Si el Señor es quien habita en nuestro corazón a través de su Espíritu Santo, entonces la prioridad en nuestra vida será vivir una vida de oración. Hay un llamado constante en el Nuevo Testamento tocante a la oración y es: orando en todo tiempo, velando en todo tiempo orando, perseverar en la oración, orad sin cesar, rueguen al Señor de la mies para que envíe obreros a su mies. Entonces, ¿qué ha pasado con la oración en nuestro templo (usted, yo como templo del Espíritu Santo)?
Venimos a nuestro lugar de reunión donde nos congregamos como iglesia del Señor, sin ninguna clase de expectación; es como si asistiéramos a un parque, cine o tienda por departamento. En ocasiones tratamos las cosas sagradas como si fueran mundanales y nuestro tiempo es perdido en actividades sociales que aunque no está mal, su importancia está por encima de nuestros compromisos espirituales.
En ocasiones nos parecemos al pueblo de Israel cuando le reclamaba al Señor por qué no contestaba sus oraciones (Isaías 58). Reclamamos que no recibimos recompensa, bendición o beneficios de Dios cuando hemos «dedicado» nuestros esfuerzos y talentos para Dios. Más Dios nos está reclamando de que hemos convertido su casa, nuestro templo en cueva de ladrones.
¿Qué es una cueva de ladrones? Es el lugar donde los ladrones se esconden y aseguran luego de haber cometido fechorías, robos y asaltos. Allí se garantiza su seguridad . Mientras no sean encontrados, desde allí siguen cometiendo toda clase de actos ilícitos.
¿Qué encontrará el Señor en nuestra casa de oración la cual se ha convertido en cueva de ladrones? En algunos encontrará una actitud de libertinaje; ese abuso de la libertad dada en que la persona no asume las consecuencias de sus propios actos. Un desenfreno en las obras o en las palabras. En otros, se encontrará mundanalidad lo cual es la actitud de vida que se opone al reino de Dios y se traduce en una manera de pensar y de actuar caracterizada por la desobediencia a la voluntad de Dios. Un amor indebido por el dinero, el placer, el poder u otros valores de este mundo. La iglesia está en el mundo, pero el mundo no debe de estar en la iglesia.
Esa casa de oración tiene que ser limpiada de toda contaminación y lo de Dios manifestarse en ella porque de así no pasar, nuestras ciudades no serán transformadas. Para volver a ser casa de oración, casa de Dios, tiene que suceder lo que el Señor le dijo al rey Salomón mientras dedicaba el templo: «si mi pueblo, que lleva mi nombre, se humilla y ora, y me busca y abandona su mala conducta, yo lo escucharé desde el cielo, perdonaré su pecado y restauraré su tierra» (2 Crónicas 7:14).
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«Piensa y Acciona»
Nacho
¡Qué grande poder estamos desperdiciando si no nos ocupamos en la oración! La oración sincera, la intimidad honesta con el Señor, nos lleva naturalmente a limpiar nuestra casa y consecuentemente a desatar el poder de Dios con ímpetu en contra de los poderes de las tinieblas, a rescatar a nuestras familias, a fortalecer nuestras congregaciones, y a transformar ciudades. No dejemos de exhortar al pueblo a restaurar la casa de oración.
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