La Misión de la Iglesia 

En 1996 llegó a la pantalla grande una película que daría origen a una de las sagas de espionaje más exitosas del cine: Misión: Imposible. Desde entonces, Ethan Hunt ha enfrentado una sucesión de desafíos que parecen imposibles de superar. En la primera entrega fue acusado de traición y obligado a descubrir al verdadero culpable mientras huía de sus propios compañeros. En la segunda tuvo que impedir que un virus mortal cayera en manos equivocadas. En la tercera arriesgó todo para proteger a su esposa y enfrentar a un despiadado traficante internacional. 

La misión continuó cuando el gobierno desmanteló su propia agencia y él tuvo que evitar una guerra nuclear sin apoyo oficial. Más adelante se enfrentó a una organización secreta formada por antiguos agentes que operaban en las sombras, y luego a un grupo terrorista dispuesto a utilizar armas nucleares para sembrar el caos mundial. Cuando parecía que nada podía superar esas amenazas, apareció un enemigo invisible: una inteligencia artificial capaz de manipular la información, controlar sistemas enteros y poner en peligro el equilibrio del planeta. La historia concluye con una carrera contra el tiempo para impedir que esa fuerza alcance un poder absoluto. 

Cada película presenta un escenario diferente, nuevos adversarios y mayores riesgos, pero todas conservan un elemento común: existe una misión que debe cumplirse, un propósito que no puede abandonarse y un compromiso que exige valentía, sacrificio, estrategia, perseverancia y trabajo en equipo. 

La iglesia, diseñada desde la eternidad en el propósito soberano de Dios y establecida públicamente en Pentecostés, existe para cumplir una misión divina. Esa misión no puede ser abortada por el desánimo, descuidada por la indiferencia ni alterada por las corrientes culturales de cada época. Su llamado es permanecer fiel a las palabras de Jesucristo y ejecutar con obediencia el encargo que Él mismo le encomendó hasta el fin de los tiempos. 

Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo (Mateo 28:19 NVI). 

Les dijo: —Vayan por todo el mundo y anuncien las buenas noticias a toda criatura. El que crea y sea bautizado será salvo, pero el que no crea será condenado (Marcos 16:15-16). 

La misión de la iglesia está claramente definida por Jesucristo: ir a todas las naciones, proclamar las buenas nuevas del reino, hacer discípulos, bautizar a quienes creen y enseñarles a obedecer todo lo que Él ha mandado. No es una misión ambigua ni sujeta a interpretación cultural; es un mandato directo, específico y permanente. 

Si la misión es tan clara, surge una pregunta inevitable: ¿por qué la iglesia, en muchos lugares y momentos de su historia, ha perdido su enfoque? ¿En qué punto sustituyó el mandato de hacer discípulos por la comodidad, el activismo, el crecimiento numérico o las preferencias humanas? Más importante aún, ¿cómo puede reencontrarse con su propósito original y volver a cumplir con fidelidad el encargo que su Señor le encomendó? 

¿Cómo nace la iglesia? 

La expresión en griego ekklesía significa en general, “convocación”. En el AT, el vocablo correspondiente es qahal y designa a la congregación de Israel. La LXX traduce qahal por ekklesía y emplea la expresión ekklesía tu theu, “Iglesia de Dios”, referida a la asamblea del pueblo en el Sinaí; otro tanto hace Esteban al referirse a “la congregación” que estuvo con Moisés en el desierto (Hechos 7:38). Es probable que el uso de ekklesía en la LXX influyera en su utilización por parte de los cristianos.  

En el NT el vocablo ekklesía se constata 114 veces, y suele referirse a los fieles mismos, estén reunidos en un lugar determinado o no. En este sentido puede referirse a:  

  1. La totalidad de los que profesan la fe en Cristo, sin fronteras de tiempo y espacio (1 Corintios 12:13; Efesios 1:22-23; Hebreos 12:23). 
  1. Comunidades cristianas particulares en determinadas ciudades: Jerusalén (Hechos 8:1; Gálatas 1:2); Corinto, Éfeso, Tesalónica, etc.; o regiones: Iglesias de Judea (gálatas 1:22; 1 Tesalonicenses 2:14). 
  1. Asambleas de esas comunidades y los lugares donde se reunían (Romanos 16:5; 1 Corintios 11:18; 14:19,28). Una asamblea particular en una casa, por ejemplo, la de Aquila y Priscila (1 Corintios 16:19);o una familia de creyentes (Romanos 16:5; Colosenses 4:14 y Filemón v 2). 

(Toda esta información fue tomada de Gran Diccionario Enciclopédico de La Biblia, editor general, Alfonso Ropero Berzosa, páginas 1220 y 1221). 

La iglesia nace como resultado de la obra redentora de Jesucristo y se manifiesta públicamente cuando el Espíritu Santo es derramado sobre los discípulos el día de Pentecostés (Hechos 2). A partir de ese momento, la comunidad de los creyentes deja de ser un grupo de seguidores atemorizados para convertirse en un cuerpo vivo, capacitado por el Espíritu para proclamar el evangelio, hacer discípulos y dar testimonio de Cristo hasta lo último de la tierra. 

Sin embargo, el nacimiento de la iglesia no debe entenderse únicamente como un acontecimiento histórico, sino como la materialización en el tiempo de un propósito concebido desde la eternidad. Jesús afirmó: «Edificaré mi iglesia» (Mateo 16:18), revelando que ella no es una invención humana ni el resultado de una organización religiosa, sino una comunidad establecida por Dios, edificada sobre la persona y la obra de Cristo, sostenida por el Espíritu Santo y enviada al mundo con una misión específica. 

Por ello, Pentecostés no representa el inicio de una institución, sino el comienzo visible de un pueblo redimido, llamado a vivir en comunión con Dios, a reflejar el carácter de Cristo y a extender el reino de los cielos mediante la proclamación del evangelio (1 Pedro 2:9).  Desde sus primeros días, la iglesia nació con una identidad clara y con una misión inseparable de su existencia: glorificar a Dios y anunciar la salvación en Jesucristo a todas las naciones. 

Propósito de existencia de la iglesia 

El propósito de existencia de algo es la razón fundamental por la cual ese algo existe, su objetivo principal o la misión que vino a cumplir (RAE). Es el “para qué” que justifica el hecho de que algo o alguien esté presente en el mundo. Si todo aquello que existe posee un propósito que define su razón de ser, entonces resulta indispensable preguntarnos cuál es la naturaleza de la iglesia y cómo esa naturaleza determina su misión en el mundo. La respuesta a esta interrogante no solo aclarará su identidad, sino también la manera en que debe vivir, organizarse y cumplir el mandato que recibió de su Señor. 

¿Es la iglesia un organismo o una institución? ¿Cómo puede preservar la vida que recibe de Cristo mientras mantiene un orden bíblico que le permita cumplir fielmente la misión que él le encomendó? 

La iglesia es la comunidad de todos los creyentes unidos a Jesucristo por la fe y regenerados por la obra del Espíritu Santo. En su dimensión universal constituye el cuerpo de Cristo (Efesios 1:22-23; 1 Corintios 12:13), mientras que en su dimensión visible se manifiesta en congregaciones locales que se reúnen para adorar a Dios, proclamar el evangelio, administrar las ordenanzas y edificar a los santos (Hechos 2:42-47; Romanos 16:5). La iglesia es un organismo vivo porque tiene la vida de Cristo como centro y su misión tiene como núcleo la resurrección de Jesús, dominio y autoridad. La iglesia posee características propias de un ser vivo: 

  • Tiene una cabeza: Jesucristo (Colosenses 1:18). 
  • Tiene vida espiritual impartida por el Espíritu Santo (Romanos 8:9-11). 
  • Sus miembros son interdependientes (1 Corintios 12:12-27). 
  • Crece, madura y se desarrolla (Efesios 4:15-16). 
  • Produce fruto (Juan 15:1-8). 

Los organismos se reproducen y continúan un ciclo de vida. Los organismos están compuestos por diferentes sistemas y órganos que trabajan juntos para mantener su vida y llevar a cabo funciones vitales. Tienen la capacidad de crecer, reproducirse, responder a estímulos del entorno y adaptarse a los cambios. Cada organismo tiene sus propias características y necesidades, y depende de su entorno para obtener alimento, agua y energía. Los organismos pueden variar en tamaño, forma y complejidad, pero todos comparten la característica fundamental de estar vivos (proferecursos.com, consultado en 6-15-2026). 

Aunque la iglesia se organiza en congregaciones locales con liderazgo, orden y principios de gobierno, su identidad no puede reducirse a una institución religiosa. Cuando la iglesia se define únicamente por sus estructuras, reglamentos, edificios o programas, corre el riesgo de sustituir su naturaleza espiritual por un modelo organizacional semejante al de cualquier institución humana. La iglesia fue llamada a estar en el mundo, pero no a conformarse a él (Romanos 12:2); es el pueblo redimido de Dios, el cuerpo de Cristo y el templo del Espíritu Santo, cuya razón de ser no es su propia conservación, sino la glorificación de Dios mediante el cumplimiento de su misión. 

Continuará…

Piensa y Acciona

Nacho

La iglesia de las 4 paredes

Workers constructing the foundation of a church site with concrete pillars and rebar
Add surrounding community, chairs and seated people inside

¡Qué impresionantes son los edificios que se encuentran en las ciudades! Su arquitectura, su arte y la historia detrás de su creación despiertan admiración. Pensar que todo comienza con la idea de una o varias personas que respondieron a necesidades, inquietudes o al deseo de presentar un diseño innovador capaz de dar origen a nuevos estilos arquitectónicos.

Una idea que fue plasmada en un diseño gráfico y posteriormente compartida con arquitectos, quienes comenzaron a dar forma visible a lo que en un principio solo existía en la mente. Se realizan estudios del terreno, se investigan los procesos legales necesarios, se calculan los costos, se selecciona la compañía constructora más adecuada y se diseña el edificio de acuerdo con el propósito para el cual será utilizado. Son muchos los elementos que se toman en consideración durante este proceso y que, al final, permiten mostrar a una comunidad la belleza y grandeza de aquello que en algún momento fue simplemente un pensamiento.

De la misma manera, así como toda gran construcción nace primero en la mente y el corazón de alguien antes de hacerse visible ante los hombres, la iglesia también tuvo su origen en el pensamiento y propósito eterno de Dios antes de manifestarse en la historia humana.

La iglesia y todo lo que esta llegaría a representar tuvieron su origen en el corazón de Dios. Las Escrituras revelan que el Dios eterno, santo y omnipotente deseaba habitar en medio de un pueblo, no solamente para que le sirviera y le rindiera pleitesía, sino también para establecer una relación cercana y transformadora con Él. Luego de la formación de la primera pareja, el escritor de Génesis presenta la relación de Dios con su creación al describir cómo Él se paseaba por el huerto y hablaba con el hombre [Génesis 2; 3:8].

Desde el principio se observa el deseo divino de mantener una relación marcada por la amistad, el compañerismo y una comunicación continua entre el Creador y el ser humano. Aquello que más adelante sería conocido como la iglesia no surgió simplemente como una institución o una estructura religiosa, sino como la manifestación del anhelo de Dios de vivir en comunión con su creación y revelarse de manera cercana a ella.

A lo largo de las Escrituras se observa este mismo comportamiento de Dios hacia la humanidad. La creación del tabernáculo y de todo el sistema de adoración reflejan el deseo divino expresado en sus palabras: “Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos” [Éxodo 25:8]. Asimismo, el levantamiento de profetas como mensajeros de su voluntad demuestra el profundo vínculo de amor y comunión que Dios manifestó desde el principio hacia el ser humano, propósito que alcanza su culminación en la declaración: “He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios” [Apocalipsis 21:3].

Dios, en la persona de Jesucristo, descendió para morar entre los hombres, tal como declara el evangelista Juan: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” [Juan 1:14]. El Hijo de Dios se hizo hombre para convivir con la humanidad y demostrar que su amor no sería expresado desde la lejanía, sino manifestado de manera cercana, tangible y sacrificial. El apóstol Pablo describe esta entrega cuando escribe que Cristo, “siendo en forma de Dios… se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” [Filipenses 2:6-7]. En Jesús, Dios mostró que su deseo siempre ha sido acercarse al ser humano para restaurarlo, caminar con él y revelarle la profundidad de su amor.

Jesús formó un grupo de personas provenientes de diferentes contextos sociales, educativos y culturales para que continuaran la misión de manifestar el amor de Dios hacia la humanidad. Con este grupo dio inicio y formación a su iglesia, una comunidad llamada a representar su carácter y extender su mensaje al mundo. Las Escrituras describen a esta iglesia como el cuerpo de Cristo: “Ahora bien, ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno es miembro de ese cuerpo” [1 Corintios 12:27, NVI]. De esta manera, la iglesia no surge simplemente como una organización humana, sino como una comunidad espiritual unida a Cristo y enviada para continuar su obra en la tierra.

Jesús les dio una encomienda directa que requería no solo valentía, sino también una capacidad espiritual que únicamente podía provenir del Espíritu Santo. Antes de ascender al cielo les declaró: “Pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” [Hechos 1:8, NVI]. La palabra “poder” proviene del término griego dúnamis (Strong G1411), que describe fuerza, capacidad, poder milagroso y habilidad sobrenatural para llevar a cabo una tarea. Este poder les facilitaría la propagación del mensaje de Jesús a toda la humanidad: un mensaje de salvación, esperanza y la promesa de una futura reunión con Él.

La intención y el propósito de la iglesia nunca fueron que sus miembros permanecieran limitados a un lugar o edificio, ni mucho menos que se convirtieran en una comunidad aislada donde solo unos pocos disfrutaran de ciertos privilegios. El mandato de Jesús fue claro y contundente: “Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones” [Mateo 28:19, NVI], y también: “Vayan por todo el mundo y anuncien las buenas nuevas a toda criatura” [Marcos 16:15, NVI]. La iglesia fue llamada a moverse, alcanzar, servir y llevar el mensaje de salvación a la humanidad.

Jesús mismo enseñó que sus seguidores no podían esconder aquello que habían recibido: “Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una colina no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para cubrirla con un cajón. Por el contrario, se pone en la repisa para que alumbre a todos los que están en la casa” [Mateo 5:14-15, NVI]. Ocultar la luz sería cancelar el propósito mismo para el cual fue encendida.

Aun el término “iglesia” revela esta verdad. La palabra proviene del griego ekklesía (Strong G1577), compuesta de ek (“fuera de”) y kaléo (“llamar”), y describe una asamblea de personas llamadas a salir. En el contexto bíblico, la iglesia es la comunidad de aquellos que han sido llamados por Dios para salir de las tinieblas y representar públicamente su reino en medio del mundo.

La iglesia revela el corazón de Dios a la humanidad mediante la manifestación de su propósito; pero surge una pregunta inevitable y confrontadora: ¿cómo podrá cumplir esa misión si permanece escondida detrás de cuatro paredes?

CONTINUARÁ…

«Piensa Y Acciona»

Nacho

La Santidad Transformadora: Impacto en la Sociedad y el Testimonio Cristiano (1era parte)

¿Qué ocurre cuando un hombre común es llamado a desafíar el «status quo» en nombre de la justicia divina? En una época marcada por la opresión y la corrupción, Dios levantó a un humilde campesino de Tecoa, en Judá, para confrontar la injusticia en el reino del norte, Israel. Amós, un cuidador de bueyes y labrador de la tierra, no era profeta de oficio, pero su mensaje ardía con la autoridad del cielo. Con valentía denunció la explotación de los pobres, las viudas y los huérfanos, enfrentándose al sacerdote Amasías, quien prefería preservar el sistema establecido antes que defender la verdad. La respuesta de Amós, cargada de firmeza y obediencia, marcó un punto decisivo: «No soy profeta ni hijo de profeta […], pero el Señor me quitó de andar tras el ganado y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo Israel» (Amos 7:12-15). Su historia no solo es un ejemplo del llamado divino, sino un recordatorio del impacto transformador de la santidad en una sociedad que clama por justicia.

Si creáramos un perfil de la iglesia en el tiempo presente, podríamos observar que, con frecuencia, su enfoque tiende a ser excesivamente espiritualizado, centrado en lo celestial y en una apariencia de santidad distante, más que en un compromiso activo con la restauración y la defensa de los vulnerables. Esta desconexión entre la espiritualidad y la acción práctica ha llevado, en muchos casos, a una falta de incidencia en las áreas donde la injustica, el dolor y la opresión prevalecen. Sin embargo, la santidad de Dios, que es el corazón del llamado cristiano, no es estática ni exclusiva; es transformadora, activa y profundamente comprometida con la realidad humana. Una iglesia que verdaderamente refleje la santidad de su Dios no puede limitarse a lo etéreo, sino que debe convertirse en un instrumento de justicia, amor y restauración en un mundo que deseperadamente lo necesita.

Al reflexionar sobre la verdadera santidad de Dios y Su llamado a la justicia, no podemos ignorar las palabras de Isaías 58:5-7, donde se redefine el concepto de ayuno y devoción. Dios nos recuerda que no se trata solo de rituales externos, sino de un corazón dispuesto a vivir Su justicia en acción. Así como Amós se levantó contra la injusticia de su tiempo, hoy somos llamados a ser instrumentos de restauración, no solo en lo espiritual, sino en la defensa de los oprimidos y la práctica activa del amor y la misericordia que reflejan la santidad de nuestro Creador.

A lo largo de la historia de la iglesia, hemos sido testigos de cómo muchos creyentes han sido marginados en nombre de la santidad, simplemente por cometer un pecado o caer en alguna falta. A pesar de su arrepentimiento sincero, las élites religiosas y los líderes despiadados a menudo los hunden en la misera y la condena. Este trato es contrario al mensaje de santidad que nos enseña el evangelio de Jesús. La santidad, aunque es un estilo de vida que debe distinguir a la iglesia del mundo, no puede ser un mensaje de condena sin esperanza. Al contrario, debe ser vivida con amor y misericordia, siendo modelada primero dentro de la iglesia, especialmente hacia aquellos que han fallado pero desean levantarse. La santidad no puede ser sinónimo de rechazo, sino de restauración. Como el apóstol Pablo escribio: «Ahora, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Ro 8:1). La santidad, por tanto, debe ser una fuerza transformadora que ofrece perdón, sanidad y una segunda oportunidad, reflejando la gracia que hemos recibido de Cristo.

La santidad, cuando es practicada de manera correcta y bíblica, nos iguala ante Dios, otorgándonos privilegios similares sin importar nuestra raza, cultura o el trasfondo de pecado y maldad del que venimos. Es en la comunidad de fe donde primero debemos permitir que esta santidad nos transforme en seres completamente vulnerables ante un Dios que nos perdona y restaura. Al mismo tiempo, debemos permitir que esa santidad se refleje en el amor, el cual es fruto del amor de Jesús derramado en nuestros corazones. Cuando esta realidad se convierte en una vivencia diaria, entonces estamos llamados a llevarla fuera, a un mundo marcado por la injusticia, el odio, el señalamiento y la desigualdad, para ser testigos de un amor que rompe barreras y promueve restauración de todos las aspectos de la vida humana.

Photo by Pixabay on Pexels.com

Una Fe Sencilla

¡Que frustrante es intentar ensamblar un escritorio que, a simple vista, parece sencillo pero se convierte en una odisea! Aún peor es terminar y descubrir que han sobrado piezas. Entonces hay que desarmarlo, leer las instrucciones con atención y tomarse el tiempo necesario para hacerlo correctamente. Esta complicación no es culpa del fabricante, sino de no seguir las indicaciones adecuadamente.

De manera similar, la fe que define al hijo de Dios, no es complicada en esencia; son los hombres quienes la han enredado con distintivos innecesarios y complejidades.

Judas, el escritor bíblico, escribe la siguiente: «Pero ustedes, mis amados, edifíquense a sí mismos practicando una fe de identidad, conectados con el Espíritu Santo […]» (verso 20 TCB). «Esta fe se fundamenta en el conocimiento de Dios por medio de Cristo Jesús, conocimiento que va a regir la vida y el carácter de la persona, y ésta va adquiriendo la identidad de Dios por medio de Cristo» (Yattenciy Bonilla, Diccionario Griego-Español).

A lo largo de los siglos, la fe que define nuestra identidad ha sido atacada y, en consecuencia, ha perdido su originalidad, diluyéndose en aguas turbias. Tras el tercer sigo de nuestra era, la iglesia se vio cada vez más absorbida por la búsqueda de poder y esplendor, lo que resultó en la pérdida de su autoridad espiritual. Siglos después, Martin Lutero advirtió que los fundamentos bíblicos de la fe habían sido erosionados, reemplazados por capas de traición, superstición y razón.

Durante la Era de Iluminación, la fe de identidad fue relegada a un segundo plano, cediendo su lugar a la razón como principal fuente de iluminación. Con el advenimiento del modernismo, se comenzó a priorizar los logros personales, metas, deseos y pensamientos del individuo, elevando el «Yo» por encima de la fe de identidad. Posteriormente, el postmodernismo desechó tanto la fe de identidad como la noción de verdad absoluta, dando cabida a un relativismo que permitía todo tipo de comportamientos, evaluados únicamente por quien los cometía, cada uno determinando su propia verdad.

La fe sencilla que define una relación con Dios a través de Cristo no admite ninguna forma de alteración. Se fundamenta en vivir una vida apartada del pecado, abrazando principios y valores morales bíblicos que reflejan a Jesús. No debe estar influenciada por el status quo de nuestra época, que promueve un libertinaje desenfrenado. Esta fe sencilla permite al cristiano confiar en Dios, sustentándose en lo que Su palabra promete: Su poder, Su presencia y la certeza de que sostiene a sus hijos en tiempos de adversidad, enfrentando perspectivas e ideologías que desvían a la humanidad de Su modelo ético bíblico.

La fe sencilla brinda seguridad al cristiano, incluso cuando no obtiene respuestas a sus peticiones, ya que se aferra a las maravillas que Dios ha realizado en el pasado. Esta fe genera en la vida del hijo de Dios una declaración de victoria en medio de las dificultades, una fortaleza en las pruebas, una esperanza inquebrantable frente al caos y un ancla firme en medio de las tormentas más violentas.

¿Por qué complicar esta fe?

«Piensa y Acciona»

Nacho

Rompiendo Esquemas-crecimiento cristiano sostenible 4ta parte

Las Escrituras nos presentan la historia de hombres y mujeres que Dios llamó para realizar tareas que trendrían trascendencia eterna. Ahí conocemos su carácter, habilidades y comportamientos desatinados y cómo Dios trabajó en ellos para que fueran personas efectivas en sus encargos divinos. Podemos ver quiénes eran al momento de ser comisionados y quiénes llegaron a ser cuando permitieron que el Espíritu Santo trabajara con su carácter y temperamento.

Simón, es uno de estos personajes. Es mencionado por vez primera en el Evangelio de Juan capítulo uno cuando su hermano Andrés comenzó a seguir a Jesús. Este le hizo la invitación para que conociera al Mesías. Simón respondió a la invitación y fue al encuentro de Jesús. Primero, Jesús le cambia el nombre de Simón a Pedro. Luego el Señor lo llama junto a otros discípulos a que abandonen todo, sigan a Jesús y se conviertan en pescadores de hombres. En espacio de tres años y medio su temperamento y carácter es modificado por Jesús convirtiérdole en un hombre extraordinario preparado para la misión encomendada por el Señor.

Era un hombre impulsivo que hablaba sin hacer un ánalisis y en ocasiones pare ser, que hablaba por los demás. No tenía miedo de encarar aún al Maestro en momentos en que este hablaba de su misión de salvación. Su carácter era cambiable e inestable. Se mostró como una persona determinada y confiada en el encuentro con Jesús en el mar cuando le pide que le permita andar sobre el mar. Por momentos se ve como un soberbio y autosuficiente. A pesar de todo esto y mucho más, Jesús vió en este hombre una joya que necesitaba ser pulida para que llegara a ser pieza clave en la difusión del evangelio de Jesús.

¿Qué verá Jesús en ti a pesar de lo que eres y como eres? Puede que te sientas desanimado y con ganas de rendirte por causa de comportamientos, reacciones y respuestas que le das a las situaciones que te enfrentas. Quieres cambiar y ser una persona de compromiso. Lo intentas una y otra vez pero después de pensar alcanzarlo, resurgen las malas acciones. Hoy quiero decirte, ¡Jesús está en control!

En el próximo escrito retomaremos a Pedro y la obra que Cristo hizo en él.

Continúa…

«Piensa y Acciona»

Nacho