a sus directivos, supervisores y empleados, asegurándose de que cada uno conozca la visión de la organización, domine los procesos y esté preparado para desempeñar nuevas responsabilidades. Las compañías que logran mantenerse competitivas a través de los años son aquellas que han desarrollado una cultura de entrenamiento constante, donde el conocimiento no permanece en unos pocos, sino que se transmite intencionalmente de una generación de líderes a la siguiente. 

      Como resultado, cuando surge la necesidad de cubrir un puesto de liderazgo, la organización no tiene que comenzar desde cero; ya cuenta con personas que conocen la misión, entienden la cultura de la empresa y están preparadas para dar continuidad a su propósito. De igual manera, quienes comenzaron desempeñando funciones operacionales, gracias a un proceso continuo de formación y acompañamiento, llegan a convertirse en supervisores y líderes capaces de mantener la calidad del producto y la efectividad de la organización. 

      Aunque la iglesia no puede reducirse a un modelo empresarial, este principio ilustra una verdad profundamente bíblica: la misión de Cristo no se sostiene únicamente mediante la proclamación del evangelio, sino también mediante la formación intencional de nuevos discípulos y líderes. Jesús no solo llamó a las multitudes; dedicó tiempo a formar a doce hombres que continuarían su obra. Del mismo modo, una iglesia que desea permanecer fiel a su misión no puede conformarse con alcanzar personas; debe invertir continuamente en discipularlas, equiparlas y prepararlas para que otros también sean alcanzados y formados. 

      Las palabras griegas matheteúo (Strong G3100) y mathetes (G3101) revelan el corazón de la Gran Comisión. La primera es un verbo que significa hacer discípulos, formar o convertir a alguien en un seguidor de Cristo; la segunda es un sustantivo que describe el resultado de ese proceso; un discípulo, es decir, un aprendiz que no solo adquiere conocimiento, sino que imita el carácter, adopta los valores y vive conforme a la enseñanza de su Maestro. En Mateo 28:19, Jesús emplea matheteúsate, el imperativo matheteúo, conviertiéndolo en el mandato central de la Gran Comisión. Esto demuestra que el propósito de la iglesia no es simplemente obtener conversiones, llenar auditorios o transmitir información bíblica, sino formar hombres y mujeres cuya vida refleje a Cristo. El evangelismo inicia el proceso, pero el discipulado lo completa; por ello, una iglesia es verdaderamente fiel a su misión cuando produce discípulos que obedecen a Jesús y, a su vez, forman nuevos discípulos.

      Deja un comentario