La Santidad Transformadora: Impacto en la Sociedad y el Testimonio Cristiano (última parte)

«Ustedes son la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿cómo daremos sabor a la comida? para nada sirve la sal, y será mejor botarla para que sea pisoteada por los hombres. Ustedes son la luz del mundo; una ciudad no puede estar escondida si está ubicada en una montaña» (Mateo 5:13-14, TCB).

El Sermón del Monte establece el marco ideal para una santidad que transforma vidas e impacta la sociedad, ofreciendo un testimonio genuino y relevante para el mundo. Jesús emplea la metáfora de la sal y la luz para ilustrar el llamado de la iglesia: ser un agente de cambio con propósito. La sal resalta el valor de una fe que preserva y da sabor, mientras que la luz representa la verdad que disipa las tinieblas. Juntas, ambas imágenes reflejan la misión ineludible de los creyentes: encarnar el amor y la compasión de Cristo mientras proclaman el mensaje de salvación.

Jesús formó y capacitó a doce hombres, quienes bajo el poder del Espíritu Santo en Pentecostés, fueron transformados en testigos fieles de su enseñanza. Más de dos mil años después, la iglesia permanece firme sobre la faz de la tierra. En un mundo sumido en crisis, con gobiernos carentes de liderazgo sabio y sistemas económicos y políticos en constante búsqueda de soluciones, los intentos humanos han fracasado una y otra vez.

A lo largo de los siglos, la iglesia ha sido la fuerza más poderosa en la historia, no solo por su mensaje proclamado, sino por su testimonio tangible, visible en la predicación y en su compromiso de servir a los necesitados. Ha encarnado con fidelidad la misión descrita por el evangelista Lucas: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ungió para evangelizar a los pobres, me ha enviado para proclamar la libertad a los cautivos, para devolverles la vista a los ciegos, para liberar a los oprimidos» (4:18). Abandonar esta misión no solo será un error, sino un pecado, privando a muchos de la oportunidad de una eternidad gloriosa con nuestro Señor Jesucristo.

Regresemos a esa santidad que transforma el corazón y se refleja en un estilo de vida, no de condenación, sino de gracia, compasión y misericordia. Seamos la diferencia en medio de la multitud; que nuestra voz se alce para testificar de Jesús y de su amor salvador, que nuestras manos se extiendan para levantar al caído y no para hundirlo, que nuestros pies corran hacia el necesitado y no huyan de él, y que nuestros santuarios sean verdaderos lugares de adoración, celebración y comunión.

«Piensa y Acciona»

Nacho

Conectando el Cielo con la Tierra

«Y pondré odio entre tú y la mujer y entre tu simiente y su simiente. Ella te pisoteará la cabeza y tú le herirás la planta del pie» (Génesis 3:15 La Biblia Hebreo-Español).

«Pero cuando se cumplió el tiempo señalado, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos (Gálatas 4:4,5 RVA 2020).

La navidad es una época que nos recuerda el nacimiento de Jesús en la ciudad de Belén, en un pesebre. Aunque la evidencia histórica sugiere que este evento ocurrió en el mes de septiembre, el mundo cristiano lo celebra el 25 de diciembre. Esta fecha no fue elegida al azar: coincide con una celebración pagana muy significativa en la antigüedad, el culto al «Sol Invictus», una deidad adorada por muchos como símbolo de luz y victoria sobre las tinieblas.

En los primeros siglos de la iglesia, los cristianos enfrentaron la presión de participar en estas festividades paganas. Sin embargo, en lugar de rendir culto a falsos dioses, optaron por dar un nuevo significado a esta fecha. Así, proclamaron a Jesús como la «Luz verdadera» y el «Sol de Justicia», transformando el 25 de diciembre en una celebración cristiana que exaltaba el nacimiento de Cristo como la verdadera esperanza para la humanidad, en contraste con las creencias paganas.

De esta manera, la Navidad no solo marca el nacimiento de Jesús, sino que también refleja la victoria del Evangelio al iluminar un mundo lleno de oscuridad

Cuando el hombre pecó en el huerto del Edén, perdió su dignidad, su lugar y su comunión con Dios quedó rota. A simple vista, parecía que el plan de Dios había fracasado, como si el enemigo hubiese tenido la última palabra. Sin embargo, nada tomó a Dios por sorpresa. Desde antes de la creación del mundo, Él ya tenía un plan perfecto de salvación y restauración para la humanidad.

Ese plan culminaría siglos después con el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, quien vino al mundo para reconectar el cielo con la tierra. En Cristo, Dios ofreció al hombre la oportunidad de recuperar lo perdido: dignidad, propósito y una comunión plena con su Creador. Así, lo que parecía una derrota inicial se convirtió en la mayor manifestación de la gracia y el amor divinos.

La mujer, seducida por la serpiente, decidió tomar del fruto del árbol del cual Dios había prohibido comer, y luego lo compartió con su marido. En ese momento, el pecado hizo su entrada en el mundo, alterando el orden perfecto establecido por Dios. La desobediencia de Adán y Eva marcó el inicio de una separación espiritual entre la humanidad y su Creador, y desde entonces, todos los hombres han heredado una naturaleza pecadora y están bajo condena delante de Dios.

En el Edén, cada uno de los involucrados recibió palabras de juicio divino. Sin embargo, en medio de este juicio, Dios pronunció una promesa de redención. A la mujer le fue dada la esperanza de que su simiente aplastaría la cabeza de la serpiente, señalando así el futuro triunfo sobre el pecado y el enemigo (Génesis 3:15). Esta promesa, conocida como el protoevangelio, fue la primera proclamación de la redención que vendría a través de un Salvador.

Siglos después, Dios renovó esta promesa a Abraham, el patriarca de la fe. A través de él, Dios declaró: «y serán benditas en ti todas las familias de la tierra» (Génesis 12:3b). Aunque esta bendición abarcaba a sus descendientes físicos, el apóstol Pablo, en su carta a los Gálatas, revela que la promesa se refería específicamente a Cristo, la simiente prometida. En Gálatas 4:4, Pablo escribe: «Pero cuando se cumplió el tiempo señalado, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley».

Aquí, la conexión es clara: la simiente prometida en el Edén, la simiente bendita de Abraham, y el Hijo de Dios nacido de mujer, es Cristo. Él es el cumplimiento de todas las promesas divinas, el Redentor que vino a vencer el pecado y reconciliar a la humanidad con Dios. Desde el principio, el plan de Dios no solo incluyó el juicio por el pecado, sino también la gracia de la redención, manifestada plenamente en la persona de Jesús.

La navidad nos recuerda el milagro más grande de la historia: Jesús, siendo Dios, se hizo hombre y vivió entre nosotros. En su humanidad, conoció el dolor, experimentó las necesidades básicas de la vida y enfrentó el rechazo de la sociedad. Sin embargo, nada de esto detuvo el cumplimiento del plan redentor de Dios.

Jesús nació en Belén, un lugar humilde, pero con un propósito eterno: establecer la conexión entre el cielo y la tierra, reconciliando a la humanidad con su Creador. Su nacimiento marcó el inicio de la salvación para todos aquellos que creen en Él.

Esta Navidad, celebra a Jesús de la mejor manera posible. Anuncia al mundo la buena noticia de su nacimiento e invita a otros a recibirle como su Señor y Salvador. Él es la razón de esta celebración y el regalo más precioso que la humanidad ha recibido.

«Piensa y Acciona»

Nacho

El Evangelio en Movimiento: Sal, Conecta y Transforma

Las ideas, los planes de trabajo, los esquemas , las lluvias de ideas, por muy prometedoras que sean, carecen de utilidad si no llegan a concretarse. El joven que está locamente enamorado de la joven pero nunca se lo comunica; el inventor que solo guarda sus ideas en la mente sin materializarlas; o el empresario que escribe propuestas revolucionarias para su empresa pero no las ejecuta, todas tienen algo en común: si no actúan, sus sueños solo serán eso, ideas, pensamientos o ilusiones.

El plan de Dios para la humanidad fue claramente presentado por Cristo Jesús a sus discípulos antes de ascender a los cielos: «Id por el mundo, predicar el evangelio y hacer discípulos» (Marcos 16:15; Mateo 28:19). Este mandato no fue solo una instrucción, sino una continuación de lo que Él mismo modeló durante su tiempo en la tierra. Jesús vivió entre los hombres, entregándose por completo a aquellos que vino a ministrar. Salió al encuentro de las necesidades, se compadeció de los quebrantados, sanó a los enfermos, liberó a los oprimidos y, a través de sus palabras y acciones, se presentó como el Hijo de Dios, enviado para salvar al hombre. Su vida fue el ejemplo perfecto de un evangelio en movimiento.

Primeramente, para que el evangelio de Jesús esté en movimiento, los creyentes tienen que salir. Este mandato es más que una invitación, es un llamado a dejar atrás la comodidad y la pasividad para cumplir con la misión encomendada por Cristo. Sin embargo, desde la pandemia del 2020, se ha visto un cambio significativo en cómo muchos abordan esta tarea. Son numerosos los que prefieren vivir el evangelio desde la comodidad de su hogar, sin tener que salir a compartir las Buenas Nuevas cara a cara. No se trata de una falta de deseo por la salvación de otros, sino una tendencia a pretender impactar al mundo desde la sala o el comedor, confiando en medios digitales o interacciones mínimas.

Si bien estas herramientas tienen su lugar y han demostrado ser útiles, nunca podrán reemplazar el poder transformador del contacto directo. Esto lleva al segundo punto: ¡Conectar!. Conectar no es solo un acto físico; es un movimiento intencional de hacia las necesidades del prójimo, un paso de amor y compasión que refleja obediencia al mandato de Jesús. En una sociedad que promueve un culto egocéntrico, centrado únicamente en el ‘yo’, y en una generación acostumbrada a exponerse constantemente y a buscar atención a través de redes y plataformas digitales, este comportamiento no es más que un grito silencioso de desesperación, un anhelo profundo por una conexión genuina con los demás.

El evangelio en movimiento no solo nos llama a salir, sino también a tender puentes que trasciendan la superficialidad de la cultura. Es una invitación a ofrecer relaciones significativas, donde las personas puedan encontrar esperanza, sanidad y el amor transformador de Cristo.

Y así llegamos al tercer punto: Transformación. El evangelio son las buenas noticias de que Dios envió a su Hijo, Jesús, no solo a encarnarse y vivir entre los hombres, sino también a reconciliar al hombre con Dios a través de su sacrificio en la cruz. El evangelista Lucas resume esta misión con claridad al declarar: «Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10).

Esta reconciliación no es solo un concepto teológico; es una experiencia real que transforma vidas. Todo aquel que recibe a Jesús en su corazón experimenta el poder transformador de Dios. Su vida toma un rumbo diferente, tal como lo afirma la Escritura: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas» (2 Co 5:17).

El Evangelio en Movimiento: Sal, Conecta y Transforma. No te quedes inactivo. Vive el evangelio con pasión y propósito, llevando las Buenas Nuevas a cada rincón. Sal de tu zona de confort, conecta con las necesidades de los demás y permite que el poder transformador de Dios fluya a través de ti. ¡Haz que otros conozcan a Jesús y reciban la salvación!

«Piensa y Acciona»

Nacho

¡Estás en el lugar equivocado!

Sentir que estás en el lugar equivocado puede ser profundamente desalentador. Rodearte de personas que no valoran tu presencia, trabajar en un entorno donde no te sientes cómodo, elegir una carrera que no te apasiona o relacionarte con quienes no comparten tus intereses, puede ser emocional y mentalmente agotador. Cuando no estás donde realmente perteneces, es difícil que tu corazón encuentre paz.

La Biblia nos narra una parábola sobre un hombre que tenía dos hijos. Este hombre era próspero, poseía muchas tierras que producían abundantemente y contaba con numerosos trabajadores a su disposición. Vivía de manera acomodada junto a sus hijos, lo que podría llevar a pensar en ese hogar no faltaba nada. Sin embargo, el hijo menor, rodeado de comodidades materiales, experimentaba carencias emocionales y anhelaba una vida distinta. En su percepción, ¡él estaba en el lugar equivocado!

El hijo menor finalmente convenció a su padre de entregarle la parte de la herencia que le correspondía, y sin pensarlo mucho, se marchó de su hogar. Al alejarse, sintió una inmensa sensación de libertad y alivio. Estaba convencido de que el mundo más allá de su hogar era el lugar adecuado para él. Ahora podía disfrutar de una vida sin la mirada vigilante de su padre, hacer lo que quisiera sin restricciones, rodearse de amigos, disfrutar de placeres y no rendir cuentas a nadie. Esa era la vida que siempre había soñado, y al fin la estaba viviendo a su manera.

Este joven decidió irse lejos de su hogar porque no quería estar cerca de quienes lo conocían; deseaba comenzar una vida nueva en la que pudiera encontrar satisfacción. Aunque en su casa no le faltaba nada material, su anhelo de independencia lo hacía sentir incómodo. Buscaba estar en lugares donde lo apreciaran y reconocieran su verdadero valor. Son muchas las personas que comparten este sentimiento y , motivadas por el deseo de algo diferente, deciden abandonar lo conocido para aventurarse en un mundo desconocido, pero a sus ojos, lleno de promesas y fascinación.

Pronto, personas interesadas comenzaron a rodearlo; las mujeres llegaban sin demora, y las bebidas nunca faltaban. Era como vivir un sueño hecho realidad. ¡Estas eran precisamente las cosas que había deseado cuando vivía con su padre! Ahora que podía disfrutar de esa libertad sin restricciones, sintiéndose dueño de su vida, ¿quién podría detenerlo? Todo aquello que había anhelado parecía estar al alcance de su mano.

La perspectiva de lo que realmente es importante puede verse distorsionada por pensamientos ilusorios que no consideran lo desconocido. Estos pensamientos suelen ignorar no las desilusiones que inevitablemente surgen, así como la falta de sinceridad en quienes rodean a la persona. Sumergirse en la creencia de estar atrapado en un mundo lleno de barreras puede llevar a un profundo muy desencanto. La realidad, lejos de cumplir con las expectativas idealizadas, suele mostrar que lo que parecía ser libertador y perfecto puede estar lleno de vacíos y decepciones.

Este joven abandonó no solo dejó atrás su hogar, sino también a su padre y los valores que realzaban su belleza interior. Se convenció de que era capaz de gestionar no solo su vida, sino también sus pertenencias. Sin embargo, sentirse fuera de lugar no debería ser motivo suficiente para tomar decisiones permanentes en un entorno en constante cambio.

Esto continúa…

«Piensa y Acciona»

Nacho

Una Fe Sencilla

¡Que frustrante es intentar ensamblar un escritorio que, a simple vista, parece sencillo pero se convierte en una odisea! Aún peor es terminar y descubrir que han sobrado piezas. Entonces hay que desarmarlo, leer las instrucciones con atención y tomarse el tiempo necesario para hacerlo correctamente. Esta complicación no es culpa del fabricante, sino de no seguir las indicaciones adecuadamente.

De manera similar, la fe que define al hijo de Dios, no es complicada en esencia; son los hombres quienes la han enredado con distintivos innecesarios y complejidades.

Judas, el escritor bíblico, escribe la siguiente: «Pero ustedes, mis amados, edifíquense a sí mismos practicando una fe de identidad, conectados con el Espíritu Santo […]» (verso 20 TCB). «Esta fe se fundamenta en el conocimiento de Dios por medio de Cristo Jesús, conocimiento que va a regir la vida y el carácter de la persona, y ésta va adquiriendo la identidad de Dios por medio de Cristo» (Yattenciy Bonilla, Diccionario Griego-Español).

A lo largo de los siglos, la fe que define nuestra identidad ha sido atacada y, en consecuencia, ha perdido su originalidad, diluyéndose en aguas turbias. Tras el tercer sigo de nuestra era, la iglesia se vio cada vez más absorbida por la búsqueda de poder y esplendor, lo que resultó en la pérdida de su autoridad espiritual. Siglos después, Martin Lutero advirtió que los fundamentos bíblicos de la fe habían sido erosionados, reemplazados por capas de traición, superstición y razón.

Durante la Era de Iluminación, la fe de identidad fue relegada a un segundo plano, cediendo su lugar a la razón como principal fuente de iluminación. Con el advenimiento del modernismo, se comenzó a priorizar los logros personales, metas, deseos y pensamientos del individuo, elevando el «Yo» por encima de la fe de identidad. Posteriormente, el postmodernismo desechó tanto la fe de identidad como la noción de verdad absoluta, dando cabida a un relativismo que permitía todo tipo de comportamientos, evaluados únicamente por quien los cometía, cada uno determinando su propia verdad.

La fe sencilla que define una relación con Dios a través de Cristo no admite ninguna forma de alteración. Se fundamenta en vivir una vida apartada del pecado, abrazando principios y valores morales bíblicos que reflejan a Jesús. No debe estar influenciada por el status quo de nuestra época, que promueve un libertinaje desenfrenado. Esta fe sencilla permite al cristiano confiar en Dios, sustentándose en lo que Su palabra promete: Su poder, Su presencia y la certeza de que sostiene a sus hijos en tiempos de adversidad, enfrentando perspectivas e ideologías que desvían a la humanidad de Su modelo ético bíblico.

La fe sencilla brinda seguridad al cristiano, incluso cuando no obtiene respuestas a sus peticiones, ya que se aferra a las maravillas que Dios ha realizado en el pasado. Esta fe genera en la vida del hijo de Dios una declaración de victoria en medio de las dificultades, una fortaleza en las pruebas, una esperanza inquebrantable frente al caos y un ancla firme en medio de las tormentas más violentas.

¿Por qué complicar esta fe?

«Piensa y Acciona»

Nacho

¿Por Qué Me Abandonaste? última parte

¡Un samaritano en el camino de Jerusalén a Jericó! En la parábola del buen samaritano, Jesús revela al intéprete de la Ley que el verdadero prójimo es aquel que trasciende los estereotipos y estigmas puestos por la sociedad. Este prójimo se dedica a ayudar a los demás empleando su tiempo y recursos para asistir a quienes más lo necesitan. Los personajes anteriores en la parábola pasaron de largo, ignorando el dolor y sufrimiento del hombre herido. En contraste, un samaritano a pesar de las barreras impuestas por la sociedad, se detuvo para evaluar la situación, actuó con compasión y brindo ayuda. Curó sus heridas y le llevó a un lugar donde recibiría el cuidado necesario hasta tanto estuviera recuperado.

Este samaritano entendía por experiencia lo que significaba ser abandonado pues él y su gente estaban cargando con el peso de los pecados de generaciones pasadas de la nación de Israel. La desobediencia de la nación había llevado a su derrota y a la entrega de su territorio a extranjeros, quienes se mezclaron con los judíos y ahora eran señalados como personas no deseadas y alejadas de la salvación ofrecida a los judíos. Estas circunstancias aunque adversas no detuvieron a este hombre a brindar ayuda no midiendo el resultado que podía obtener.

El pensamiento posmoderno que prevalece en la sociedad actual impulsa a las personas a valorar a los demás según criterios de medición social. En este contexto, la amistad, el compromiso, el compañerismo y los actos bondadosos se reservan para quienes se ajustan a este pensamiento. La cultura del valor social se centra en posesiones, popularidad y en aquellos que son marionetas del status quo. Este tipo de comportamiento es de esperarse por aquellos que no tienen a Dios en su noticia, es motivo de alarma cuando incluso la iglesia adopta esta cultura.

Este hombre, que yace al borde la muerte, representa a aquellos que se acercan a Jesús después de haber sido marcados por el pecado y la maldad, habiendo salido de una vida de esclavitud. El pecado les ha arrebatado la felicidad, ha roto sus relaciones, y ha dejado cicatrices en sus cuerpos debido a una vida entregada al placer y los vicios. Sin embargo, Jesús se presenta en medio de su situación, les ofrece perdón,y les da una nueva naturaleza. Así, comienza un proceso de transformación y renovación.

El samaritano que encontramos en la parábola es una viva representación del ministerio de la iglesia hacia aquellos que son rescatados por Dios. Este ministerio no se detiene en el pasado de las personas que recibieron heridas causadas por el pecado y los errores cometidos; en cambio se basa en el proceso de restauración que Dios ha comenzado en sus vidas. El samaritano aunque prometió regresar, el tiempo en que estuvo ausente, fue cubierto por otros. Ocurre de igual forma en el contexto de la familia de la fe; todos están comprometidos en el hermoso proceso de restauración.

El ministerio de la iglesia, guiado por el Espíritu Santo, se manifiesta a través de las herramientas proporcionadas por Dios: el vino y el aceite. Estos elementos representan curación, deleite, gozo, sanidad y restauración. Algunos individuos requieren un cuidado breve, mientras que otros necesitan un apoyo prolongado y atento. En todos los casos, lo esencial es ofrecer sanidad y restauración con el amor y la gracia que Dios nos ha dado.

¿Por Qué Me Abandonaste? 3era parte

La expresión «A la verdad de que tú eres bravo», refleja la admiración por aquellos que, a pesar de enfrentar dificultades, críticas y obstáculos, mantienen su integridad y hacen lo que es correcto en el momento adecuado. No siempre se cuenta con todas las circunstacias favorables para realizar buenas acciones, ofrecer ayuda desinteresada o mostrar amor genuino hacia los demás.

El status quo que al fomentar una sociedad centrada en el egoísmo, el egocentrismo y el hedonismo, contribuye a la creación de una cultura de manipulación que ciega a sus miembros ante el sufrimiento y la necesidad ajena. Cuando alguien tiene el coraje de desafíar esas normas sociales, a menudo es percibido como débil, sin inteligencia o como alguien que desperdicia lo que ha obtenido con esfuerzo. La verdad es que la sociedad tiende a evaluar a las personas en función de lo que tienen y no lo que realmente son.

En la parábola del Buen Samaritano, observamos cómo dos personajes eligieron mantener el status quo en lugar de compadecerse de un ser humano en sufrimiento. Aunque es posible que el estado de esa persona fuera consecuencia de no tomar las precauciones necesarias, esto no justifica el abandono de quienes están llamados a practicar la justicia, la bondad y el amor. Estas virtudes son cada vez más escasas en nuestra sociedad, la cual a menudo valora la compensación personal por los logros alcanzados– lo cual no es negativo en si mismo– pero tiende a despreciar a aquellos que no alcanzan niveles sociales reconocidos.

Desafortunadamente, esta misma mentalidad también se manifiesta en ciertos círculos religiosos, las personas son admiradas en función de su tiempo en la iglesia, su posición ministerial o su grado de influencia. Sin embargo, cuando alguien de estos círculos comete un error o un pecado , suele ser abandonado, criticado y menospreciado. Y esto es sin mencionar la situación aún más grave para aquellos que careciendo de reconocimiento, enfrentan un trato aún más desfavorable.

El apóstol Pablo condena tal actitud en su epístola a los Gálatas,diciendo: «Hermanos, en caso de que alguien se encuentre enredado en alguna transgresión, ustedes que son espirituales restauren al tal con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado» (Gálatas 6:1). Aunque estas palabras se refieren a un contexto de pecado cometido, su esencia puede aplicarse a otros contextos, ya que en el siguiente versículo, Pablo exhorta a llevar las cargas de los demás, señalando que «de esta manera cumplirán la ley de Cristo» (verso 2).

No se puede abandonar a quienes han sido maltratados por las duras experiencias y circunstancias adversas de la vida. Sean culpables o no de su situación, la obligación no es convertirse en jueces que desestiman la responsabilidad de la misericordia y la compasión. ¿Cómo habría afectado la conciencia del sacerdote al seguir su camino e ignorar la necesidad del moribundo? Aquellos que han experimentado la salvación conocen el amor del Padre y disfrutan de la comunión con el Hijo. Como resultado, el Espíritu Santo transforma sus corazones, impulsándolos a actuar con verdadera compasión y misericordia.

No te pierdas la próxima parte. Esto continúa…

«Piensa y Acciona»

Nacho

¿Por Qué Me Abandonaste? 2nda parte

En los medios de comunicación, tanto sociales como noticiosos, a menudo nos informan sobre casos desgarradores de recién nacidos, ancianos y animales que han sido abandonados por sus familias o cuidadores. La angustia que deben experimentar estos seres es difícil de imaginar. Ser dejado a la intemperie, al azar o a la benevolencia de un extraño debe ser una experiencia extremadamente dolorosa y desoladora.

Los seres humanos no están diseñados para vivir en soledad ni para sentirse abandonados por la sociedad. Estamos hechos para convivir y relacionarnos con otros seres humanos. Este principio se refleja en las Escrituras cuando Dios crea al primer ser humano, Adán. El escritor bíblico señala que “para Adán no se halló ayuda que le fuera idónea” (Génesis 2:20). Esta afirmación sugiere que el plan divino para el ser humano incluye la compañía y el apoyo de otros seres humanos, destacando que la existencia plena y significativa se encuentra en la relación y la interacción con nuestros semejantes.

En la parábola del Buen Samaritano, Jesús describe a un hombre que, tras ser asaltado y dejado casi muerto en el camino de Jerusalén a Jericó, se enfrenta a una agonía extrema. Este hombre probablemente experimentó pensamientos aterradores sobre su posible muerte, temores sobre si su familia alguna vez conocería su destino, y una profunda desesperanza mientras yacía herido, ensangrentado y sin poder moverse.

¿Te has sentido alguna vez en una situación de tal vulnerabilidad, inseguro y abandonado, con pensamientos tan oscuros como el deseo de rendirte o de acabar con tu vida.? Aún en esos momentos más desesperados, hay un tenue rayo de esperanza que persiste, sosteniendo la creencia de que la situación puede mejorar y que el futuro puede ofrecer algo mejor.

Afortunadamente para el hombre en la parábola, se encontraba en un camino transitado por viajeros. Esto le daba la posibilidad de recibir ayuda de alguien movido por la compasión. Aunque la espera probablemente fue larga y llena de dolor, y aunque la vida parecía desvanecerse con cada segundo, el hecho de que la ayuda pudiera estar cerca mantenía viva una chispa de esperanza.

Finalmente, se oyen los pasos de un individuo descrito como un sacerdote del Templo. Aunque el relato no detalla si el moribundo pudo identificar a este sacerdote en ese momento de debilidad y vulnerabilidad, es natural pensar que al escuchar estos pasos, el herido recuperó por un instante la esperanza de ser auxiliado.

Este sacerdote se encuentra con el hombre herido, casi muerto, y decide no ayudarle. Es razonable suponer que el sacerdote podría estar regresando a su hogar tras cumplir con sus deberes en el Templo, donde su rol era crucial para la vida espiritual del pueblo: ofrecer sacrificios, ministrar y mantener la relación entre el pueblo y Dios.

La Ley de Moisés, como se menciona en Levítico 21:1-4, prohibía a los sacerdotes tocar cadáveres o estar en contacto con cuerpos muertos, salvo en casos de familiares cercanos. El sacerdote en la parábola, al no acercarse al herido, podría estar intentando cumplir con esta ordenanza y evitar el riesgo de contaminación ritual. Por lo tanto, aunque su acción puede parecer falta de misericordia, podría interpretarse como un intento de mantener su pureza ritual.

Después del sacerdote, pasa por allí un levita, también miembro de la tribu de Leví, cuyo papel era asistir al sacerdote en sus funciones. Al igual que el sacerdote, los levitas estaban sujetos a las mismas leyes de pureza respecto a los muertos. El levita, a diferencia del sacerdote, se acerca al herido pero, en lugar de ofrecer ayuda, continúa su camino.

Tanto el sacerdote como el levita decidieron continuar hacia su hogar y entorno cotidiano en lugar de ofrecer ayuda al hombre herido. Su adhesión rígida a las leyes rituales los cegó ante la necesidad inmediata del prójimo, llevándolos a ignorar los dos mandamientos fundamentales que Jesús destacó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37-40). Estos mandamientos, según Jesús, son la base de toda la Ley y los Profetas, y deberían guiar nuestras acciones y decisiones.

La actitud de estos personajes puede reflejar una crítica hacia aquellos que, enfocados en el cumplimiento de normas religiosas, pierden de vista la esencia del amor y la compasión. En este contexto, el cumplimiento estricto de las reglas rituales se convierte en una barrera que impide la verdadera práctica de la misericordia.

Es comprensible que, si has tenido experiencias dolorosas con personas o instituciones que se autodenominan religiosas, puedas sentir un resentimiento hacia todo lo que representan. Esa sensación de abandono y la falta de compasión que has experimentado pueden haber herido profundamente tu confianza en la iglesia o en las prácticas religiosas en general. Es natural que estas experiencias aisladas puedan afectar tu percepción y provocar un desinterés o rebelión hacia las instituciones que te han causado dolor.

Sin embargo, es importante recordar que estas experiencias, aunque dolorosas, no representan la totalidad de la fe o la comunidad religiosa. La verdadera esencia del amor y el cuidado, como se enseñó en la parábola, va más allá de las normas y rituales. A veces, es en el ejercicio de la misericordia y el amor genuino donde podemos encontrar un sentido más profundo de conexión y sanación, tanto con los demás como con nuestra propia espiritualidad.

No te pierdas la tercera parte de este escrito…

«Piensa y Acciona»

Nacho

¿Por Qué Me Abandonaste?

¿Alguna vez te has sentido abandonado o abandonada? ¿Qué causó esa sensación? Al reflexionar sobre estas preguntas, el sentimiento de abandono vuelve a apoderarse de ti. Tal vez fue el abandono de tus padres o de uno de ellos; el divorcio inesperado; la traición de un pastor o líder en quien confiabas; los hermanos que te dieron la espalda cuando pecaste y te etiquetaron como hijo del diablo; los amigos que dejaron de hablarte porque no querías participar en sus actividades. La lista puede podría seguir, pero ya entiendes a lo que me refiero.

El abandono deja marcas imborrables en los seres humanos especialmente cuando dependías de esa persona. ¿Qué pasa si quien que te abandono fue la iglesia? ¿Sientes que falló al no hacer lo más importante–amar y tener misericordia–cuande más lo necesitabas? En este escrito, examinaremos detenidamente la parábola del buen samaritano, que se encuentra en Lucas 10:25-37.

En un diálogo sobre cómo heredar la vida eterna, un joven inquieto se acerca a Jesús en busca de orientación. Jesús le plantea dos preguntas cruciales: ¿qué está escrito en la ley? ¿cómo la interpretas? El joven rápido en su respuesta , resume la ley con las palabras que conocemos: amarás al Señor con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente y amarás a tu prójimo como a ti mismo. Jesús le responde, ve y haz esto para que vivas. Al parecer este joven estaba buscando una respuesta de confirmación más específica o quizás una aclaración y le pregunta a Jesús ¿quién es mi prójimo? Veremos cómo el Señor le responde.

En la narración que sigue, se ilustra el abandono por parte de aquellos encargados de proteger y velar por los menos afortunados. Sin embargo, antes de apresurarnos, observemos al personaje en cuestión, quien no está definido por su nacionalidad, posición o estatus. El texto bíblico menciona que descendía de Jerusalén hacia Jericó, lo que nos permite suponer que podría estar regresando de adorar en el templo o de una actividad cotidiana en el mercado. En última instancia, la procedencia del personaje no es relevante para el mensaje central de lo que queremos resaltar.

En la vida, todos seguimos un rumbo hacia un destino que creemos conveniente, eligiendo las rutas que consideramos más adecuadas para alcanzarlo. Sin embargo, no podemos prever los obstáculos que retrasarán nuestra llegada. La parábola ilustra un hombre que, tras ser robado, golpeado y abandonado como muerto, enfrenta una dura realidad: el abandono total. Esta imagen refleja una paradoja de la vida que muchos han experimentado, donde la dignidad, la virginidad, la identidad, los bienes materiales, los sueños, las ideas y las metas son despojados. La sensación de haber sido robado y golpeado es palpable, como lo expresa la frase «me diste un golpe bajo,» que denota acciones malintencionadas destinadas a causar daño y dificultar el logro de nuestros deseos. Estos golpes no solo han dejado a muchas personas irreconocibles, sino que también han apagado la luz en sus ojos, el deseo de vivir y luchar, y han endurecido sus corazones, llevándolos a un estado casi de muerte en vida.

En ese estado casi de muerte en vida, aún mantenemos la esperanza de que en nuestro camino aparecerán personas capaces de ayudarnos a salir del abandono. Estas personas se identifican por su nivel de vida, sus proyecciones, su trayectoria, su posición y otros aspectos relevantes. La incertidumbre persiste: ¿nos decepcionarán o, por el contrario, nos brindarán la ayuda que necesitamos para recuperarnos?

No te pierdas la segunda parte de este escrito…

«Piensa y Acciona»

Nacho

¿Entiendes lo que lees?

¿Alguna vez has tenido que leer un libro, documento, mensaje o alguna otra cosa que requiere comprensión más de una vez? A todos nos ha pasado que la primera vez no entendimos el mensaje o dudamos del contenido y eso nos llevó a una segunda o tercera lectura. ¿Sabes? Dios quiere que entendamos Su Palabra y la interpretemos correctamente.

Un personaje importante le preguntó a Jesús qué cosas podía hacer para heredar la vida eterna (Lucas 10:25-37). Este era un escriba quien era parte del grupo que se dedicaba a interpretar la ley. Esta interpretación salía en parte del consejo y sabiduría de los ancianos del pueblo y también de las discusiones de la ley de parte de los rabínos. Se recurría a esa sabiduría que se iba adquiriendo a través de las experiencias de vida y al conocimiento de la ley dada por Moisés. Todo esto luego fue recogido y plasmado en lo que se conoce como el Talmud.

Un escriba debía de tener el mensaje claro y no tener tal interrogante. Una de dos cosas puede ser posible aquí: tenía una respuesta que le daba seguridad y buscaba una afirmación ó no había entendido el mensaje la primera vez. Hay dos preguntas que Jesús le hace a este escriba: ¿qué está escrito en la ley? ¿cómo lees? Jesús no está interesado en lo que dice sino en cómo el escriba la interpretaba. La lectura junto con la interpretación modifica la conducta del individuo y es allí donde Jesús quiere llegar.

El pensamiento judío concerniente a la salvación se concentraba en qué acciones garantizaban la vida eterna. Jesús le pregunta a este personaje si conocía la ley a lo que rápido contestó que sí. Pero, Jesús lo redirige de la lectura a la interpretación. Jesús le dice «ve y haz lo que dice la ley». Aquí el escriba se quiere pasar de listo–así decían en mi barrio. Y, ¿quién es mi prójimo? Él tenía un concepto de quién era su prójimo. Solo estaba buscando aprobación de Jesús. Para él, su prójimo eran aquellos iguales a él; que podían devolver un favor hecho. Los enfermos, niños, mujeres, vagabundos y mucho menos los samaritanos eran excluidos de ese grupo de privilegio.

Jesús pasa a narrar una parábola que conocemos como la del buen samaritano. ¿Quién es el personaje principal? Alguien odiado por los escribas, ¡los samaritanos! Jesús quería que este escriba entendiera el mensaje y el corazón de Dios. No se trata de conocer lo que se lee, se trata de una buena interpretación.

La Palabra de Dios está al alcance de todos nosotros y necesitamos leerla, pero más que todo darle una buena interpretación que sea práctica. Los fariseos no creían en Jesús, pero entendían que el escudriñar las Escrituras los conducía a la salvación. Jesús le dice «ellas son las que dan testimonio de mi». Es imposible creen en la Biblia y no creer en Jesús. El diácono Felipe le preguntó al etíope– que iba leyendo las Escrituras– si entendía lo que estaba leyendo a lo que este le respondió, «no hay quien me la explique» (Hechos 8:26-38).

Una interpretación correcta de lo que Dios nos está diciendo nos lleva a realizar su voluntad la cual es buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2). ¿Estás entendiendo lo que Dios te ha hablado? ¿Cómo lo estás interpretando? Permite al Espíritu Santo que moldee tu manera de pensar, tu manera de ver las cosas y tu interpretación de las mismas. Una buena interpretación nos lleva a una mejor conducta y nos ayuda a practicar la justicia.

¡Piensa y Acciona!

Nacho