La Misión de la Iglesia (2nda parte)

La iglesia fue llamada a estar en el mundo, pero no a conformarse a él (Romanos 12:2); es el pueblo redimido de Dios, el cuerpo de Cristo y el templo del Espíritu Santo, cuya razón de ser no es su propia conservación, sino la glorificación de Dios mediante el cumplimiento de su misión.

La misión de la iglesia es efectiva porque está fundamentada en la autoridad de la cabeza que es Cristo Jesús. Él dijo que toda autoridad le había sido dada en el cielo y en la tierra (Mateo 28:18).  Por lo tanto, el resultado de la misión está garantizado no por quiénes lo realizan sino por causa de quién la sustenta. ¡Es Jesús quien sustenta la misión de su iglesia! Él mismo garantizó a sus discípulos que “las puertas del infierno no se mantendrían de pie ante el avance de la iglesia porque ella está fundamentada sobre él quien es la roca inconmovible de los siglos” (Mateo 16:18; Deuteronomio 32:4). 

El apóstol Pablo hace una descripción de Cristo Jesús a la iglesia en Tesalónica (Paráfrasis de Colosenses 1:15-22): “No estamos hablando de un gran maestro, de un líder inspirador o de un personaje histórico. Estamos hablando del Dios invisible que decidió hacerse visible para que la humanidad pudiera conocer el corazón del Padre. Antes de que existiera una estrella, un planeta o una montaña, Él ya estaba allí. Cuando el universo no era más que un pensamiento en la mente de Dios, Cristo ya reinaba con autoridad absoluta. Todo lo que existe fue creado por Él, por medio de Él y para Él. Él sostiene el universo entero. Mientras los gobiernos cambian, las economías se tambalean y las culturas pasan como la hierba del campo, Cristo permanece firme, manteniendo todas las cosas bajo el poder de su palabra. Si el mundo no se desmorona es porque Él sigue sentado en el trono. Pero su grandeza no terminó en la creación. Él es la cabeza de la iglesia, el que le da vida, dirección y propósito. 

El primer componente del mandato de Jesús es “ir (vayan)”. 

En Lucas capítulo 19:10 encontramos las palabras de Jesús en su encuentro con Zaqueo, “Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”. El cántico de la iglesia primitiva plasmado en Filipenses 2:5-10 presenta a Jesús como el iniciador de acercamiento a la humanidad para salvarla y acercarla al Padre. El llamado a Abraham fue a salir de su tierra y de lo conocido para dirigirse al lugar que Dios le mostraría (Génesis 12). Todos estos tienen como común denominador la acción de “salir hacia” y no permanecer estáticos en un lugar. 

El llamado a los discípulos del Señor es salir al mundo a dar a conocer la salvación provista a través de Jesús. La palabra en griego utilizada por Jesús para “ir” (“vayan” en otras versiones), es poreúmai”. Significa caminar, ponerse en marcha, trasmitiendo la idea de un movimiento continuo. Se relaciona a quien está dispuesto a salir de su zona de comodidad para cumplir un propósito. Esta idea es presentada una vez más en el mandato de Jesús hacia los discípulos de esperar en Jerusalén y ser investidos de poder por el Espíritu Santo y ser sus testigos en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta las confines de la tierra (Hechos 1:8). 

La promesa del poder del Espíritu no tenía como propósito que la iglesia permaneciera reunida en un mismo lugar, sino impulsarla a vivir en un constante movimiento misional. Por eso, cuando la persecución dispersó a los creyentes, lejos de detener la expansión del evangelio, se convirtió en el medio por el cual Dios extendió su mensaje, pues todos los que salían iban anunciando las buenas nuevas en cada lugar al que llegaban (Hechos 8:4). 

Las campañas evangelísticas en los templos son una herramienta valiosa para la proclamación del evangelio; sin embargo, la Gran Comisión no fue un llamado a esperar que el mundo llegue a la iglesia, sino a que la iglesia vaya al mundo llevando el mensaje de esperanza y salvación en Jesucristo. Cuando la vida congregacional se limita a reunirse en un edificio, cantar, escuchar una predicación y regresar a casa sin un compromiso intencional de hacer discípulos, la iglesia corre el riesgo de sustituir la misión por la rutina. La adoración congregacional fortalece a los creyentes, pero el propósito de ese fortalecimiento es enviarlos nuevamente al mundo como testigos fieles de Cristo, cumpliendo así el mandato de la Gran Comisión.

La expresión «poreúmai» (vayan) es un derivado de «peira». La Concordancia Strong define esta palabra como: prueba, experiencia, y experimentación. El Señor está diciendo que mientras vayan con el propósito de anunciar las buenas nuevas de salvación experimentarán pruebas y dificultades.

La iglesia que comprende y obedece el llamado de Jesús, camina hacia la necesidad, proclama el mensaje de liberación y perdón, mientras atraviesa por las pruebas y dificultades que conlleva el anunciar el mensaje de salvación. El apóstol Pablo fue muy enfático al escribir a la iglesia en Éfeso: “Porque nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales” (Efesios 6:12). 

El segundo componente es «Anuncien (Prediquen)» 

    Isaías capítulo 40 verso 9: “Súbete a un monte alto, oh Sion, portadora de buenas nuevas; levanta (anuncia) con fuerza tu voz, oh, Jerusalén, portadora de buenas nuevas; levántala no temas…”; y en 58:1, “Clama a voz en cuello, no te detengas; alza tu voz como trompeta, declara (anuncia) a mi pueblo su transgresión…”  (énfasis es mío). 

    El énfasis en estos versos es a proclamar una noticia, es anunciar de tal forma que el mensaje puede ser llevado y escuchado. “El evangelio es ante todo la divulgación de la obra de Cristo en nuestro favor…es noticia porque trata acerca de una salvación que se consumó por nosotros. Son las buenas noticias de que Dios ha cumplido nuestra redención en Cristo para llevarnos a la relación correcta con Él…” (Timothy Keller, Iglesia Centrada (Miami: Edición en español publicada por Editorial Vida, 2012). Pag 35. )

    La palabra griega kerysso (Strong G2784), traducida como «predicar» o «proclamar», significa anunciar públicamente, proclamar oficialmente, actuar como un heraldo o publicar con autoridad un mensaje recibido. Proviene del sustantivo kerux, que designaba al heraldo o mensajero oficial del rey. En el mundo griego y romano, cuando un monarca emitía un decreto, enviaba a un kerux para recorrer ciudades y plazas proclamando el mensaje real. Su función no consistía en interpretar, modificar o negociar el contenido del anuncio, sino en transmitirlo con absoluta fidelidad y con la autoridad de quien representaba al soberano.  

    Cuando Jesús ordena: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio» (Marcos 16:15), no está llamando simplemente a hablar acerca de él, sino a ejecutar como los heraldos de su Reino, proclamando con fidelidad y autoridad el mensaje que él mismo ha confiado a su iglesia, sin alterarlo ni adaptarlo a las preferencias de quienes lo escuchan. 

    La iglesia no ha sido llamada a crear un mensaje propio ni a adaptar el evangelio para hacerlo más aceptable a la cultura, sino a proclamar fielmente el mensaje que ha recibido de Cristo. Su autoridad no descansa en la capacidad o el prestigio del predicador, sino en Aquel que lo envía; por ello, el centro de la proclamación siempre debe ser Jesucristo y no quien anuncia el mensaje. 

    Uno de los peligros más latentes que enfrenta la iglesia al proclamar las buenas nuevas del evangelio es confundir la contextualización con la adaptación del contenido del mensaje. La iglesia está llamada a comunicar el evangelio de manera que pueda ser comprendido por cada cultura y generación; sin embargo, nunca tiene la autoridad para modificar su contenido con el fin de hacerlo más aceptable o menos ofensivo. Contextualizar significa comunicar la verdad de forma comprensible; alterar el mensaje significa comprometer la verdad misma. 

    Jesús fue enfático al establecer la relación de sus discípulos con el mundo. En su oración sacerdotal declaró: «Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo» (Juan 17:16), aunque en versículos adelante afirmó: «Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo (Juan 17:18).  El término griego kósmos (Strong G2889) posee diversos matices en el Nuevo Testamento; en este contexto se refiere al sistema de valores, creencias y estructuras humanas que viven en oposición a Dios. La iglesia, por tanto, ha sido enviada al kósmos para anunciar el evangelio, pero no para adoptar sus criterios ni permitir que estos redefinan el mensaje que ha recibido de Cristo. 

    Cuando la iglesia acomoda el evangelio a las expectativas de la cultura y deja a un lado las instrucciones del Señor, puede lograr la aprobación de quienes la escuchan, pero pierde la capacidad de confrontar al ser humano con la realidad de su pecado, la necesidad del arrepentimiento y la gracia salvadora de Jesucristo. Un mensaje que únicamente halaga al oyente puede producir admiración, pero difícilmente producirá transformación. 

    Este principio se observa claramente en la parábola del sembrador (Mateo 13:3-9; Marcos 4:3-9; Lucas 8:5-8). Jesús comienza diciendo: «He aquí, el sembrador salió a sembrar». La responsabilidad del sembrador no consiste en modificar la semilla para adaptarla a cada terreno, sino en sembrarla fielmente. La condición del terreno determinará la respuesta, no la naturaleza de la semilla. De igual manera, el apóstol Pablo recuerda que el éxito de la misión no depende de la habilidad humana, sino de la obra soberana de Dios: «Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios » (1 Corintios 3:6). La iglesia siembra y riega; Dios es quien produce el fruto. 

    Lamentablemente, muchas congregaciones han cedido a la presión de una cultura que exige un evangelio sin confrontación, una cruz sin sacrificio y un discipulado sin obediencia. En lugar de influir en el mundo, han permitido que el mundo influya en ellas, hasta el punto de que la cultura, y no Cristo, comienza a dictar el contenido, las prioridades y aun la misión de la iglesia. Sin embargo, la Gran Comisión nunca fue entregada a la cultura para ser redefinida; fue confiada por Jesucristo a su iglesia para ser proclamada con fidelidad hasta el fin de los tiempos. 

    Tercer componente es hacer discípulos 

      La Gran Comisión no ordena únicamente evangelizar, bautizar o enseñar doctrinas. El imperativo de Jesús es formar discípulos: hombres y mujeres que crean en él, le obedezcan, imiten su carácter y reproduzcan esa misma vida en otros. La conversión es el comienzo del camino; el discipulado es el objetivo permanente. Una iglesia que solo busca decisiones, pero no forma discípulos, cumple parcialmente la comisión. La misión de Cristo no termina cuando alguien cree el evangelio; culmina cuando esa persona aprende a vivir en obediencia a todo lo que él mandó y, a su vez, participa en hacer nuevos discípulos. 

      Las empresas más exitosas y perdurables tienen algo en común: comprenden que su permanencia no depende únicamente de la calidad de su producto, sino de la formación continua de las personas responsables de producirlo, mejorarlo y preservarlo. Para alcanzar sus objetivos, invierten tiempo y recursos en capacitar a sus directivos, supervisores y empleados, asegurándose de que cada uno conozca la visión de la organización, domine los procesos y esté preparado para desempeñar nuevas responsabilidades. Las compañías que logran mantenerse competitivas a través de los años son aquellas que han desarrollado una cultura de entrenamiento constante, donde el conocimiento no permanece en unos pocos, sino que se transmite intencionalmente de una generación de líderes a la siguiente. 

      Como resultado, cuando surge la necesidad de cubrir un puesto de liderazgo, la organización no tiene que comenzar desde cero; ya cuenta con personas que conocen la misión, entienden la cultura de la empresa y están preparadas para dar continuidad a su propósito. De igual manera, quienes comenzaron desempeñando funciones operacionales, gracias a un proceso continuo de formación y acompañamiento, llegan a convertirse en supervisores y líderes capaces de mantener la calidad del producto y la efectividad de la organización. 

      Aunque la iglesia no puede reducirse a un modelo empresarial, este principio ilustra una verdad profundamente bíblica: la misión de Cristo no se sostiene únicamente mediante la proclamación del evangelio, sino también mediante la formación intencional de nuevos discípulos y líderes. Jesús no solo llamó a las multitudes; dedicó tiempo a formar a doce hombres que continuarían su obra. Del mismo modo, una iglesia que desea permanecer fiel a su misión no puede conformarse con alcanzar personas; debe invertir continuamente en discipularlas, equiparlas y prepararlas para que otros también sean alcanzados y formados. 

      Las palabras griegas matheteúo (Strong G3100) y mathetes (G3101) revelan el corazón de la Gran Comisión. La primera es un verbo que significa hacer discípulos, formar o convertir a alguien en un seguidor de Cristo; la segunda es un sustantivo que describe el resultado de ese proceso; un discípulo, es decir, un aprendiz que no solo adquiere conocimiento, sino que imita el carácter, adopta los valores y vive conforme a la enseñanza de su Maestro. En Mateo 28:19, Jesús emplea matheteúsate, el imperativo matheteúo, conviertiéndolo en el mandato central de la Gran Comisión. Esto demuestra que el propósito de la iglesia no es simplemente obtener conversiones, llenar auditorios o transmitir información bíblica, sino formar hombres y mujeres cuya vida refleje a Cristo. El evangelismo inicia el proceso, pero el discipulado lo completa; por ello, una iglesia es verdaderamente fiel a su misión cuando produce discípulos que obedecen a Jesús y, a su vez, forman nuevos discípulos.

      La Misión de la Iglesia 

      En 1996 llegó a la pantalla grande una película que daría origen a una de las sagas de espionaje más exitosas del cine: Misión: Imposible. Desde entonces, Ethan Hunt ha enfrentado una sucesión de desafíos que parecen imposibles de superar. En la primera entrega fue acusado de traición y obligado a descubrir al verdadero culpable mientras huía de sus propios compañeros. En la segunda tuvo que impedir que un virus mortal cayera en manos equivocadas. En la tercera arriesgó todo para proteger a su esposa y enfrentar a un despiadado traficante internacional. 

      La misión continuó cuando el gobierno desmanteló su propia agencia y él tuvo que evitar una guerra nuclear sin apoyo oficial. Más adelante se enfrentó a una organización secreta formada por antiguos agentes que operaban en las sombras, y luego a un grupo terrorista dispuesto a utilizar armas nucleares para sembrar el caos mundial. Cuando parecía que nada podía superar esas amenazas, apareció un enemigo invisible: una inteligencia artificial capaz de manipular la información, controlar sistemas enteros y poner en peligro el equilibrio del planeta. La historia concluye con una carrera contra el tiempo para impedir que esa fuerza alcance un poder absoluto. 

      Cada película presenta un escenario diferente, nuevos adversarios y mayores riesgos, pero todas conservan un elemento común: existe una misión que debe cumplirse, un propósito que no puede abandonarse y un compromiso que exige valentía, sacrificio, estrategia, perseverancia y trabajo en equipo. 

      La iglesia, diseñada desde la eternidad en el propósito soberano de Dios y establecida públicamente en Pentecostés, existe para cumplir una misión divina. Esa misión no puede ser abortada por el desánimo, descuidada por la indiferencia ni alterada por las corrientes culturales de cada época. Su llamado es permanecer fiel a las palabras de Jesucristo y ejecutar con obediencia el encargo que Él mismo le encomendó hasta el fin de los tiempos. 

      Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo (Mateo 28:19 NVI). 

      Les dijo: —Vayan por todo el mundo y anuncien las buenas noticias a toda criatura. El que crea y sea bautizado será salvo, pero el que no crea será condenado (Marcos 16:15-16). 

      La misión de la iglesia está claramente definida por Jesucristo: ir a todas las naciones, proclamar las buenas nuevas del reino, hacer discípulos, bautizar a quienes creen y enseñarles a obedecer todo lo que Él ha mandado. No es una misión ambigua ni sujeta a interpretación cultural; es un mandato directo, específico y permanente. 

      Si la misión es tan clara, surge una pregunta inevitable: ¿por qué la iglesia, en muchos lugares y momentos de su historia, ha perdido su enfoque? ¿En qué punto sustituyó el mandato de hacer discípulos por la comodidad, el activismo, el crecimiento numérico o las preferencias humanas? Más importante aún, ¿cómo puede reencontrarse con su propósito original y volver a cumplir con fidelidad el encargo que su Señor le encomendó? 

      ¿Cómo nace la iglesia? 

      La expresión en griego ekklesía significa en general, “convocación”. En el AT, el vocablo correspondiente es qahal y designa a la congregación de Israel. La LXX traduce qahal por ekklesía y emplea la expresión ekklesía tu theu, “Iglesia de Dios”, referida a la asamblea del pueblo en el Sinaí; otro tanto hace Esteban al referirse a “la congregación” que estuvo con Moisés en el desierto (Hechos 7:38). Es probable que el uso de ekklesía en la LXX influyera en su utilización por parte de los cristianos.  

      En el NT el vocablo ekklesía se constata 114 veces, y suele referirse a los fieles mismos, estén reunidos en un lugar determinado o no. En este sentido puede referirse a:  

      1. La totalidad de los que profesan la fe en Cristo, sin fronteras de tiempo y espacio (1 Corintios 12:13; Efesios 1:22-23; Hebreos 12:23). 
      1. Comunidades cristianas particulares en determinadas ciudades: Jerusalén (Hechos 8:1; Gálatas 1:2); Corinto, Éfeso, Tesalónica, etc.; o regiones: Iglesias de Judea (gálatas 1:22; 1 Tesalonicenses 2:14). 
      1. Asambleas de esas comunidades y los lugares donde se reunían (Romanos 16:5; 1 Corintios 11:18; 14:19,28). Una asamblea particular en una casa, por ejemplo, la de Aquila y Priscila (1 Corintios 16:19);o una familia de creyentes (Romanos 16:5; Colosenses 4:14 y Filemón v 2). 

      (Toda esta información fue tomada de Gran Diccionario Enciclopédico de La Biblia, editor general, Alfonso Ropero Berzosa, páginas 1220 y 1221). 

      La iglesia nace como resultado de la obra redentora de Jesucristo y se manifiesta públicamente cuando el Espíritu Santo es derramado sobre los discípulos el día de Pentecostés (Hechos 2). A partir de ese momento, la comunidad de los creyentes deja de ser un grupo de seguidores atemorizados para convertirse en un cuerpo vivo, capacitado por el Espíritu para proclamar el evangelio, hacer discípulos y dar testimonio de Cristo hasta lo último de la tierra. 

      Sin embargo, el nacimiento de la iglesia no debe entenderse únicamente como un acontecimiento histórico, sino como la materialización en el tiempo de un propósito concebido desde la eternidad. Jesús afirmó: «Edificaré mi iglesia» (Mateo 16:18), revelando que ella no es una invención humana ni el resultado de una organización religiosa, sino una comunidad establecida por Dios, edificada sobre la persona y la obra de Cristo, sostenida por el Espíritu Santo y enviada al mundo con una misión específica. 

      Por ello, Pentecostés no representa el inicio de una institución, sino el comienzo visible de un pueblo redimido, llamado a vivir en comunión con Dios, a reflejar el carácter de Cristo y a extender el reino de los cielos mediante la proclamación del evangelio (1 Pedro 2:9).  Desde sus primeros días, la iglesia nació con una identidad clara y con una misión inseparable de su existencia: glorificar a Dios y anunciar la salvación en Jesucristo a todas las naciones. 

      Propósito de existencia de la iglesia 

      El propósito de existencia de algo es la razón fundamental por la cual ese algo existe, su objetivo principal o la misión que vino a cumplir (RAE). Es el “para qué” que justifica el hecho de que algo o alguien esté presente en el mundo. Si todo aquello que existe posee un propósito que define su razón de ser, entonces resulta indispensable preguntarnos cuál es la naturaleza de la iglesia y cómo esa naturaleza determina su misión en el mundo. La respuesta a esta interrogante no solo aclarará su identidad, sino también la manera en que debe vivir, organizarse y cumplir el mandato que recibió de su Señor. 

      ¿Es la iglesia un organismo o una institución? ¿Cómo puede preservar la vida que recibe de Cristo mientras mantiene un orden bíblico que le permita cumplir fielmente la misión que él le encomendó? 

      La iglesia es la comunidad de todos los creyentes unidos a Jesucristo por la fe y regenerados por la obra del Espíritu Santo. En su dimensión universal constituye el cuerpo de Cristo (Efesios 1:22-23; 1 Corintios 12:13), mientras que en su dimensión visible se manifiesta en congregaciones locales que se reúnen para adorar a Dios, proclamar el evangelio, administrar las ordenanzas y edificar a los santos (Hechos 2:42-47; Romanos 16:5). La iglesia es un organismo vivo porque tiene la vida de Cristo como centro y su misión tiene como núcleo la resurrección de Jesús, dominio y autoridad. La iglesia posee características propias de un ser vivo: 

      • Tiene una cabeza: Jesucristo (Colosenses 1:18). 
      • Tiene vida espiritual impartida por el Espíritu Santo (Romanos 8:9-11). 
      • Sus miembros son interdependientes (1 Corintios 12:12-27). 
      • Crece, madura y se desarrolla (Efesios 4:15-16). 
      • Produce fruto (Juan 15:1-8). 

      Los organismos se reproducen y continúan un ciclo de vida. Los organismos están compuestos por diferentes sistemas y órganos que trabajan juntos para mantener su vida y llevar a cabo funciones vitales. Tienen la capacidad de crecer, reproducirse, responder a estímulos del entorno y adaptarse a los cambios. Cada organismo tiene sus propias características y necesidades, y depende de su entorno para obtener alimento, agua y energía. Los organismos pueden variar en tamaño, forma y complejidad, pero todos comparten la característica fundamental de estar vivos (proferecursos.com, consultado en 6-15-2026). 

      Aunque la iglesia se organiza en congregaciones locales con liderazgo, orden y principios de gobierno, su identidad no puede reducirse a una institución religiosa. Cuando la iglesia se define únicamente por sus estructuras, reglamentos, edificios o programas, corre el riesgo de sustituir su naturaleza espiritual por un modelo organizacional semejante al de cualquier institución humana. La iglesia fue llamada a estar en el mundo, pero no a conformarse a él (Romanos 12:2); es el pueblo redimido de Dios, el cuerpo de Cristo y el templo del Espíritu Santo, cuya razón de ser no es su propia conservación, sino la glorificación de Dios mediante el cumplimiento de su misión. 

      Continuará…

      Piensa y Acciona

      Nacho

      ¿Espiritualidad o Conveniencia Personal?

      La espiritualidad es un estilo de vida orientado hacia aquello que se percibe como trascendente y que busca generar paz mental, equilibrio interior y una visión de la vida profundizada a través de experiencias sensoriales, así como un sentimiento de alivio o sosiego frente a la culpabilidad. No se vincula necesariamente a una religión ni a una expresión cristiana en particular, sino que se presenta como una experiencia principalmente mental, capaz de transmitir una sensación de bienestar y energía positiva a quienes la practican.

      La espiritualidad, según los diccionarios, se refiere a la dimensión interior del ser humano que se relaciona con el espíritu, el alma y los valores trascendentes, y que orienta la vida más allá de lo meramente material (RAE, Oxford, Merriam-Webster y Larousse).

      En un sentido general, la espiritualidad implica un conjunto de creencias, actitudes y prácticas que expresan la sensibilidad de la persona hacia lo sagrado, lo moral y lo interior, dando prioridad a los valores espirituales sobre los materiales.

      En cambio, la espiritualidad cristiana es el fundamento de una vida centrada en Dios, caracterizada por una relación de comunión íntima con Él, basada en la fe en Jesucristo y sustentada por la guía del Espíritu Santo. Implica un compromiso activo con el estudio diligente de la Escritura, la meditación en sus enseñanzas y la aplicación práctica de sus principios en la vida cotidiana. En este sentido, la espiritualidad no se limita a un ejercicio intelectual o contemplativo, sino que se manifiesta en obediencia a la voluntad de Dios y en una conducta que refleja su amor y santidad. 

      Desde esta comprensión amplia, la espiritualidad cristiana se presenta como una expresión particular y definida, cuyo centro no es la percepción subjetiva del individuo, sino Dios mismo. De esta manera, trasciende lo meramente interno o subjetivo y se expresa en una vida rendida a la verdad de las Escrituras, donde la fe se traduce en cambios reales, decisiones coherentes y una práctica constante conforme a la voluntad de Dios.

      Toda persona vive algún tipo de espiritualidad que orienta su manera de pensar, decidir y vivir, generalmente en la dirección de aquello que le produce paz y bienestar personal. Sin embargo, la espiritualidad promovida por la cultura contemporánea y la espiritualidad bíblica responden a fundamentos distintos: la primera se construye desde lo que el individuo percibe como trascendente, mientras que la segunda nace del conocimiento de Dios y de la autoridad de su Palabra, lo cual redefine la paz, el equilibrio y el propósito de la vida. Sin embargo, ¿cómo identificar la raya entre la espiritualidad y la conveniencia personal?

      Teodoro hablaba con frecuencia de propósito, equilibrio interior y valores trascendentes. Citaba frases profundas, asistía a encuentros espirituales y sabía usar las palabras correctas para parecer centrado y consciente. Muchos pensaban que era un hombre espiritual, alguien que vivía conectado con algo más grande que él mismo.

      Sin embargo, sus decisiones siempre coincidían con lo que más le convenía. Ayudaba cuando había reconocimiento, escuchaba cuando le beneficiaba y hablaba de fe solo cuando reforzaba su imagen. Cuando la verdad exigía sacrificio, silencio o coherencia, Teodoro se justificaba diciendo que “cada quien vive su espiritualidad a su manera”.

      Con el tiempo, quedó claro que su búsqueda no era de sentido ni de transformación interior, sino de control, aprobación y comodidad. Teodoro no había negado lo espiritual; simplemente lo había reducido a una herramienta para sostener su propio bienestar.

      La espiritualidad no debe reducirse a una expresión meramente filosófica, ni a una conducta diseñada para recibir aprobación, ni limitarse a actos filantrópicos, prácticas meditativas o expresiones religiosas externas. La verdadera espiritualidad tiene su origen en Dios y se extiende desde una relación viva de comunión con Él hacia los demás, promoviendo vínculos marcados por el amor, la humildad y el respeto mutuo. Se vive en una actitud constante de humildad, reconociendo que toda virtud y capacidad proceden de Dios, y se expresa en un caminar diario de dependencia de su gracia, procurando reflejar el carácter de Cristo en el pensamiento, en la palabra y en la acción.

      Una espiritualidad sana no busca rivalizar con otros ni imponerse mediante la defensa de posturas, ideologías o pensamientos que solo alimentan sentimientos de superioridad y prepotencia. Al surgir de una relación genuina con Dios, la verdadera espiritualidad deja una marca profunda en la persona y la impulsa a un proceso de transformación interior del corazón y de la mente, llevándola a identificar y remover patrones de pensamiento y conducta que exaltan al ser humano a costa de la humillación o desvalorización de los demás.

      La Biblia presenta la espiritualidad no como una experiencia orientada al engrandecimiento personal ni a la defensa de posturas que producen división, sino como una obra transformadora de Dios en el interior del ser humano. A través de la fe en Jesucristo y la acción del Espíritu Santo, el creyente es llamado a una renovación constante del corazón y de la mente, expresada en humildad, obediencia y amor hacia los demás (Romanos 12:2–3; Filipenses 2:3–5). De este modo, la verdadera espiritualidad no se mide por palabras, apariencias o reconocimiento, sino por una vida que refleja el carácter de Cristo y glorifica a Dios en su manera de pensar, hablar y vivir.

      «Piensa Y Acciona»

      Nacho

      Conectando el Cielo con la Tierra

      «Y pondré odio entre tú y la mujer y entre tu simiente y su simiente. Ella te pisoteará la cabeza y tú le herirás la planta del pie» (Génesis 3:15 La Biblia Hebreo-Español).

      «Pero cuando se cumplió el tiempo señalado, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos (Gálatas 4:4,5 RVA 2020).

      La navidad es una época que nos recuerda el nacimiento de Jesús en la ciudad de Belén, en un pesebre. Aunque la evidencia histórica sugiere que este evento ocurrió en el mes de septiembre, el mundo cristiano lo celebra el 25 de diciembre. Esta fecha no fue elegida al azar: coincide con una celebración pagana muy significativa en la antigüedad, el culto al «Sol Invictus», una deidad adorada por muchos como símbolo de luz y victoria sobre las tinieblas.

      En los primeros siglos de la iglesia, los cristianos enfrentaron la presión de participar en estas festividades paganas. Sin embargo, en lugar de rendir culto a falsos dioses, optaron por dar un nuevo significado a esta fecha. Así, proclamaron a Jesús como la «Luz verdadera» y el «Sol de Justicia», transformando el 25 de diciembre en una celebración cristiana que exaltaba el nacimiento de Cristo como la verdadera esperanza para la humanidad, en contraste con las creencias paganas.

      De esta manera, la Navidad no solo marca el nacimiento de Jesús, sino que también refleja la victoria del Evangelio al iluminar un mundo lleno de oscuridad

      Cuando el hombre pecó en el huerto del Edén, perdió su dignidad, su lugar y su comunión con Dios quedó rota. A simple vista, parecía que el plan de Dios había fracasado, como si el enemigo hubiese tenido la última palabra. Sin embargo, nada tomó a Dios por sorpresa. Desde antes de la creación del mundo, Él ya tenía un plan perfecto de salvación y restauración para la humanidad.

      Ese plan culminaría siglos después con el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, quien vino al mundo para reconectar el cielo con la tierra. En Cristo, Dios ofreció al hombre la oportunidad de recuperar lo perdido: dignidad, propósito y una comunión plena con su Creador. Así, lo que parecía una derrota inicial se convirtió en la mayor manifestación de la gracia y el amor divinos.

      La mujer, seducida por la serpiente, decidió tomar del fruto del árbol del cual Dios había prohibido comer, y luego lo compartió con su marido. En ese momento, el pecado hizo su entrada en el mundo, alterando el orden perfecto establecido por Dios. La desobediencia de Adán y Eva marcó el inicio de una separación espiritual entre la humanidad y su Creador, y desde entonces, todos los hombres han heredado una naturaleza pecadora y están bajo condena delante de Dios.

      En el Edén, cada uno de los involucrados recibió palabras de juicio divino. Sin embargo, en medio de este juicio, Dios pronunció una promesa de redención. A la mujer le fue dada la esperanza de que su simiente aplastaría la cabeza de la serpiente, señalando así el futuro triunfo sobre el pecado y el enemigo (Génesis 3:15). Esta promesa, conocida como el protoevangelio, fue la primera proclamación de la redención que vendría a través de un Salvador.

      Siglos después, Dios renovó esta promesa a Abraham, el patriarca de la fe. A través de él, Dios declaró: «y serán benditas en ti todas las familias de la tierra» (Génesis 12:3b). Aunque esta bendición abarcaba a sus descendientes físicos, el apóstol Pablo, en su carta a los Gálatas, revela que la promesa se refería específicamente a Cristo, la simiente prometida. En Gálatas 4:4, Pablo escribe: «Pero cuando se cumplió el tiempo señalado, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley».

      Aquí, la conexión es clara: la simiente prometida en el Edén, la simiente bendita de Abraham, y el Hijo de Dios nacido de mujer, es Cristo. Él es el cumplimiento de todas las promesas divinas, el Redentor que vino a vencer el pecado y reconciliar a la humanidad con Dios. Desde el principio, el plan de Dios no solo incluyó el juicio por el pecado, sino también la gracia de la redención, manifestada plenamente en la persona de Jesús.

      La navidad nos recuerda el milagro más grande de la historia: Jesús, siendo Dios, se hizo hombre y vivió entre nosotros. En su humanidad, conoció el dolor, experimentó las necesidades básicas de la vida y enfrentó el rechazo de la sociedad. Sin embargo, nada de esto detuvo el cumplimiento del plan redentor de Dios.

      Jesús nació en Belén, un lugar humilde, pero con un propósito eterno: establecer la conexión entre el cielo y la tierra, reconciliando a la humanidad con su Creador. Su nacimiento marcó el inicio de la salvación para todos aquellos que creen en Él.

      Esta Navidad, celebra a Jesús de la mejor manera posible. Anuncia al mundo la buena noticia de su nacimiento e invita a otros a recibirle como su Señor y Salvador. Él es la razón de esta celebración y el regalo más precioso que la humanidad ha recibido.

      «Piensa y Acciona»

      Nacho

      ¿Por Qué Me Abandonaste? última parte

      ¡Un samaritano en el camino de Jerusalén a Jericó! En la parábola del buen samaritano, Jesús revela al intéprete de la Ley que el verdadero prójimo es aquel que trasciende los estereotipos y estigmas puestos por la sociedad. Este prójimo se dedica a ayudar a los demás empleando su tiempo y recursos para asistir a quienes más lo necesitan. Los personajes anteriores en la parábola pasaron de largo, ignorando el dolor y sufrimiento del hombre herido. En contraste, un samaritano a pesar de las barreras impuestas por la sociedad, se detuvo para evaluar la situación, actuó con compasión y brindo ayuda. Curó sus heridas y le llevó a un lugar donde recibiría el cuidado necesario hasta tanto estuviera recuperado.

      Este samaritano entendía por experiencia lo que significaba ser abandonado pues él y su gente estaban cargando con el peso de los pecados de generaciones pasadas de la nación de Israel. La desobediencia de la nación había llevado a su derrota y a la entrega de su territorio a extranjeros, quienes se mezclaron con los judíos y ahora eran señalados como personas no deseadas y alejadas de la salvación ofrecida a los judíos. Estas circunstancias aunque adversas no detuvieron a este hombre a brindar ayuda no midiendo el resultado que podía obtener.

      El pensamiento posmoderno que prevalece en la sociedad actual impulsa a las personas a valorar a los demás según criterios de medición social. En este contexto, la amistad, el compromiso, el compañerismo y los actos bondadosos se reservan para quienes se ajustan a este pensamiento. La cultura del valor social se centra en posesiones, popularidad y en aquellos que son marionetas del status quo. Este tipo de comportamiento es de esperarse por aquellos que no tienen a Dios en su noticia, es motivo de alarma cuando incluso la iglesia adopta esta cultura.

      Este hombre, que yace al borde la muerte, representa a aquellos que se acercan a Jesús después de haber sido marcados por el pecado y la maldad, habiendo salido de una vida de esclavitud. El pecado les ha arrebatado la felicidad, ha roto sus relaciones, y ha dejado cicatrices en sus cuerpos debido a una vida entregada al placer y los vicios. Sin embargo, Jesús se presenta en medio de su situación, les ofrece perdón,y les da una nueva naturaleza. Así, comienza un proceso de transformación y renovación.

      El samaritano que encontramos en la parábola es una viva representación del ministerio de la iglesia hacia aquellos que son rescatados por Dios. Este ministerio no se detiene en el pasado de las personas que recibieron heridas causadas por el pecado y los errores cometidos; en cambio se basa en el proceso de restauración que Dios ha comenzado en sus vidas. El samaritano aunque prometió regresar, el tiempo en que estuvo ausente, fue cubierto por otros. Ocurre de igual forma en el contexto de la familia de la fe; todos están comprometidos en el hermoso proceso de restauración.

      El ministerio de la iglesia, guiado por el Espíritu Santo, se manifiesta a través de las herramientas proporcionadas por Dios: el vino y el aceite. Estos elementos representan curación, deleite, gozo, sanidad y restauración. Algunos individuos requieren un cuidado breve, mientras que otros necesitan un apoyo prolongado y atento. En todos los casos, lo esencial es ofrecer sanidad y restauración con el amor y la gracia que Dios nos ha dado.

      ¿Por Qué Me Abandonaste?

      ¿Alguna vez te has sentido abandonado o abandonada? ¿Qué causó esa sensación? Al reflexionar sobre estas preguntas, el sentimiento de abandono vuelve a apoderarse de ti. Tal vez fue el abandono de tus padres o de uno de ellos; el divorcio inesperado; la traición de un pastor o líder en quien confiabas; los hermanos que te dieron la espalda cuando pecaste y te etiquetaron como hijo del diablo; los amigos que dejaron de hablarte porque no querías participar en sus actividades. La lista puede podría seguir, pero ya entiendes a lo que me refiero.

      El abandono deja marcas imborrables en los seres humanos especialmente cuando dependías de esa persona. ¿Qué pasa si quien que te abandono fue la iglesia? ¿Sientes que falló al no hacer lo más importante–amar y tener misericordia–cuande más lo necesitabas? En este escrito, examinaremos detenidamente la parábola del buen samaritano, que se encuentra en Lucas 10:25-37.

      En un diálogo sobre cómo heredar la vida eterna, un joven inquieto se acerca a Jesús en busca de orientación. Jesús le plantea dos preguntas cruciales: ¿qué está escrito en la ley? ¿cómo la interpretas? El joven rápido en su respuesta , resume la ley con las palabras que conocemos: amarás al Señor con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente y amarás a tu prójimo como a ti mismo. Jesús le responde, ve y haz esto para que vivas. Al parecer este joven estaba buscando una respuesta de confirmación más específica o quizás una aclaración y le pregunta a Jesús ¿quién es mi prójimo? Veremos cómo el Señor le responde.

      En la narración que sigue, se ilustra el abandono por parte de aquellos encargados de proteger y velar por los menos afortunados. Sin embargo, antes de apresurarnos, observemos al personaje en cuestión, quien no está definido por su nacionalidad, posición o estatus. El texto bíblico menciona que descendía de Jerusalén hacia Jericó, lo que nos permite suponer que podría estar regresando de adorar en el templo o de una actividad cotidiana en el mercado. En última instancia, la procedencia del personaje no es relevante para el mensaje central de lo que queremos resaltar.

      En la vida, todos seguimos un rumbo hacia un destino que creemos conveniente, eligiendo las rutas que consideramos más adecuadas para alcanzarlo. Sin embargo, no podemos prever los obstáculos que retrasarán nuestra llegada. La parábola ilustra un hombre que, tras ser robado, golpeado y abandonado como muerto, enfrenta una dura realidad: el abandono total. Esta imagen refleja una paradoja de la vida que muchos han experimentado, donde la dignidad, la virginidad, la identidad, los bienes materiales, los sueños, las ideas y las metas son despojados. La sensación de haber sido robado y golpeado es palpable, como lo expresa la frase «me diste un golpe bajo,» que denota acciones malintencionadas destinadas a causar daño y dificultar el logro de nuestros deseos. Estos golpes no solo han dejado a muchas personas irreconocibles, sino que también han apagado la luz en sus ojos, el deseo de vivir y luchar, y han endurecido sus corazones, llevándolos a un estado casi de muerte en vida.

      En ese estado casi de muerte en vida, aún mantenemos la esperanza de que en nuestro camino aparecerán personas capaces de ayudarnos a salir del abandono. Estas personas se identifican por su nivel de vida, sus proyecciones, su trayectoria, su posición y otros aspectos relevantes. La incertidumbre persiste: ¿nos decepcionarán o, por el contrario, nos brindarán la ayuda que necesitamos para recuperarnos?

      No te pierdas la segunda parte de este escrito…

      «Piensa y Acciona»

      Nacho

      ¿Entiendes lo que lees?

      ¿Alguna vez has tenido que leer un libro, documento, mensaje o alguna otra cosa que requiere comprensión más de una vez? A todos nos ha pasado que la primera vez no entendimos el mensaje o dudamos del contenido y eso nos llevó a una segunda o tercera lectura. ¿Sabes? Dios quiere que entendamos Su Palabra y la interpretemos correctamente.

      Un personaje importante le preguntó a Jesús qué cosas podía hacer para heredar la vida eterna (Lucas 10:25-37). Este era un escriba quien era parte del grupo que se dedicaba a interpretar la ley. Esta interpretación salía en parte del consejo y sabiduría de los ancianos del pueblo y también de las discusiones de la ley de parte de los rabínos. Se recurría a esa sabiduría que se iba adquiriendo a través de las experiencias de vida y al conocimiento de la ley dada por Moisés. Todo esto luego fue recogido y plasmado en lo que se conoce como el Talmud.

      Un escriba debía de tener el mensaje claro y no tener tal interrogante. Una de dos cosas puede ser posible aquí: tenía una respuesta que le daba seguridad y buscaba una afirmación ó no había entendido el mensaje la primera vez. Hay dos preguntas que Jesús le hace a este escriba: ¿qué está escrito en la ley? ¿cómo lees? Jesús no está interesado en lo que dice sino en cómo el escriba la interpretaba. La lectura junto con la interpretación modifica la conducta del individuo y es allí donde Jesús quiere llegar.

      El pensamiento judío concerniente a la salvación se concentraba en qué acciones garantizaban la vida eterna. Jesús le pregunta a este personaje si conocía la ley a lo que rápido contestó que sí. Pero, Jesús lo redirige de la lectura a la interpretación. Jesús le dice «ve y haz lo que dice la ley». Aquí el escriba se quiere pasar de listo–así decían en mi barrio. Y, ¿quién es mi prójimo? Él tenía un concepto de quién era su prójimo. Solo estaba buscando aprobación de Jesús. Para él, su prójimo eran aquellos iguales a él; que podían devolver un favor hecho. Los enfermos, niños, mujeres, vagabundos y mucho menos los samaritanos eran excluidos de ese grupo de privilegio.

      Jesús pasa a narrar una parábola que conocemos como la del buen samaritano. ¿Quién es el personaje principal? Alguien odiado por los escribas, ¡los samaritanos! Jesús quería que este escriba entendiera el mensaje y el corazón de Dios. No se trata de conocer lo que se lee, se trata de una buena interpretación.

      La Palabra de Dios está al alcance de todos nosotros y necesitamos leerla, pero más que todo darle una buena interpretación que sea práctica. Los fariseos no creían en Jesús, pero entendían que el escudriñar las Escrituras los conducía a la salvación. Jesús le dice «ellas son las que dan testimonio de mi». Es imposible creen en la Biblia y no creer en Jesús. El diácono Felipe le preguntó al etíope– que iba leyendo las Escrituras– si entendía lo que estaba leyendo a lo que este le respondió, «no hay quien me la explique» (Hechos 8:26-38).

      Una interpretación correcta de lo que Dios nos está diciendo nos lleva a realizar su voluntad la cual es buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2). ¿Estás entendiendo lo que Dios te ha hablado? ¿Cómo lo estás interpretando? Permite al Espíritu Santo que moldee tu manera de pensar, tu manera de ver las cosas y tu interpretación de las mismas. Una buena interpretación nos lleva a una mejor conducta y nos ayuda a practicar la justicia.

      ¡Piensa y Acciona!

      Nacho

      El Evangelio Que No Me Predicaron

      El evangelio es el mensaje cristiano, su proclamación, o las «buenas nueva», referidas especialmente a las enseñanzas de Jesús acerca del reino de Dios y a la predicación de la iglesia en cuanto a Jesús. Él es la buena noticia dándose en sacrificio por nuestros pecados, pagando nuestra culpa, perdonándonos y dándonos acceso al Padre. Somos sus hijos bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales (Efesios 1:3).

      El evangelio es sencillo; no hay nada complicado que no pueda ser entendido y aceptado. En Mateo 11 verso 30, el Señor Jesús dijo, «Mi yugo es fácil, y ligera mi carga». Hay muchos «evangelios» que han surgido, pero hay un solo «evangelio de Jesucristo». ¿Por qué dentro de las congregaciones se predica y enseña un evangelio diferente? ¿Por qué se quiere privar a muchos de conocer el evangelio de Jesucristo?

      Se ha predicado un evangelio de fe sin arrepentimiento resultando en una religión hipócrita y presuntuosa. Esto ha producido personas que están aferradas a una creencia, la defienden, la manipulan y articulan en palabras de tal manera que quienes le escuchan son acusados de infieles y merecedores del infierno. Por otro lado, se ha predicado un evangelio de arrepentimiento sin fe resultando en remordimiento inútil y frustrante. Estos son acusados constantemente por su conciencia y por sus «hermanos en la fe». A este evengelio se le tiene que añadir constantemente una dosis de buenas obras que calmen la conciencia de toda culpabilidad.

      El evangelio de Jesucristo ofrece perdón de pecados a todos aquellos que ponen su fe en Jesús; trae liberación de ataduras y conductas pecaminosas a quienes ponen su confianza en él. Es capaz de perdonar a una mujer sorprendida en el acto de adulterio (Juan 8); restaura a quienes lo niegan (Juan 21: 15-17); transforma a los perseguidores de la iglesia (Hechos 9). El evangelio no solo llega al pobre también alcanza al rico; llega al esclavo y al amo; no importa la raza, el color o la etnia. Por cuanto el evangelio es Jesús, transforma a todos aquellos que lo aceptan en su corazón. No hay verdad tan liberadora que sentir el perdón de los pecados y tener la seguridad de que Dios está dispuesto a restaurar lo que se ha perdido (Lucas 19:10).

      Ese es el evangelio que debe ser predicado a este mundo que busca identidad, reconocimiento y aceptación. Ese es el evangelio que debe ser sostenido en las congregaciones; predicado desde los altares y desde la esquina en la calle. Este es el evangelio que no me predicaron: Este mensaje es verdadero y todo el mundo debe creerlo: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero (1 Timoteo 1:15).

      «Piensa y Acciona»

      Nacho

      Rompiendo Esquemas-crecimiento cristiano sostenible 2nda parte

      «Lo que tenemos en nuestras mentes va condicionando la conducta que reflejamos en el exterior» (1era parte).

      Para entender el concepto de lo que son las estructuras mentales es bueno estudiar lo que son las estructuras en un sentido general. 

      Una estructura es definida como el conjunto de los elementos importantes de un cuerpo, un edificio u otra cosa. Suele relacionarse con la armadura que sirve de soporte para ese determinado cuerpo o edificio. El término proviene del latin structūra.

      Hay 3 funciones principales y 2 características deseables para que una estructura sea eficaz: (1) soportar cargas, (2)mantener la forma, (3)proteger partes delicadas, (4)ligeras y (5)estables.

      Funciones: 

      1. Soportar cargas- las fuerzas o carga siempre están presentes en la naturaleza: la gravedad, el viento, las olas, etc. 
      1. Mantener la forma- es fundamental que no se deformen, porque de ocurrir, los cuerpos se rompen. Esto puede ocurrir mediante terremotos o el desgaste con el tiempo. 
      1. Proteger partes delicadas- una estructura debe proteger las partes delicadas. 

      Características: 

      1. Ligeras- deben ser ligeras porque si es muy pesada, podría venirse al suelo y se echarían a perder los materiales. 
      1. Estables- la estructura no puede caerse aunque reciba diferentes cargas. 

      ¿Qué materiales se deben usar? Los materiales son escogidos de acuerdo al peso que va a soportar la estructura. Si es construcción de edificios, puentes, o túneles, se usan varios elementos tales como ladrillos, bloques, cemento, agua, arena, acero, o madera. Es de vital importancia escoger los mejores materiales al momento de construcción para obtener durabilidad, que cumplan con las normativas, porque son más seguros, porque tienen funcionalidad óptima, contaminan menos, tienen mayor eficiencia energética y revalorizan las construcciones. 

      Visto lo que son las estrucuras en un sentido general, analicemos las estructuras mentales. 

      Los seres humanos descubren e interactuan con el mundo que les rodea como resultado de una educación inicial en sus primeras experiencias. Desde ahí se comienza a construir sus propias estructuras mentales, que representan y a la vez interpretan el entorno que les rodea. En ocasiones se quiere hacer creer que los comportamientos, reacciones y respuestas a los diferentes escenarios que presenta la vida surgen de un vacío. ¡Nada surge del vacío! Las estructuras mentales que se han ido construyendo durante los años son las responsables de esto. Estos escenarios se producen en la casa, en el trabajo, en la escuela, en la vida cristiana, en el ministerio y en todo lugar donde interactuamos con los demás. 

      Algunos ejemplos de las respuestas de los individuos a los escenarios que presenta la vida son: resistencia a los cambios , reacciones emocionales como la ira, el enojo, la tristeza, la ansiedad, pensamientos suicidas, vicios-como forma de escape y la toma de decisiones.

      Hay una corriente de pensamientos, emociones y pasiones que están activos en una persona, sin que el consciente se dé cuenta; ejercen una influencia sobre su conducta, y muchas veces, hasta engañan”. Estos son los mecanismos de defensa los cuales están presentes en todos los seres humanos y ejercen una influencia marcada sobre el comportamiento humano. Son aquellos mecanismos, principalmente inconscientes que los individuos emplean para defenderse de emociones o pensamientos que producirían ansiedad, sentimientos depresivos o una herida en la auto-estima si llegasen a la consciencia.  

      ¿Cómo se pueden restructurar los pensamientos o cambiar la perspectiva de la vida en las diferentes etapas de manera que ésta sea fructífera e impacte a otros?  Venir al Señor en arrepentimiento es el primer paso hacia una vida victoriosa pero no puede quedarse ahí. Es intentar subir al segundo piso de una casa quedándose en el primer escalón o no utilizar el ascensor. 

      Continúa…….

      «Piensa y Acciona»

      Nacho

      Rompiendo Esquemas- crecimiento cristiano sostenible 1era parte

      ¿Qué se entiende por un cristiano maduro? ¿Cuáles son algunos de los retos en la vida cristiana para avanzar espiritualmente? ¿Cuáles son algunas características de madurez espiritual? ¿Cómo cambiar la manera de analizar las situaciones de la vida? 

      Ser perseverante en el camino del Señor es una cualidad que todo cristiano debe mostrar a lo largo de su vida cristiana. No tenerla lleva a una vida ambivalente, infructuosa y desquilibrada. Son muchos los que a pesar de aceptar a Jesús como Salvador no pueden mantener un nivel de madurez y crecimiento. Su carácter no les facilita la capacidad de enfrentar las demandas de la realidad. Venir al Señor en arrepentimiento es el primer paso hacia una vida victoriosa pero si se queda en ese primer escalón no podrá disfrutar de una vida plena en el Señor. 

      El apóstol Pablo escribiendo a la iglesia en Roma les dice que después de entregar el cuerpo al Señor como un sacrificio vivo, le sigue la rendición de la mente y la manera de analizar las situaciones diarias.1 La salvación en su plenitud es salud integral y es una obra que Dios va realizando hasta el día de Jesucristo.2  

      Veamos cómo se va efectuando el proceso de la madurez en la vida del cristiano y cómo seguir en un crecimiento estable y saludable. 

      El apóstol Pablo hace una inivitación a los creyentes de Filipos y también a todos aquellos cristianos de todo lugar, época y region escribiendo lo siguiente: 

       Por último, hermanos, consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio.  Pongan en práctica lo que de mí han aprendido, recibido y oído, además de lo que han visto en mí y el Dios de paz estará con ustedes.3 

      El consejo es a revisar lo que hay en nuestra mente con la intención de filtrar todo aquello que se va acumulando e ir desechando lo que hace daño. Alguien dijo que somos lo que pensamos o sea que lo que tenemos en nuestras mentes va condicionando la conducta que reflejamos en el exterior.

      Todos los seres humanos tienen diferentes maneras de ventilar sus emociones, mostrar comportamientos, tener reacciones y respuestas a las situaciones de la vida. ¿Cómo lo hacen? A través de las estructuras mentales. ¿Qué son estas? Son impresiones que hay en nuestros cerebros, que condicionan nuestras actitudes, comportamientos y costumbres. ¿Cómo se forman? Se forman por las experiencias acumuladas a través del tiempo, vividas en la familia, en la escuela y en las relaciones con otros individuos.  

      Las estructuras mentales son aprendidas e incorporadas a nuestro diario vivir y se manifiestan en reacciones y respuestas que damos a los problemas y situaciones. Esto se debe a que las experiencias y aprendizaje del pasado quedan grabados en nuestro subconsciente. Esto es conocido como marco de referencia. Las emociones y sentimientos se van moldeando de acuerdo a estas estructuras mentales. Estas son cambiables de acuerdo a cómo nos vamos desenvolviendo en la vida y a qué estamos expuestos. No reaccionamos de la misma manera en las diferentes etapas de la vida pues vamos madurando a medida que pasa el tiempo y la perspectiva de la vida cambia.

      La forma en que afrontamos las diferentes situaciones vitales basadas en nuestras estructuras mentales determina en gran medida nuestra personalidad. 4  

      Esto continúa…

      «Piensa y Acciona»

      Nacho