Del Encuentro a la Misión: Transformación, Formación y Compromiso en el Discipulado de Cristo

La jornada de fe comienza en el momento en que una persona acepta a Jesús como Señor y Salvador, dando paso a un cambio radical en su vida, pensamiento, actitud y acciones. Este proceso la conduce a una transformación profunda, una formación continua y un compromiso de entrega y sumisión a Cristo.» El apóstol Pablo lo expresó de esta manera: “Estoy convencido de que Dios, quien empezó la buena obra en ustedes, la perfeccionará poco a poco hasta completarla totalmente en el día de Jesucristo” (Fil 1:6 TCB).

Vivir para Dios requiere una entrega incondicional que va más allá de las apariencias externas. Implica realizar cambios intencionales en el corazón, lo que transforma las emociones, los sentimientos y la manera de analizar las situaciones de la vida. Esto conlleva una disposición genuina para aceptar la voluntad de Dios, la cual es «buena, perfecta y agradable» (Ro 12:2).

La expresión “me encontré con Dios” es común en los círculos pentecostales para describir la experiencia de salvación, en la que Dios perdona nuestros pecados en respuesta a una humillación sincera expresada con nuestros labios. Desde ese momento, comienza una nueva vida, donde “las cosas viejas pasaron, y todas son hechas nuevas” (2 Co 5:17). Este encuentro marca el inicio de una transformación profunda, posible únicamente por el poder del Espíritu Santo. ¿Por qué transformados? ¿De qué? Y ¿hacia qué?

¿Por qué transformados?
Porque el discipulado en Cristo no es solo una adhesión intelectual a una doctrina, sino un cambio radical de vida. Dios nos llama a una transformación profunda que afecta nuestra identidad, carácter y propósito, llevándonos a reflejar la imagen de Cristo.

¿De qué?
Somos transformados del viejo hombre dominado por el pecado, el egoísmo y la mentalidad del mundo. Esta transformación implica dejar atrás patrones de pensamiento erróneos, actitudes destructivas y hábitos que nos alejan de Dios.

¿Hacia qué?
Hacia una vida nueva en Cristo, donde somos conformados a Su carácter y llamados a vivir en santidad, amor y misión. La transformación nos lleva a ser discípulos comprometidos que reflejan a Cristo en su manera de pensar, vivir y servir a los demás.

Para experimentar una verdadera transformación, es necesario ir más allá de ser solo un seguidor de Jesús, pues quien se queda en ese estado sigue atado al status quo del mundo. Un seguidor carece de visión y solo simpatiza con la idea de ser un discípulo fiel, sin asumir un compromiso real. Es cierto que toda persona que viene a Jesús comienza como seguidor, sin embargo, debe dar un paso decisivo hacia una vida de entrega, convirtiéndose en un discípulo comprometido con su Señor.

Los seguidores de Jesús pueden asistir a eventos y mostrar entusiasmo temporal, pero sin un compromiso genuino, las cosas de Dios no ocupan el primer lugar en sus vidas. Como en la parábola del sembrador, muchos reciben la enseñanza con gozo, pero al no tener raíces profundas, son sofocados por los afanes del mundo y las preocupaciones de la vida. Así, su fe se desvanece, y su iniciativa de seguir a Jesús con devoción sincera muere antes de dar fruto verdadero.

La transformación no es un acto temporal ni un esfuerzo superficial para agradar a los demás. Es una experiencia profunda y duradera que comienza cuando una persona es encontrada por Jesús y decide rendirse a Él. En ese encuentro, la Palabra de Dios confronta el corazón, y al ser aceptada, inicia un proceso de cambio que abarca el carácter, la mente, el comportamiento y el corazón. Esta transformación nace de una actitud de humildad, reconocimiento del pecado y un deseo genuino de cambio radical, que comienza desde el interior. A partir de ahí, Dios derriba estructuras espirituales distorsionadas y patrones que esclavizan, trayendo una paz verdadera al alma que ha vivido por mucho tiempo en tormento.

Continuará…

«Piensa Y Acciona»

Nacho

El Evangelio en Movimiento: Sal, Conecta y Transforma

Las ideas, los planes de trabajo, los esquemas , las lluvias de ideas, por muy prometedoras que sean, carecen de utilidad si no llegan a concretarse. El joven que está locamente enamorado de la joven pero nunca se lo comunica; el inventor que solo guarda sus ideas en la mente sin materializarlas; o el empresario que escribe propuestas revolucionarias para su empresa pero no las ejecuta, todas tienen algo en común: si no actúan, sus sueños solo serán eso, ideas, pensamientos o ilusiones.

El plan de Dios para la humanidad fue claramente presentado por Cristo Jesús a sus discípulos antes de ascender a los cielos: «Id por el mundo, predicar el evangelio y hacer discípulos» (Marcos 16:15; Mateo 28:19). Este mandato no fue solo una instrucción, sino una continuación de lo que Él mismo modeló durante su tiempo en la tierra. Jesús vivió entre los hombres, entregándose por completo a aquellos que vino a ministrar. Salió al encuentro de las necesidades, se compadeció de los quebrantados, sanó a los enfermos, liberó a los oprimidos y, a través de sus palabras y acciones, se presentó como el Hijo de Dios, enviado para salvar al hombre. Su vida fue el ejemplo perfecto de un evangelio en movimiento.

Primeramente, para que el evangelio de Jesús esté en movimiento, los creyentes tienen que salir. Este mandato es más que una invitación, es un llamado a dejar atrás la comodidad y la pasividad para cumplir con la misión encomendada por Cristo. Sin embargo, desde la pandemia del 2020, se ha visto un cambio significativo en cómo muchos abordan esta tarea. Son numerosos los que prefieren vivir el evangelio desde la comodidad de su hogar, sin tener que salir a compartir las Buenas Nuevas cara a cara. No se trata de una falta de deseo por la salvación de otros, sino una tendencia a pretender impactar al mundo desde la sala o el comedor, confiando en medios digitales o interacciones mínimas.

Si bien estas herramientas tienen su lugar y han demostrado ser útiles, nunca podrán reemplazar el poder transformador del contacto directo. Esto lleva al segundo punto: ¡Conectar!. Conectar no es solo un acto físico; es un movimiento intencional de hacia las necesidades del prójimo, un paso de amor y compasión que refleja obediencia al mandato de Jesús. En una sociedad que promueve un culto egocéntrico, centrado únicamente en el ‘yo’, y en una generación acostumbrada a exponerse constantemente y a buscar atención a través de redes y plataformas digitales, este comportamiento no es más que un grito silencioso de desesperación, un anhelo profundo por una conexión genuina con los demás.

El evangelio en movimiento no solo nos llama a salir, sino también a tender puentes que trasciendan la superficialidad de la cultura. Es una invitación a ofrecer relaciones significativas, donde las personas puedan encontrar esperanza, sanidad y el amor transformador de Cristo.

Y así llegamos al tercer punto: Transformación. El evangelio son las buenas noticias de que Dios envió a su Hijo, Jesús, no solo a encarnarse y vivir entre los hombres, sino también a reconciliar al hombre con Dios a través de su sacrificio en la cruz. El evangelista Lucas resume esta misión con claridad al declarar: «Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10).

Esta reconciliación no es solo un concepto teológico; es una experiencia real que transforma vidas. Todo aquel que recibe a Jesús en su corazón experimenta el poder transformador de Dios. Su vida toma un rumbo diferente, tal como lo afirma la Escritura: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas» (2 Co 5:17).

El Evangelio en Movimiento: Sal, Conecta y Transforma. No te quedes inactivo. Vive el evangelio con pasión y propósito, llevando las Buenas Nuevas a cada rincón. Sal de tu zona de confort, conecta con las necesidades de los demás y permite que el poder transformador de Dios fluya a través de ti. ¡Haz que otros conozcan a Jesús y reciban la salvación!

«Piensa y Acciona»

Nacho

¡Estás en el lugar equivocado! (última parte)

¡Este no es mi lugar! reflexionó el hijo pródigo. En la casa de su padre, tenía todo lo que necesitaba: abrigo, cama, alimentos y sobre todo, el amor de su padre. Ahora, no tenía nada. Desesperado, buscaba a alguien que lo contratara para conseguir siquiera un bocado de alimento. Este joven representa a quienes, en momentos cruciales , deciden abandonar el lugar donde lo tenían todo pero no supieron valorarlo, pues su mirada estaba puesta en aquello que creían alcanzar en otros lugares.

Al tocar fondo, el hijo pródigo comenzó a ver con claridad lo que antes no valoraba: la estabilidad, el amor y el cuidado que siempre tuvo en casa. Su necesidad lo llevó a comprender que lo que había despreciado en su afán por experimentar algo «mejor» era, en realidad, lo más valioso. Fue entonces cuando, arrepentido y con el corazón humillado, decidió regresar a su hogar, reconociendo que había desperdiciado una vida plena por perseguir ilusiones pasajeras.

¿Qué hará falta para que comprendas que lo que tienes no es lo que realmente buscabas? ¿Cuánto tiempo más hasta reconocer que has tocado fondo? Dentro de ti, esa voz clama por ayuda y te susurra: «Regresa». El hijo pródigo no solo pensó en volver a casa, ideó un plan y eligió cuidadosamente las palabras para dirigirse a su padre. Su único deseo era ser recibido, aunque fuera como un sirviente, pues sabía que ni siquiera merecía el lugar de hijo.

Hoy quizá te sientes avergonzado, cabizbajo y triste, no solo porque estás en el lugar equivocado, sino porque antes de marcharte, ignoraste el consejo de quienes te amaban. Creías que el lugar en el que estabas te limitaba, que las personas allí frenaban tus deseos de superación y que el calor de ese hogar te asfixiaba. Decidiste irte y comenzar una nueva vida. Lo intentaste, viste la vida desde otra perspectiva, pero descubriste que aquello que tanto anhelabas no es lo que realmente te conecta con el propósito de vida para el cual Dios te creó.

La duda y la ansiedad sobre cómo serás recibido te invaden, y la preocupación sofoca tu ánimo. Sin embargo, el hijo pródigo, a pesar de su temor, emprendió su regreso sin imaginar que su padre ya lo esperaba. Fue recibido con un abrazo y un beso, y su padre organizó una gran fiesta, devolviéndole el lugar de honor que había perdido.

Tal vez, el regreso que necesitas no sea un lugar físico. Quizá se trate de restaurar una relación que se quebró por falta de comprensión o de reencontrarte con Dios. Tal vez pensaste que cambiar ciertas cosas te traerían felicidad, pero has descubierto que no es así. Cualquiera que sea tu situación, hay una solución. Dios te ama tal como eres, y nunca te rechazará. Él está esperando en el mismo lugar donde lo dejaste. Hoy, levántate y vuelve a ese lugar; tu Padre te espera con los brazos abiertos.

«Piensa y Acciona»

Nacho

Una Fe Sencilla

¡Que frustrante es intentar ensamblar un escritorio que, a simple vista, parece sencillo pero se convierte en una odisea! Aún peor es terminar y descubrir que han sobrado piezas. Entonces hay que desarmarlo, leer las instrucciones con atención y tomarse el tiempo necesario para hacerlo correctamente. Esta complicación no es culpa del fabricante, sino de no seguir las indicaciones adecuadamente.

De manera similar, la fe que define al hijo de Dios, no es complicada en esencia; son los hombres quienes la han enredado con distintivos innecesarios y complejidades.

Judas, el escritor bíblico, escribe la siguiente: «Pero ustedes, mis amados, edifíquense a sí mismos practicando una fe de identidad, conectados con el Espíritu Santo […]» (verso 20 TCB). «Esta fe se fundamenta en el conocimiento de Dios por medio de Cristo Jesús, conocimiento que va a regir la vida y el carácter de la persona, y ésta va adquiriendo la identidad de Dios por medio de Cristo» (Yattenciy Bonilla, Diccionario Griego-Español).

A lo largo de los siglos, la fe que define nuestra identidad ha sido atacada y, en consecuencia, ha perdido su originalidad, diluyéndose en aguas turbias. Tras el tercer sigo de nuestra era, la iglesia se vio cada vez más absorbida por la búsqueda de poder y esplendor, lo que resultó en la pérdida de su autoridad espiritual. Siglos después, Martin Lutero advirtió que los fundamentos bíblicos de la fe habían sido erosionados, reemplazados por capas de traición, superstición y razón.

Durante la Era de Iluminación, la fe de identidad fue relegada a un segundo plano, cediendo su lugar a la razón como principal fuente de iluminación. Con el advenimiento del modernismo, se comenzó a priorizar los logros personales, metas, deseos y pensamientos del individuo, elevando el «Yo» por encima de la fe de identidad. Posteriormente, el postmodernismo desechó tanto la fe de identidad como la noción de verdad absoluta, dando cabida a un relativismo que permitía todo tipo de comportamientos, evaluados únicamente por quien los cometía, cada uno determinando su propia verdad.

La fe sencilla que define una relación con Dios a través de Cristo no admite ninguna forma de alteración. Se fundamenta en vivir una vida apartada del pecado, abrazando principios y valores morales bíblicos que reflejan a Jesús. No debe estar influenciada por el status quo de nuestra época, que promueve un libertinaje desenfrenado. Esta fe sencilla permite al cristiano confiar en Dios, sustentándose en lo que Su palabra promete: Su poder, Su presencia y la certeza de que sostiene a sus hijos en tiempos de adversidad, enfrentando perspectivas e ideologías que desvían a la humanidad de Su modelo ético bíblico.

La fe sencilla brinda seguridad al cristiano, incluso cuando no obtiene respuestas a sus peticiones, ya que se aferra a las maravillas que Dios ha realizado en el pasado. Esta fe genera en la vida del hijo de Dios una declaración de victoria en medio de las dificultades, una fortaleza en las pruebas, una esperanza inquebrantable frente al caos y un ancla firme en medio de las tormentas más violentas.

¿Por qué complicar esta fe?

«Piensa y Acciona»

Nacho