Una Asna Y Un Destino Profético

No todos los tesoros se encuentran en un mapa… a veces aparecen cuando tomamos el camino equivocado.

Imagina que sales en tu auto para una gran aventura. Tu ruta está trazada: destinos que te emocionan, atracciones que sueñas explorar, momentos que esperas disfrutar. Pero, de pronto, todo cambia. Un desvío inesperado te saca del rumbo y, por más que lo intentas, no encuentras el camino de regreso.

Decides detenerte. Apagas el motor, bajas del vehículo y respiras hondo para calmar los nervios. Mientras caminas sin rumbo, algo a lo lejos brilla con intensidad. La curiosidad te empuja a acercarte… y ahí está: un diamante. Lo tomas sin poder creerlo y lo llevas a un experto. Minutos después, recibes la noticia: su valor es incalculable. En ese instante, una verdad te golpea: “Si no me hubiera perdido… jamás habría encontrado este diamante.”

Es probable que, al leer esta historia, pienses que para que algo así suceda “todos los planetas tendrían que alinearse” y que se necesitaría una dosis extraordinaria de suerte. Sin embargo, experiencias inesperadas como esta ocurren todos los días en la vida de muchas personas… claro, no precisamente con un diamante.

La Biblia relata en 1 Samuel 9 una historia verdaderamente extraordinaria. Un joven llamado Saúl recibe de su padre la encomienda de salir, junto con un criado, a buscar unas asnas que se habían extraviado. El relato describe cómo comenzaron la búsqueda en el territorio de la tribu de Benjamín, pero sin éxito; luego continuaron por la región de Efraín, igualmente sin resultados. La larga travesía los llevó a recorrer pueblos y caminos que nunca hubieran imaginado visitar. Dios ya le había hablado a Samuel el día anterior, anunciándole que al día siguiente llegaría un hombre para preguntar por unas asnas perdidas, y que él debía ungirlo como rey sobre Israel. Y así fue: Samuel tomó el aceite y ungió a Saúl como el primer rey de la nación.

Quien llegó buscando unas asnas salió con un reinado y un destino profético. ¿No es fascinante? ¡Unas simples asnas se convirtieron en el medio que llevó a Saúl a encontrarse con su destino profético!

El apóstol Pablo, escribiendo a la iglesia en Roma, les recuerda una verdad poderosa: “Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien…” (Rom. 8:28 LBLA). Cuando una persona rinde su vida al Señor, comienza a notar cambios profundos en su interior: su manera de pensar es moldeada por el Espíritu de Dios, su forma de hablar se transforma para edificar a otros, su perspectiva sobre la vida es renovada… y la lista continúa. Sin embargo, aun con esta transformación interna, el exterior no deja de presentar desafíos: problemas, dificultades y circunstancias que parecen querer sacudir la fe.

Estos desafíos no son simples casualidades; son parte del resultado de un cambio radical de vida. Aun en medio de ellos, Dios se encarga de conectarte con el propósito divino que Él mismo diseñó para ti. Unos pocos panes y peces pueden llevarte frente a Jesús… y con ellos alimentar a una multitud. En el camino a Damasco, un encuentro con Jesús puede dejarte ciego, conducirte a la ciudad y hacer que un discípulo ore por ti para luego encomendarte la misión de ser apóstol a los gentiles. Incluso una cita médica puede convertirse en la oportunidad de conocer personas que jamás hubieras encontrado en otro lugar.

Las situaciones más comunes pueden convertirse en la puerta para descubrir el llamado de Dios en tu vida. Quién diría que “Esas asnas que estás buscando pueden ser el instrumento que Dios use para algo increíblemente poderoso en tu vida.” Y tal vez, hoy, tú te encuentres buscando “tus asnas” o caminando por un sendero que parece no llevar a ninguna parte. Tus circunstancias actuales pueden ser tan desafiantes que incluso hayas pensado en abandonar todo, incluyendo tu comunión con Dios. Pero recuerda la historia del diamante: si no te hubieras desviado, jamás lo habrías encontrado.

Hoy el Señor te dice: “Estás a punto de conectarte con tu destino profético… no te rindas.”

«Piensa y Acciona»

Nacho

Del Encuentro a la Misión: Transformación, Formación y Compromiso en el Discipulado de Cristo (2da parte)

La formación es un arte sublime, como la obra del alfarero que, con sus manos llenas de barro y su mente llena de propósito, transforma una masa informe en una vasija hermosa y útil, diseñada para cumplir su destino. El alfarero toma el barro, lo coloca en la rueca y, con paciencia y destreza, comienza a darle forma, siguiendo el diseño que ya ha concebido en su interior.

Cada giro de la rueca, cada toque preciso de sus manos, va esculpiendo la pieza hasta que finalmente emerge una obra perfecta, lista para ser utilizada diariamente. Así también, el proceso de formación en la vida refleja esta transformación: de algo aparentemente ordinario a algo hermoso y significativo, preparado para cumplir su propósito.

El profeta Jeremías fue enviado por Dios a la casa del alfarero, donde contempló de cerca el delicado proceso de formación de una vasija. Observó cómo el alfarero, con paciencia y habilidad, daba forma al barro sobre la rueca. Sin embargo, en un momento dado, la vasija se deterioró en sus manos. Aun así, el alfarero no se rindió; volvió a trabajar el barro, creando una nueva pieza según su propósito original.

En el proceso del discipulado, Dios actúa como el alfarero divino, formando en nosotros un carácter que refleje su diseño eterno. Con paciencia y sabiduría, comienza a moldear nuestra manera de pensar, eliminando todo aquello que estorba o impide el cumplimiento de su propósito.

Sin embargo, este proceso no está exento de desafíos. Implica cambios profundos y radicales que, aunque a veces resulten dolorosos, son necesarios para dar forma al hombre y la mujer que Dios desea. A lo largo de cada etapa, el Señor nos transforma, guiándonos hacia la plenitud de su voluntad y preparándonos para cumplir el propósito para el cual fuimos creados.

Para transitar este camino de transformación, es fundamental asumir un compromiso consciente de liberarse del dominio del pasado y abrazar el proceso de renovación. Esto implica dejar atrás patrones negativos, asumir la responsabilidad de nuestras decisiones y actitudes, y permitir que Dios moldee nuestro carácter según su diseño eterno. Así, este viaje continuo de transformación, aunque desafiante, nos conduce a una vida alineada con el propósito divino.

La formación en Cristo implica una transformación profunda que va más allá de una simple renovación de identidad. Quien es alcanzado por Jesús recibe una nueva naturaleza, una mentalidad renovada y un propósito claro, mientras que su esencia física permanece intacta. Aunque seguimos siendo la misma persona externamente, en nuestro interior ocurren cambios maravillosos que reflejan la obra redentora de Dios en nosotros.

El apóstol Pablo expresa esta verdad al afirmar: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17). Esto significa que la transformación en Cristo no es superficial ni temporal; es un cambio integral que afecta nuestro ser interior, moldeándonos conforme a su propósito eterno.

Parte esencial de esta formación es la renovación de nuestra mente. Pablo declara: «Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo» (1 Corintios 2:16). Esta afirmación revela que, al ser transformados por Cristo, comenzamos a pensar conforme a la voluntad divina, dejando atrás la vieja manera de razonar y adoptando una perspectiva que refleja el corazón de Dios.

Además, esta formación nos libera del poder esclavizador del pecado. El apóstol también dice: «Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» (Romanos 6:14). Esta verdad nos asegura que, al ser transformados en Cristo, el pecado ya no tiene dominio sobre nosotros, porque ahora vivimos bajo la gracia, siendo guiados por el Espíritu Santo.

Por lo tanto, la formación en Cristo no solo implica adoptar nuevas actitudes o pensamientos, sino permitir que su poder redentor transforme cada área de nuestra vida. Es un proceso continuo donde Dios moldea nuestro carácter, renueva nuestra mente y nos conduce hacia una vida de libertad y propósito conforme a su voluntad.

Continuará…

«Piensa y Acciona»

Nacho

Del Encuentro a la Misión: Transformación, Formación y Compromiso en el Discipulado de Cristo

La jornada de fe comienza en el momento en que una persona acepta a Jesús como Señor y Salvador, dando paso a un cambio radical en su vida, pensamiento, actitud y acciones. Este proceso la conduce a una transformación profunda, una formación continua y un compromiso de entrega y sumisión a Cristo.» El apóstol Pablo lo expresó de esta manera: “Estoy convencido de que Dios, quien empezó la buena obra en ustedes, la perfeccionará poco a poco hasta completarla totalmente en el día de Jesucristo” (Fil 1:6 TCB).

Vivir para Dios requiere una entrega incondicional que va más allá de las apariencias externas. Implica realizar cambios intencionales en el corazón, lo que transforma las emociones, los sentimientos y la manera de analizar las situaciones de la vida. Esto conlleva una disposición genuina para aceptar la voluntad de Dios, la cual es «buena, perfecta y agradable» (Ro 12:2).

La expresión “me encontré con Dios” es común en los círculos pentecostales para describir la experiencia de salvación, en la que Dios perdona nuestros pecados en respuesta a una humillación sincera expresada con nuestros labios. Desde ese momento, comienza una nueva vida, donde “las cosas viejas pasaron, y todas son hechas nuevas” (2 Co 5:17). Este encuentro marca el inicio de una transformación profunda, posible únicamente por el poder del Espíritu Santo. ¿Por qué transformados? ¿De qué? Y ¿hacia qué?

¿Por qué transformados?
Porque el discipulado en Cristo no es solo una adhesión intelectual a una doctrina, sino un cambio radical de vida. Dios nos llama a una transformación profunda que afecta nuestra identidad, carácter y propósito, llevándonos a reflejar la imagen de Cristo.

¿De qué?
Somos transformados del viejo hombre dominado por el pecado, el egoísmo y la mentalidad del mundo. Esta transformación implica dejar atrás patrones de pensamiento erróneos, actitudes destructivas y hábitos que nos alejan de Dios.

¿Hacia qué?
Hacia una vida nueva en Cristo, donde somos conformados a Su carácter y llamados a vivir en santidad, amor y misión. La transformación nos lleva a ser discípulos comprometidos que reflejan a Cristo en su manera de pensar, vivir y servir a los demás.

Para experimentar una verdadera transformación, es necesario ir más allá de ser solo un seguidor de Jesús, pues quien se queda en ese estado sigue atado al status quo del mundo. Un seguidor carece de visión y solo simpatiza con la idea de ser un discípulo fiel, sin asumir un compromiso real. Es cierto que toda persona que viene a Jesús comienza como seguidor, sin embargo, debe dar un paso decisivo hacia una vida de entrega, convirtiéndose en un discípulo comprometido con su Señor.

Los seguidores de Jesús pueden asistir a eventos y mostrar entusiasmo temporal, pero sin un compromiso genuino, las cosas de Dios no ocupan el primer lugar en sus vidas. Como en la parábola del sembrador, muchos reciben la enseñanza con gozo, pero al no tener raíces profundas, son sofocados por los afanes del mundo y las preocupaciones de la vida. Así, su fe se desvanece, y su iniciativa de seguir a Jesús con devoción sincera muere antes de dar fruto verdadero.

La transformación no es un acto temporal ni un esfuerzo superficial para agradar a los demás. Es una experiencia profunda y duradera que comienza cuando una persona es encontrada por Jesús y decide rendirse a Él. En ese encuentro, la Palabra de Dios confronta el corazón, y al ser aceptada, inicia un proceso de cambio que abarca el carácter, la mente, el comportamiento y el corazón. Esta transformación nace de una actitud de humildad, reconocimiento del pecado y un deseo genuino de cambio radical, que comienza desde el interior. A partir de ahí, Dios derriba estructuras espirituales distorsionadas y patrones que esclavizan, trayendo una paz verdadera al alma que ha vivido por mucho tiempo en tormento.

Continuará…

«Piensa Y Acciona»

Nacho