La Santidad Transformadora: Impacto en la Sociedad y el Testimonio Cristiano (1era parte)

¿Qué ocurre cuando un hombre común es llamado a desafíar el «status quo» en nombre de la justicia divina? En una época marcada por la opresión y la corrupción, Dios levantó a un humilde campesino de Tecoa, en Judá, para confrontar la injusticia en el reino del norte, Israel. Amós, un cuidador de bueyes y labrador de la tierra, no era profeta de oficio, pero su mensaje ardía con la autoridad del cielo. Con valentía denunció la explotación de los pobres, las viudas y los huérfanos, enfrentándose al sacerdote Amasías, quien prefería preservar el sistema establecido antes que defender la verdad. La respuesta de Amós, cargada de firmeza y obediencia, marcó un punto decisivo: «No soy profeta ni hijo de profeta […], pero el Señor me quitó de andar tras el ganado y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo Israel» (Amos 7:12-15). Su historia no solo es un ejemplo del llamado divino, sino un recordatorio del impacto transformador de la santidad en una sociedad que clama por justicia.

Si creáramos un perfil de la iglesia en el tiempo presente, podríamos observar que, con frecuencia, su enfoque tiende a ser excesivamente espiritualizado, centrado en lo celestial y en una apariencia de santidad distante, más que en un compromiso activo con la restauración y la defensa de los vulnerables. Esta desconexión entre la espiritualidad y la acción práctica ha llevado, en muchos casos, a una falta de incidencia en las áreas donde la injustica, el dolor y la opresión prevalecen. Sin embargo, la santidad de Dios, que es el corazón del llamado cristiano, no es estática ni exclusiva; es transformadora, activa y profundamente comprometida con la realidad humana. Una iglesia que verdaderamente refleje la santidad de su Dios no puede limitarse a lo etéreo, sino que debe convertirse en un instrumento de justicia, amor y restauración en un mundo que deseperadamente lo necesita.

Al reflexionar sobre la verdadera santidad de Dios y Su llamado a la justicia, no podemos ignorar las palabras de Isaías 58:5-7, donde se redefine el concepto de ayuno y devoción. Dios nos recuerda que no se trata solo de rituales externos, sino de un corazón dispuesto a vivir Su justicia en acción. Así como Amós se levantó contra la injusticia de su tiempo, hoy somos llamados a ser instrumentos de restauración, no solo en lo espiritual, sino en la defensa de los oprimidos y la práctica activa del amor y la misericordia que reflejan la santidad de nuestro Creador.

A lo largo de la historia de la iglesia, hemos sido testigos de cómo muchos creyentes han sido marginados en nombre de la santidad, simplemente por cometer un pecado o caer en alguna falta. A pesar de su arrepentimiento sincero, las élites religiosas y los líderes despiadados a menudo los hunden en la misera y la condena. Este trato es contrario al mensaje de santidad que nos enseña el evangelio de Jesús. La santidad, aunque es un estilo de vida que debe distinguir a la iglesia del mundo, no puede ser un mensaje de condena sin esperanza. Al contrario, debe ser vivida con amor y misericordia, siendo modelada primero dentro de la iglesia, especialmente hacia aquellos que han fallado pero desean levantarse. La santidad no puede ser sinónimo de rechazo, sino de restauración. Como el apóstol Pablo escribio: «Ahora, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Ro 8:1). La santidad, por tanto, debe ser una fuerza transformadora que ofrece perdón, sanidad y una segunda oportunidad, reflejando la gracia que hemos recibido de Cristo.

La santidad, cuando es practicada de manera correcta y bíblica, nos iguala ante Dios, otorgándonos privilegios similares sin importar nuestra raza, cultura o el trasfondo de pecado y maldad del que venimos. Es en la comunidad de fe donde primero debemos permitir que esta santidad nos transforme en seres completamente vulnerables ante un Dios que nos perdona y restaura. Al mismo tiempo, debemos permitir que esa santidad se refleje en el amor, el cual es fruto del amor de Jesús derramado en nuestros corazones. Cuando esta realidad se convierte en una vivencia diaria, entonces estamos llamados a llevarla fuera, a un mundo marcado por la injusticia, el odio, el señalamiento y la desigualdad, para ser testigos de un amor que rompe barreras y promueve restauración de todos las aspectos de la vida humana.

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Una Fe Sencilla

¡Que frustrante es intentar ensamblar un escritorio que, a simple vista, parece sencillo pero se convierte en una odisea! Aún peor es terminar y descubrir que han sobrado piezas. Entonces hay que desarmarlo, leer las instrucciones con atención y tomarse el tiempo necesario para hacerlo correctamente. Esta complicación no es culpa del fabricante, sino de no seguir las indicaciones adecuadamente.

De manera similar, la fe que define al hijo de Dios, no es complicada en esencia; son los hombres quienes la han enredado con distintivos innecesarios y complejidades.

Judas, el escritor bíblico, escribe la siguiente: «Pero ustedes, mis amados, edifíquense a sí mismos practicando una fe de identidad, conectados con el Espíritu Santo […]» (verso 20 TCB). «Esta fe se fundamenta en el conocimiento de Dios por medio de Cristo Jesús, conocimiento que va a regir la vida y el carácter de la persona, y ésta va adquiriendo la identidad de Dios por medio de Cristo» (Yattenciy Bonilla, Diccionario Griego-Español).

A lo largo de los siglos, la fe que define nuestra identidad ha sido atacada y, en consecuencia, ha perdido su originalidad, diluyéndose en aguas turbias. Tras el tercer sigo de nuestra era, la iglesia se vio cada vez más absorbida por la búsqueda de poder y esplendor, lo que resultó en la pérdida de su autoridad espiritual. Siglos después, Martin Lutero advirtió que los fundamentos bíblicos de la fe habían sido erosionados, reemplazados por capas de traición, superstición y razón.

Durante la Era de Iluminación, la fe de identidad fue relegada a un segundo plano, cediendo su lugar a la razón como principal fuente de iluminación. Con el advenimiento del modernismo, se comenzó a priorizar los logros personales, metas, deseos y pensamientos del individuo, elevando el «Yo» por encima de la fe de identidad. Posteriormente, el postmodernismo desechó tanto la fe de identidad como la noción de verdad absoluta, dando cabida a un relativismo que permitía todo tipo de comportamientos, evaluados únicamente por quien los cometía, cada uno determinando su propia verdad.

La fe sencilla que define una relación con Dios a través de Cristo no admite ninguna forma de alteración. Se fundamenta en vivir una vida apartada del pecado, abrazando principios y valores morales bíblicos que reflejan a Jesús. No debe estar influenciada por el status quo de nuestra época, que promueve un libertinaje desenfrenado. Esta fe sencilla permite al cristiano confiar en Dios, sustentándose en lo que Su palabra promete: Su poder, Su presencia y la certeza de que sostiene a sus hijos en tiempos de adversidad, enfrentando perspectivas e ideologías que desvían a la humanidad de Su modelo ético bíblico.

La fe sencilla brinda seguridad al cristiano, incluso cuando no obtiene respuestas a sus peticiones, ya que se aferra a las maravillas que Dios ha realizado en el pasado. Esta fe genera en la vida del hijo de Dios una declaración de victoria en medio de las dificultades, una fortaleza en las pruebas, una esperanza inquebrantable frente al caos y un ancla firme en medio de las tormentas más violentas.

¿Por qué complicar esta fe?

«Piensa y Acciona»

Nacho

Rompiendo Esquemas-crecimiento cristiano sostenible 4ta parte

Las Escrituras nos presentan la historia de hombres y mujeres que Dios llamó para realizar tareas que trendrían trascendencia eterna. Ahí conocemos su carácter, habilidades y comportamientos desatinados y cómo Dios trabajó en ellos para que fueran personas efectivas en sus encargos divinos. Podemos ver quiénes eran al momento de ser comisionados y quiénes llegaron a ser cuando permitieron que el Espíritu Santo trabajara con su carácter y temperamento.

Simón, es uno de estos personajes. Es mencionado por vez primera en el Evangelio de Juan capítulo uno cuando su hermano Andrés comenzó a seguir a Jesús. Este le hizo la invitación para que conociera al Mesías. Simón respondió a la invitación y fue al encuentro de Jesús. Primero, Jesús le cambia el nombre de Simón a Pedro. Luego el Señor lo llama junto a otros discípulos a que abandonen todo, sigan a Jesús y se conviertan en pescadores de hombres. En espacio de tres años y medio su temperamento y carácter es modificado por Jesús convirtiérdole en un hombre extraordinario preparado para la misión encomendada por el Señor.

Era un hombre impulsivo que hablaba sin hacer un ánalisis y en ocasiones pare ser, que hablaba por los demás. No tenía miedo de encarar aún al Maestro en momentos en que este hablaba de su misión de salvación. Su carácter era cambiable e inestable. Se mostró como una persona determinada y confiada en el encuentro con Jesús en el mar cuando le pide que le permita andar sobre el mar. Por momentos se ve como un soberbio y autosuficiente. A pesar de todo esto y mucho más, Jesús vió en este hombre una joya que necesitaba ser pulida para que llegara a ser pieza clave en la difusión del evangelio de Jesús.

¿Qué verá Jesús en ti a pesar de lo que eres y como eres? Puede que te sientas desanimado y con ganas de rendirte por causa de comportamientos, reacciones y respuestas que le das a las situaciones que te enfrentas. Quieres cambiar y ser una persona de compromiso. Lo intentas una y otra vez pero después de pensar alcanzarlo, resurgen las malas acciones. Hoy quiero decirte, ¡Jesús está en control!

En el próximo escrito retomaremos a Pedro y la obra que Cristo hizo en él.

Continúa…

«Piensa y Acciona»

Nacho