¿Por Qué Me Abandonaste? 3era parte

La expresión «A la verdad de que tú eres bravo», refleja la admiración por aquellos que, a pesar de enfrentar dificultades, críticas y obstáculos, mantienen su integridad y hacen lo que es correcto en el momento adecuado. No siempre se cuenta con todas las circunstacias favorables para realizar buenas acciones, ofrecer ayuda desinteresada o mostrar amor genuino hacia los demás.

El status quo que al fomentar una sociedad centrada en el egoísmo, el egocentrismo y el hedonismo, contribuye a la creación de una cultura de manipulación que ciega a sus miembros ante el sufrimiento y la necesidad ajena. Cuando alguien tiene el coraje de desafíar esas normas sociales, a menudo es percibido como débil, sin inteligencia o como alguien que desperdicia lo que ha obtenido con esfuerzo. La verdad es que la sociedad tiende a evaluar a las personas en función de lo que tienen y no lo que realmente son.

En la parábola del Buen Samaritano, observamos cómo dos personajes eligieron mantener el status quo en lugar de compadecerse de un ser humano en sufrimiento. Aunque es posible que el estado de esa persona fuera consecuencia de no tomar las precauciones necesarias, esto no justifica el abandono de quienes están llamados a practicar la justicia, la bondad y el amor. Estas virtudes son cada vez más escasas en nuestra sociedad, la cual a menudo valora la compensación personal por los logros alcanzados– lo cual no es negativo en si mismo– pero tiende a despreciar a aquellos que no alcanzan niveles sociales reconocidos.

Desafortunadamente, esta misma mentalidad también se manifiesta en ciertos círculos religiosos, las personas son admiradas en función de su tiempo en la iglesia, su posición ministerial o su grado de influencia. Sin embargo, cuando alguien de estos círculos comete un error o un pecado , suele ser abandonado, criticado y menospreciado. Y esto es sin mencionar la situación aún más grave para aquellos que careciendo de reconocimiento, enfrentan un trato aún más desfavorable.

El apóstol Pablo condena tal actitud en su epístola a los Gálatas,diciendo: «Hermanos, en caso de que alguien se encuentre enredado en alguna transgresión, ustedes que son espirituales restauren al tal con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado» (Gálatas 6:1). Aunque estas palabras se refieren a un contexto de pecado cometido, su esencia puede aplicarse a otros contextos, ya que en el siguiente versículo, Pablo exhorta a llevar las cargas de los demás, señalando que «de esta manera cumplirán la ley de Cristo» (verso 2).

No se puede abandonar a quienes han sido maltratados por las duras experiencias y circunstancias adversas de la vida. Sean culpables o no de su situación, la obligación no es convertirse en jueces que desestiman la responsabilidad de la misericordia y la compasión. ¿Cómo habría afectado la conciencia del sacerdote al seguir su camino e ignorar la necesidad del moribundo? Aquellos que han experimentado la salvación conocen el amor del Padre y disfrutan de la comunión con el Hijo. Como resultado, el Espíritu Santo transforma sus corazones, impulsándolos a actuar con verdadera compasión y misericordia.

No te pierdas la próxima parte. Esto continúa…

«Piensa y Acciona»

Nacho

¿Por Qué Me Abandonaste? 2nda parte

En los medios de comunicación, tanto sociales como noticiosos, a menudo nos informan sobre casos desgarradores de recién nacidos, ancianos y animales que han sido abandonados por sus familias o cuidadores. La angustia que deben experimentar estos seres es difícil de imaginar. Ser dejado a la intemperie, al azar o a la benevolencia de un extraño debe ser una experiencia extremadamente dolorosa y desoladora.

Los seres humanos no están diseñados para vivir en soledad ni para sentirse abandonados por la sociedad. Estamos hechos para convivir y relacionarnos con otros seres humanos. Este principio se refleja en las Escrituras cuando Dios crea al primer ser humano, Adán. El escritor bíblico señala que “para Adán no se halló ayuda que le fuera idónea” (Génesis 2:20). Esta afirmación sugiere que el plan divino para el ser humano incluye la compañía y el apoyo de otros seres humanos, destacando que la existencia plena y significativa se encuentra en la relación y la interacción con nuestros semejantes.

En la parábola del Buen Samaritano, Jesús describe a un hombre que, tras ser asaltado y dejado casi muerto en el camino de Jerusalén a Jericó, se enfrenta a una agonía extrema. Este hombre probablemente experimentó pensamientos aterradores sobre su posible muerte, temores sobre si su familia alguna vez conocería su destino, y una profunda desesperanza mientras yacía herido, ensangrentado y sin poder moverse.

¿Te has sentido alguna vez en una situación de tal vulnerabilidad, inseguro y abandonado, con pensamientos tan oscuros como el deseo de rendirte o de acabar con tu vida.? Aún en esos momentos más desesperados, hay un tenue rayo de esperanza que persiste, sosteniendo la creencia de que la situación puede mejorar y que el futuro puede ofrecer algo mejor.

Afortunadamente para el hombre en la parábola, se encontraba en un camino transitado por viajeros. Esto le daba la posibilidad de recibir ayuda de alguien movido por la compasión. Aunque la espera probablemente fue larga y llena de dolor, y aunque la vida parecía desvanecerse con cada segundo, el hecho de que la ayuda pudiera estar cerca mantenía viva una chispa de esperanza.

Finalmente, se oyen los pasos de un individuo descrito como un sacerdote del Templo. Aunque el relato no detalla si el moribundo pudo identificar a este sacerdote en ese momento de debilidad y vulnerabilidad, es natural pensar que al escuchar estos pasos, el herido recuperó por un instante la esperanza de ser auxiliado.

Este sacerdote se encuentra con el hombre herido, casi muerto, y decide no ayudarle. Es razonable suponer que el sacerdote podría estar regresando a su hogar tras cumplir con sus deberes en el Templo, donde su rol era crucial para la vida espiritual del pueblo: ofrecer sacrificios, ministrar y mantener la relación entre el pueblo y Dios.

La Ley de Moisés, como se menciona en Levítico 21:1-4, prohibía a los sacerdotes tocar cadáveres o estar en contacto con cuerpos muertos, salvo en casos de familiares cercanos. El sacerdote en la parábola, al no acercarse al herido, podría estar intentando cumplir con esta ordenanza y evitar el riesgo de contaminación ritual. Por lo tanto, aunque su acción puede parecer falta de misericordia, podría interpretarse como un intento de mantener su pureza ritual.

Después del sacerdote, pasa por allí un levita, también miembro de la tribu de Leví, cuyo papel era asistir al sacerdote en sus funciones. Al igual que el sacerdote, los levitas estaban sujetos a las mismas leyes de pureza respecto a los muertos. El levita, a diferencia del sacerdote, se acerca al herido pero, en lugar de ofrecer ayuda, continúa su camino.

Tanto el sacerdote como el levita decidieron continuar hacia su hogar y entorno cotidiano en lugar de ofrecer ayuda al hombre herido. Su adhesión rígida a las leyes rituales los cegó ante la necesidad inmediata del prójimo, llevándolos a ignorar los dos mandamientos fundamentales que Jesús destacó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37-40). Estos mandamientos, según Jesús, son la base de toda la Ley y los Profetas, y deberían guiar nuestras acciones y decisiones.

La actitud de estos personajes puede reflejar una crítica hacia aquellos que, enfocados en el cumplimiento de normas religiosas, pierden de vista la esencia del amor y la compasión. En este contexto, el cumplimiento estricto de las reglas rituales se convierte en una barrera que impide la verdadera práctica de la misericordia.

Es comprensible que, si has tenido experiencias dolorosas con personas o instituciones que se autodenominan religiosas, puedas sentir un resentimiento hacia todo lo que representan. Esa sensación de abandono y la falta de compasión que has experimentado pueden haber herido profundamente tu confianza en la iglesia o en las prácticas religiosas en general. Es natural que estas experiencias aisladas puedan afectar tu percepción y provocar un desinterés o rebelión hacia las instituciones que te han causado dolor.

Sin embargo, es importante recordar que estas experiencias, aunque dolorosas, no representan la totalidad de la fe o la comunidad religiosa. La verdadera esencia del amor y el cuidado, como se enseñó en la parábola, va más allá de las normas y rituales. A veces, es en el ejercicio de la misericordia y el amor genuino donde podemos encontrar un sentido más profundo de conexión y sanación, tanto con los demás como con nuestra propia espiritualidad.

No te pierdas la tercera parte de este escrito…

«Piensa y Acciona»

Nacho

¿Por Qué Me Abandonaste?

¿Alguna vez te has sentido abandonado o abandonada? ¿Qué causó esa sensación? Al reflexionar sobre estas preguntas, el sentimiento de abandono vuelve a apoderarse de ti. Tal vez fue el abandono de tus padres o de uno de ellos; el divorcio inesperado; la traición de un pastor o líder en quien confiabas; los hermanos que te dieron la espalda cuando pecaste y te etiquetaron como hijo del diablo; los amigos que dejaron de hablarte porque no querías participar en sus actividades. La lista puede podría seguir, pero ya entiendes a lo que me refiero.

El abandono deja marcas imborrables en los seres humanos especialmente cuando dependías de esa persona. ¿Qué pasa si quien que te abandono fue la iglesia? ¿Sientes que falló al no hacer lo más importante–amar y tener misericordia–cuande más lo necesitabas? En este escrito, examinaremos detenidamente la parábola del buen samaritano, que se encuentra en Lucas 10:25-37.

En un diálogo sobre cómo heredar la vida eterna, un joven inquieto se acerca a Jesús en busca de orientación. Jesús le plantea dos preguntas cruciales: ¿qué está escrito en la ley? ¿cómo la interpretas? El joven rápido en su respuesta , resume la ley con las palabras que conocemos: amarás al Señor con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente y amarás a tu prójimo como a ti mismo. Jesús le responde, ve y haz esto para que vivas. Al parecer este joven estaba buscando una respuesta de confirmación más específica o quizás una aclaración y le pregunta a Jesús ¿quién es mi prójimo? Veremos cómo el Señor le responde.

En la narración que sigue, se ilustra el abandono por parte de aquellos encargados de proteger y velar por los menos afortunados. Sin embargo, antes de apresurarnos, observemos al personaje en cuestión, quien no está definido por su nacionalidad, posición o estatus. El texto bíblico menciona que descendía de Jerusalén hacia Jericó, lo que nos permite suponer que podría estar regresando de adorar en el templo o de una actividad cotidiana en el mercado. En última instancia, la procedencia del personaje no es relevante para el mensaje central de lo que queremos resaltar.

En la vida, todos seguimos un rumbo hacia un destino que creemos conveniente, eligiendo las rutas que consideramos más adecuadas para alcanzarlo. Sin embargo, no podemos prever los obstáculos que retrasarán nuestra llegada. La parábola ilustra un hombre que, tras ser robado, golpeado y abandonado como muerto, enfrenta una dura realidad: el abandono total. Esta imagen refleja una paradoja de la vida que muchos han experimentado, donde la dignidad, la virginidad, la identidad, los bienes materiales, los sueños, las ideas y las metas son despojados. La sensación de haber sido robado y golpeado es palpable, como lo expresa la frase «me diste un golpe bajo,» que denota acciones malintencionadas destinadas a causar daño y dificultar el logro de nuestros deseos. Estos golpes no solo han dejado a muchas personas irreconocibles, sino que también han apagado la luz en sus ojos, el deseo de vivir y luchar, y han endurecido sus corazones, llevándolos a un estado casi de muerte en vida.

En ese estado casi de muerte en vida, aún mantenemos la esperanza de que en nuestro camino aparecerán personas capaces de ayudarnos a salir del abandono. Estas personas se identifican por su nivel de vida, sus proyecciones, su trayectoria, su posición y otros aspectos relevantes. La incertidumbre persiste: ¿nos decepcionarán o, por el contrario, nos brindarán la ayuda que necesitamos para recuperarnos?

No te pierdas la segunda parte de este escrito…

«Piensa y Acciona»

Nacho

¿Entiendes lo que lees?

¿Alguna vez has tenido que leer un libro, documento, mensaje o alguna otra cosa que requiere comprensión más de una vez? A todos nos ha pasado que la primera vez no entendimos el mensaje o dudamos del contenido y eso nos llevó a una segunda o tercera lectura. ¿Sabes? Dios quiere que entendamos Su Palabra y la interpretemos correctamente.

Un personaje importante le preguntó a Jesús qué cosas podía hacer para heredar la vida eterna (Lucas 10:25-37). Este era un escriba quien era parte del grupo que se dedicaba a interpretar la ley. Esta interpretación salía en parte del consejo y sabiduría de los ancianos del pueblo y también de las discusiones de la ley de parte de los rabínos. Se recurría a esa sabiduría que se iba adquiriendo a través de las experiencias de vida y al conocimiento de la ley dada por Moisés. Todo esto luego fue recogido y plasmado en lo que se conoce como el Talmud.

Un escriba debía de tener el mensaje claro y no tener tal interrogante. Una de dos cosas puede ser posible aquí: tenía una respuesta que le daba seguridad y buscaba una afirmación ó no había entendido el mensaje la primera vez. Hay dos preguntas que Jesús le hace a este escriba: ¿qué está escrito en la ley? ¿cómo lees? Jesús no está interesado en lo que dice sino en cómo el escriba la interpretaba. La lectura junto con la interpretación modifica la conducta del individuo y es allí donde Jesús quiere llegar.

El pensamiento judío concerniente a la salvación se concentraba en qué acciones garantizaban la vida eterna. Jesús le pregunta a este personaje si conocía la ley a lo que rápido contestó que sí. Pero, Jesús lo redirige de la lectura a la interpretación. Jesús le dice «ve y haz lo que dice la ley». Aquí el escriba se quiere pasar de listo–así decían en mi barrio. Y, ¿quién es mi prójimo? Él tenía un concepto de quién era su prójimo. Solo estaba buscando aprobación de Jesús. Para él, su prójimo eran aquellos iguales a él; que podían devolver un favor hecho. Los enfermos, niños, mujeres, vagabundos y mucho menos los samaritanos eran excluidos de ese grupo de privilegio.

Jesús pasa a narrar una parábola que conocemos como la del buen samaritano. ¿Quién es el personaje principal? Alguien odiado por los escribas, ¡los samaritanos! Jesús quería que este escriba entendiera el mensaje y el corazón de Dios. No se trata de conocer lo que se lee, se trata de una buena interpretación.

La Palabra de Dios está al alcance de todos nosotros y necesitamos leerla, pero más que todo darle una buena interpretación que sea práctica. Los fariseos no creían en Jesús, pero entendían que el escudriñar las Escrituras los conducía a la salvación. Jesús le dice «ellas son las que dan testimonio de mi». Es imposible creen en la Biblia y no creer en Jesús. El diácono Felipe le preguntó al etíope– que iba leyendo las Escrituras– si entendía lo que estaba leyendo a lo que este le respondió, «no hay quien me la explique» (Hechos 8:26-38).

Una interpretación correcta de lo que Dios nos está diciendo nos lleva a realizar su voluntad la cual es buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2). ¿Estás entendiendo lo que Dios te ha hablado? ¿Cómo lo estás interpretando? Permite al Espíritu Santo que moldee tu manera de pensar, tu manera de ver las cosas y tu interpretación de las mismas. Una buena interpretación nos lleva a una mejor conducta y nos ayuda a practicar la justicia.

¡Piensa y Acciona!

Nacho