El Evangelio Encarnado

Los pensamientos, ideas y proyectos de ayuda humanitaria pueden colapsar aún antes de ser visibles, tangibles, intencionales y programáticos. Es cierto que las grandes invenciones y avances tecnológicos fueron originados en una mente abierta a cambios y nuevos métodos de utilidad sostenibles con el tiempo. Por ejemplo, los casi constructores de la conocida torre de Babel trajeron a existencia un pensamiento de desarrollo para aquel tiempo: usar ladrillos en vez de piedras y asfalto en vez de mezcla y pasarlos por el fuego para construir una ciudad que duraría para siempre (Génesis 11:1-4).

Hay varios casos documentados de inventos, ideas brillantes o avances tecnológicos que nunca llegaron a construirse, ya sea porque estaban demasiado adelantados a su tiempo, porque el autor murió antes de desarrollarlos, o porque las condiciones sociales y económicas no permitieron llevarlas a cabo. Entre ellos se encuentran inventos no realizados de Leonardo da Vinci, la máquina diferencial de Charles Babbage, los inventos perdidos de Nikola Tesla, el motor de vapor de Herón de Alejandría (siglo I), los prototipos no construidos de la NASA, el transporte público neumático de Nueva York (1870) y muchos otros más.

Estos pensamientos, ideas y proyectos se convirtieron en el foco de atención de todas estas personas, sin embargo, mientras no fueron diseñados y mostrados al mundo, carecían de valor y utilidad. Esto no anula el tiempo, esfuerzo y dedicación que invirtieron estas personas, pero sí le robó al mundo la bendición de ser partícipes de adelantos que serían muy beneficiosos. De la misma forma, un evangelio mental y bien intencionado carece de utilidad sino es encarnado y mostrado a un mundo que lo necesita.

El Evangelio no es otra cosa que una buena noticia, sin embargo, no es cualquier noticia. Según Timothy Keller en su libro Iglesia Centrada, “el evangelio es la divulgación de la obra de Cristo en nuestro favor; constituye el por qué y el cómo; el evangelio es salvación por gracia. Es noticia porque trata acerca de una salvación que se consumó por nosotros. Es noticia que crea una vida de amor”. También añade, “que el Evangelio son las buenas noticias de que Dios ha cumplido nuestra redención en Cristo para llevarnos a la relación correcta con Él y a la larga destruir todas las consecuencias del pecado en el mundo. El evangelio no es algo que hacemos, sino algo que se ha hecho a nuestro favor”. [1]

El escritor del segundo libro de Reyes en el capítulo 7:3-10 nos presenta una escena que puede ser trasladada, interpretada y aplicada a lo que debe ser el Evangelio encarnado. Cuatro hombres leprosos—desahuciados por las sociedad y marginados—en un momento crucial de hambruna toman una decisión: pasarse al campamento sirio—enemigos de Israel—para obtener comida sino morirían. Se estaban jugando la vida, sin embargo, fue una decisión hecha realidad.  A su asombró, no había nadie en el campamento enemigo; estos habían abandonado todo, salieron huyendo y dejaron sus pertenencias incluyendo comida y bebida. ¡Qué festín se dieron estos leprosos! De no tener nada y estar a la merced de otros, encontraron un tesoro. Sin embargo, se dijeron unos a otros, “hoy es un día de buenas noticias, y no las estamos dando a conocer. Si esperamos hasta que amanezca, resultaremos culpables”. Lo que continúa es un ejemplo claro del evangelio encarnado: fueron y dieron las noticias a una ciudad que ya estaba a punto de rendirse. Fue un día de provisión, alegría y prosperidad. Todo esto por que algunos decidieron “encarnar” las buenas noticias.

David Wilkerson era un pastor pentecostal oriundo de Pensilvania. En 1958, mientras veía una revista con un caso judicial sobre siete jóvenes pandilleros en Nueva York, sintió un fuerte impulso espiritual de ir a ayudarles. Sin conocer la ciudad ni tener experiencia urbana, viajó obedeciendo a lo que él describió como un llamado del Espíritu Santo. Su historia se cuenta en el famoso libro “La Cruz y el Puñal”, que impactó millones alrededor del mundo.

Al llegar a Nueva York visitó los barrios más peligrosos: Brooklyn, el Bronx y Harlem. Se acercó directamente a pandillas violentas como los Mau Maus, los Bishops, los Dragons, entre otras. Él les mostró algo que ellos nunca habían visto: amor sincero, persistente, sin miedo y sin interés personal. Su trabajo se convirtió en el ministerio llamado Teen Challenge, que hasta hoy funciona en todo el mundo ayudando a adictos y personas en crisis.

Una historia particular que resalta en el ministerio de este hombre de Dios fue su encuentro con Nicky Cruz, líder de los Mau Maus. Este joven había crecido en abuso extremo, santería y negligencia; era brutal, frío, violento. Cuando Wilkerson lo vio por primera vez, Nicky lo insultó y lo amenazó con matarlo. Le dijo: “Te voy a cortar en pedazos”. Wilkerson le contestó: “Nicky, puedes cortarme en mil pedazos, y cada pedazo seguirá diciéndote que Jesús te ama”. Este acto quebrantó la vida de este joven quien luego en una campaña evangelística organizada por Wilkerson, le entregó su vida a Jesús.[2]

Este es un claro ejemplo del Evangelio que toma la forma de seres humanos transformados por el poder de Dios al aceptar a Jesús como Señor y Salvador. Un Evangelio encarnado no se queda en palabras, intenciones o simples convicciones internas; se hace visible cuando la vida de quien lo ha recibido se convierte en un instrumento de gracia para otros. Cada creyente está llamado a mostrar a Cristo en su trato, en sus decisiones, en su compromiso con los quebrantados y en su presencia en lugares donde la esperanza parece extinguida. Cuando el Evangelio se hace carne en nosotros produce un impacto real, transforma ambientes, restaura corazones y abre caminos donde antes solo había oscuridad. La Buena Noticia no queda guardada en la mente ni atrapada en emociones, sino que se traduce en acciones concretas que reflejan a Cristo ante un mundo hambriento de amor, verdad y redención.

El apóstol Juan presenta a Jesús como el Verbo, el Logos, la Palabra eterna que se hizo carne y habitó entre nosotros (Juan 1:1, 14). A su vez, el apóstol Pablo citando un himno de la antigüedad, destaca la profundidad de esa encarnación: “quien, siendo por naturaleza Dios…se rebajó voluntariamente tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre… (Filipenses 2:6-8). Para que la salvación eterna llegara al ser humano, era necesario que Dios mismo asumiera nuestra condición, experimentara el sufrimiento, la pobreza, la traición y la muerte. Eso solo fue posible a través de la encarnación del Verbo: Dios haciéndose hombre para acercarse al hombre.

El concepto del Logos era conocido por el apóstol Juan, pues tanto Filón de Alejandría como los filósofos estoicos hablaban de un logos que explicaba la relación entre Dios y el mundo. “Para Filón, el logos era un ser creado, intermediario entre un Dios totalmente trascendente y la creación. Para los estoicos, el logos era la razón universal que sostenía y ordenaba todas cosas, una fuerza impersonal impresa en la estructura del cosmos”. [3] Juan toma estos conceptos conocidos en su tiempo, pero los supera radicalmente al afirmar que el Logos no es una idea, ni un principio filosófico, ni un intermediario creado: es una Persona divina, eterna, que entró al mundo tomando carne humana. Juan conecta lo que el pensamiento humano solo percibía como teoría con la realidad más sublime; el Logos se hizo carne. Y ese acto, la encarnación del Verbo, se convierte en el fundamento y modelo del evangelio encarnado: Dios haciéndose presente, cercano, visible y transformador en medio del mundo por medio de Cristo… y ahora, a través de nosotros.

El Evangelio encarnado es más que una experiencia mística, sobrenatural o extraordinaria; es una vivencia real, visible y palpable en medio de la sociedad y la cultura. El Evangelio encarnado camina cada día a la vista de todos: no se esconde, no se anuncia desde la comodidad de un dormitorio, no fue diseñado para exhibirse en plataformas digitales ni para acumular cientos de ‘likes”. El mundo no necesita más figuras políticas, religiosas, o gubernamentales que prometen la luna y las estrellas, pero nunca cumplen; el mundo necesita hombres y mujeres transformados por Jesús, dispuestos a convertirse en ese Evangelio encarnado, modelando a Cristo, extendiendo la mano al necesitado, compadeciéndose del indigente y el inmigrante. Ese Evangelio encarnado no se vende ni se cambia por un paquete de pan o unas lentejas; no se diluye en la cultura ni se acomoda a las tendencias del momento. El Evangelio encarnado se mueve por las calles de la ciudad, en las aceras de los suburbios, en el supermercado y en la tienda por departamentos; se detiene ante el vulnerable, “cura sus heridas, lo venda y lo lleva al mesón”.


[1] Timothy Keller, “Iglesia Centrada” (Miami: Editorial Vida, 2012), 35-36.

[2] La historia de David Wilkerson y el testimonio de Nicky Cruz, se encuentran en “La Cruz y el Puñal” y en “Corre Nicky corre”.

[3] Justo L. Gonzalez, Historia del Pensamiento Cristiano, Hasta el Siglo XXI (Viladecavalls, España: editorial Clie, 2024), 46.

Una Asna Y Un Destino Profético

No todos los tesoros se encuentran en un mapa… a veces aparecen cuando tomamos el camino equivocado.

Imagina que sales en tu auto para una gran aventura. Tu ruta está trazada: destinos que te emocionan, atracciones que sueñas explorar, momentos que esperas disfrutar. Pero, de pronto, todo cambia. Un desvío inesperado te saca del rumbo y, por más que lo intentas, no encuentras el camino de regreso.

Decides detenerte. Apagas el motor, bajas del vehículo y respiras hondo para calmar los nervios. Mientras caminas sin rumbo, algo a lo lejos brilla con intensidad. La curiosidad te empuja a acercarte… y ahí está: un diamante. Lo tomas sin poder creerlo y lo llevas a un experto. Minutos después, recibes la noticia: su valor es incalculable. En ese instante, una verdad te golpea: “Si no me hubiera perdido… jamás habría encontrado este diamante.”

Es probable que, al leer esta historia, pienses que para que algo así suceda “todos los planetas tendrían que alinearse” y que se necesitaría una dosis extraordinaria de suerte. Sin embargo, experiencias inesperadas como esta ocurren todos los días en la vida de muchas personas… claro, no precisamente con un diamante.

La Biblia relata en 1 Samuel 9 una historia verdaderamente extraordinaria. Un joven llamado Saúl recibe de su padre la encomienda de salir, junto con un criado, a buscar unas asnas que se habían extraviado. El relato describe cómo comenzaron la búsqueda en el territorio de la tribu de Benjamín, pero sin éxito; luego continuaron por la región de Efraín, igualmente sin resultados. La larga travesía los llevó a recorrer pueblos y caminos que nunca hubieran imaginado visitar. Dios ya le había hablado a Samuel el día anterior, anunciándole que al día siguiente llegaría un hombre para preguntar por unas asnas perdidas, y que él debía ungirlo como rey sobre Israel. Y así fue: Samuel tomó el aceite y ungió a Saúl como el primer rey de la nación.

Quien llegó buscando unas asnas salió con un reinado y un destino profético. ¿No es fascinante? ¡Unas simples asnas se convirtieron en el medio que llevó a Saúl a encontrarse con su destino profético!

El apóstol Pablo, escribiendo a la iglesia en Roma, les recuerda una verdad poderosa: “Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien…” (Rom. 8:28 LBLA). Cuando una persona rinde su vida al Señor, comienza a notar cambios profundos en su interior: su manera de pensar es moldeada por el Espíritu de Dios, su forma de hablar se transforma para edificar a otros, su perspectiva sobre la vida es renovada… y la lista continúa. Sin embargo, aun con esta transformación interna, el exterior no deja de presentar desafíos: problemas, dificultades y circunstancias que parecen querer sacudir la fe.

Estos desafíos no son simples casualidades; son parte del resultado de un cambio radical de vida. Aun en medio de ellos, Dios se encarga de conectarte con el propósito divino que Él mismo diseñó para ti. Unos pocos panes y peces pueden llevarte frente a Jesús… y con ellos alimentar a una multitud. En el camino a Damasco, un encuentro con Jesús puede dejarte ciego, conducirte a la ciudad y hacer que un discípulo ore por ti para luego encomendarte la misión de ser apóstol a los gentiles. Incluso una cita médica puede convertirse en la oportunidad de conocer personas que jamás hubieras encontrado en otro lugar.

Las situaciones más comunes pueden convertirse en la puerta para descubrir el llamado de Dios en tu vida. Quién diría que “Esas asnas que estás buscando pueden ser el instrumento que Dios use para algo increíblemente poderoso en tu vida.” Y tal vez, hoy, tú te encuentres buscando “tus asnas” o caminando por un sendero que parece no llevar a ninguna parte. Tus circunstancias actuales pueden ser tan desafiantes que incluso hayas pensado en abandonar todo, incluyendo tu comunión con Dios. Pero recuerda la historia del diamante: si no te hubieras desviado, jamás lo habrías encontrado.

Hoy el Señor te dice: “Estás a punto de conectarte con tu destino profético… no te rindas.”

«Piensa y Acciona»

Nacho

Del Encuentro a la Misión:Transformación y Compromiso en el Discipulado de Cristo (última parte)

El paso del encuentro a la misión puede tornarse en un camino complejo, inquietante, exigente y, por qué no decirlo, profundamente desafiante. Esta travesía adquiere aún mayor intensidad cuando nos enfrentamos a las palabras de Jesús sobre el discipulado: ‘Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.’ (Mateo 16:24, LBLA).

Aceptar este llamado implica mucho más que emoción o convicción inicial; exige renuncia, perseverancia y una profunda transformación interior. Seguir a Jesús no es simplemente una adhesión ideológica o emocional, sino una entrega total que confronta nuestras comodidades, cuestiona nuestras prioridades y redefine nuestra identidad. Es en ese proceso de negarnos a nosotros mismos, tomar la cruz cada día y perseverar en el seguimiento, donde el encuentro con Cristo se convierte verdaderamente en misión.

La misión cobra su verdadero sentido y se convierte en la prioridad fundamental cuando comprendemos que no es una opción entre muchas, sino el encargo central de Jesús a sus discípulos. Así lo expresó con claridad al decir: ‘Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones…’ (Mateo 28:19, LBLA), y lo reafirmó antes de ascender al cielo: ‘pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.’ (Hechos 1:8, LBLA).»

La misión no es una tarea accesoria ni un ministerio exclusivo para algunos; es el corazón del llamado cristiano. Es el movimiento natural y sobrenatural de quienes han tenido un verdadero encuentro con Cristo. No nace de un esfuerzo humano, sino del poder capacitador del Espíritu Santo, quien nos impulsa, transforma y equipa para dar testimonio eficaz de Jesús. La misión se realiza con autenticidad cuando el testimonio no solo se proclama con palabras, sino que se encarna en vidas rendidas al servicio del Reino. Y su propósito final es claro: que toda la tierra conozca a Jesús, su amor redentor y su obra salvífica.

El compromiso con el discipulado cristiano nos confronta con una realidad espiritual desafiante: enfrentamos enemigos que trascienden nuestras capacidades humanas y naturales. No se trata de adversarios visibles ni de seres humanos, sino de fuerzas espirituales malignas, entidades demoníacas que buscan obstaculizar el avance del evangelio de Jesucristo. Esta lucha, aunque invisible, es intensamente real.

A simple vista, puede parecer una batalla imposible de ganar. Sin embargo, no estamos desprovistos de recursos. Dios nos ha provisto de una poderosa y abundante gama de armas espirituales, plenamente eficaces para derribar fortalezas y resistir toda oposición del enemigo. Estas armas no son físicas, sino espirituales, y su poder proviene directamente del Espíritu Santo.

En estos tiempos, más que nunca, necesitamos un nuevo revestimiento del poder del Espíritu Santo. Es urgente que rindamos por completo nuestra voluntad a Su dirección y propósito. Solo así podremos vivir una vida de obediencia genuina y comprometida con la Gran Comisión: hacer discípulos en todas las naciones. La victoria es posible, pero requiere una entrega total, una dependencia constante de Dios y una fe activa en su poder para vencer lo que nosotros no podríamos enfrentar por cuenta propia.

”Piensa y Acciona”

Nacho



Del Encuentro a la Misión: Transformación, Formación y Compromiso en el Discipulado de Cristo

La jornada de fe comienza en el momento en que una persona acepta a Jesús como Señor y Salvador, dando paso a un cambio radical en su vida, pensamiento, actitud y acciones. Este proceso la conduce a una transformación profunda, una formación continua y un compromiso de entrega y sumisión a Cristo.» El apóstol Pablo lo expresó de esta manera: “Estoy convencido de que Dios, quien empezó la buena obra en ustedes, la perfeccionará poco a poco hasta completarla totalmente en el día de Jesucristo” (Fil 1:6 TCB).

Vivir para Dios requiere una entrega incondicional que va más allá de las apariencias externas. Implica realizar cambios intencionales en el corazón, lo que transforma las emociones, los sentimientos y la manera de analizar las situaciones de la vida. Esto conlleva una disposición genuina para aceptar la voluntad de Dios, la cual es «buena, perfecta y agradable» (Ro 12:2).

La expresión “me encontré con Dios” es común en los círculos pentecostales para describir la experiencia de salvación, en la que Dios perdona nuestros pecados en respuesta a una humillación sincera expresada con nuestros labios. Desde ese momento, comienza una nueva vida, donde “las cosas viejas pasaron, y todas son hechas nuevas” (2 Co 5:17). Este encuentro marca el inicio de una transformación profunda, posible únicamente por el poder del Espíritu Santo. ¿Por qué transformados? ¿De qué? Y ¿hacia qué?

¿Por qué transformados?
Porque el discipulado en Cristo no es solo una adhesión intelectual a una doctrina, sino un cambio radical de vida. Dios nos llama a una transformación profunda que afecta nuestra identidad, carácter y propósito, llevándonos a reflejar la imagen de Cristo.

¿De qué?
Somos transformados del viejo hombre dominado por el pecado, el egoísmo y la mentalidad del mundo. Esta transformación implica dejar atrás patrones de pensamiento erróneos, actitudes destructivas y hábitos que nos alejan de Dios.

¿Hacia qué?
Hacia una vida nueva en Cristo, donde somos conformados a Su carácter y llamados a vivir en santidad, amor y misión. La transformación nos lleva a ser discípulos comprometidos que reflejan a Cristo en su manera de pensar, vivir y servir a los demás.

Para experimentar una verdadera transformación, es necesario ir más allá de ser solo un seguidor de Jesús, pues quien se queda en ese estado sigue atado al status quo del mundo. Un seguidor carece de visión y solo simpatiza con la idea de ser un discípulo fiel, sin asumir un compromiso real. Es cierto que toda persona que viene a Jesús comienza como seguidor, sin embargo, debe dar un paso decisivo hacia una vida de entrega, convirtiéndose en un discípulo comprometido con su Señor.

Los seguidores de Jesús pueden asistir a eventos y mostrar entusiasmo temporal, pero sin un compromiso genuino, las cosas de Dios no ocupan el primer lugar en sus vidas. Como en la parábola del sembrador, muchos reciben la enseñanza con gozo, pero al no tener raíces profundas, son sofocados por los afanes del mundo y las preocupaciones de la vida. Así, su fe se desvanece, y su iniciativa de seguir a Jesús con devoción sincera muere antes de dar fruto verdadero.

La transformación no es un acto temporal ni un esfuerzo superficial para agradar a los demás. Es una experiencia profunda y duradera que comienza cuando una persona es encontrada por Jesús y decide rendirse a Él. En ese encuentro, la Palabra de Dios confronta el corazón, y al ser aceptada, inicia un proceso de cambio que abarca el carácter, la mente, el comportamiento y el corazón. Esta transformación nace de una actitud de humildad, reconocimiento del pecado y un deseo genuino de cambio radical, que comienza desde el interior. A partir de ahí, Dios derriba estructuras espirituales distorsionadas y patrones que esclavizan, trayendo una paz verdadera al alma que ha vivido por mucho tiempo en tormento.

Continuará…

«Piensa Y Acciona»

Nacho

La Santidad Transformadora: Impacto en la Sociedad y el Testimonio Cristiano (última parte)

«Ustedes son la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿cómo daremos sabor a la comida? para nada sirve la sal, y será mejor botarla para que sea pisoteada por los hombres. Ustedes son la luz del mundo; una ciudad no puede estar escondida si está ubicada en una montaña» (Mateo 5:13-14, TCB).

El Sermón del Monte establece el marco ideal para una santidad que transforma vidas e impacta la sociedad, ofreciendo un testimonio genuino y relevante para el mundo. Jesús emplea la metáfora de la sal y la luz para ilustrar el llamado de la iglesia: ser un agente de cambio con propósito. La sal resalta el valor de una fe que preserva y da sabor, mientras que la luz representa la verdad que disipa las tinieblas. Juntas, ambas imágenes reflejan la misión ineludible de los creyentes: encarnar el amor y la compasión de Cristo mientras proclaman el mensaje de salvación.

Jesús formó y capacitó a doce hombres, quienes bajo el poder del Espíritu Santo en Pentecostés, fueron transformados en testigos fieles de su enseñanza. Más de dos mil años después, la iglesia permanece firme sobre la faz de la tierra. En un mundo sumido en crisis, con gobiernos carentes de liderazgo sabio y sistemas económicos y políticos en constante búsqueda de soluciones, los intentos humanos han fracasado una y otra vez.

A lo largo de los siglos, la iglesia ha sido la fuerza más poderosa en la historia, no solo por su mensaje proclamado, sino por su testimonio tangible, visible en la predicación y en su compromiso de servir a los necesitados. Ha encarnado con fidelidad la misión descrita por el evangelista Lucas: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ungió para evangelizar a los pobres, me ha enviado para proclamar la libertad a los cautivos, para devolverles la vista a los ciegos, para liberar a los oprimidos» (4:18). Abandonar esta misión no solo será un error, sino un pecado, privando a muchos de la oportunidad de una eternidad gloriosa con nuestro Señor Jesucristo.

Regresemos a esa santidad que transforma el corazón y se refleja en un estilo de vida, no de condenación, sino de gracia, compasión y misericordia. Seamos la diferencia en medio de la multitud; que nuestra voz se alce para testificar de Jesús y de su amor salvador, que nuestras manos se extiendan para levantar al caído y no para hundirlo, que nuestros pies corran hacia el necesitado y no huyan de él, y que nuestros santuarios sean verdaderos lugares de adoración, celebración y comunión.

«Piensa y Acciona»

Nacho

La Santidad Transformadora: Impacto en la Sociedad y el Testimonio Cristiano (2nda parte)

La verdadera santidad no se encuentra en las apariencias externas ni en la afiliación a una congregación religiosa. No se distingue en la vestimenta, en la manera de caminar o en la pertenencia a un grupo eclesiástico. La santidad que transforma es aquella que se refleja en la vivencia diaria, en el trato hacia los demás y en una actitud que trasciende las cuatro paredes de un templo.

Cada domingo, multitud de templos se llenan de personas que adoran, cantan, lloran y ríen conmovidas por el mensaje predicado. Sin embargo, el desafío de la verdadera espiritualidad es que esta devoción no se limite a un evento semanal, sino que impregne cada momento de la vida. La santidad auténtica no es un traje que se guarda hasta el siguiente culto, sino una transformación continua del corazón y la mente.

La fe genuina se prueba en la cotidianidad, en la manera en que tratamos a quienes nos rodean, en cómo respondemos ante la adversidad y en la forma en que ejercemos misericordia y compasión. La santidad no es una máscara de religiosidad, sino un reflejo del carácter de Cristo en nuestras vidas. Solo cuando la santidad se convierte en un estilo de vida, tiene el poder de impactar la sociedad y generar un cambio real en el mundo.

Es significativo que Dios, a través del profeta Miqueas, confronte al pueblo de Israel por su falta de fidelidad y desobediencia. Les recuerda su constante fidelidad y cómo los protegió de las conspiraciones de sus enemigos. Ante este llamado de atención, el pueblo responde preguntándose: «¿Con qué me presentaré ante Jehová?», asumiendo erróneamente que Dios exige ofrendas y holocaustos. Sin embargo, el Señor los corrige, revelándoles que su verdadero deseo no es el mero ritualismo, sino una vida marcada por la justicia, el amor a la misericordia y la humildad al caminar con él (Miq 6).

De manera similar, el profeta Isaías denuncia la hipocresía del pueblo cuando les dice: «Este pueblo se acerca a mi con la boca y me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (29:13). Una vez más, se pone de manifiesto que la santidad no es un mero acto externo que se adapta según el entorno o la ocasión. Dios, de manera enfática, señala que la santidad es la manifestación de una experiencia salvadora que tiene lugar en el corazón, una transformación profunda que no está desconectada de las realidades existenciales de nuestro mundo. La santidad, entonces, es algo que nace de una relación auténtica con Dios, y no de simples prácticas externas.

La santidad transformadora debe ser un testimonio visible que impacte a la sociedad de tal manera que, al observar la vida del creyente, el mundo pueda ver a Cristo Jesús reflejado en sus acciones y actitudes. La santidad no solo se manifiesta en momentos privados de devoción, sino que se extiende a todas las áreas de la vida, de modo que quienes nos rodean puedan reconocer la obra de transformación que Dios ha hecho en nosotros. Así, el creyente se convierte en un reflejo vivo del carácter de Cristo, sirviendo como luz en un mundo necesitado de esperanza y verdad.

Continuará…

«Piensa y Acciona»

Nacho

Conectando el Cielo con la Tierra

«Y pondré odio entre tú y la mujer y entre tu simiente y su simiente. Ella te pisoteará la cabeza y tú le herirás la planta del pie» (Génesis 3:15 La Biblia Hebreo-Español).

«Pero cuando se cumplió el tiempo señalado, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos (Gálatas 4:4,5 RVA 2020).

La navidad es una época que nos recuerda el nacimiento de Jesús en la ciudad de Belén, en un pesebre. Aunque la evidencia histórica sugiere que este evento ocurrió en el mes de septiembre, el mundo cristiano lo celebra el 25 de diciembre. Esta fecha no fue elegida al azar: coincide con una celebración pagana muy significativa en la antigüedad, el culto al «Sol Invictus», una deidad adorada por muchos como símbolo de luz y victoria sobre las tinieblas.

En los primeros siglos de la iglesia, los cristianos enfrentaron la presión de participar en estas festividades paganas. Sin embargo, en lugar de rendir culto a falsos dioses, optaron por dar un nuevo significado a esta fecha. Así, proclamaron a Jesús como la «Luz verdadera» y el «Sol de Justicia», transformando el 25 de diciembre en una celebración cristiana que exaltaba el nacimiento de Cristo como la verdadera esperanza para la humanidad, en contraste con las creencias paganas.

De esta manera, la Navidad no solo marca el nacimiento de Jesús, sino que también refleja la victoria del Evangelio al iluminar un mundo lleno de oscuridad

Cuando el hombre pecó en el huerto del Edén, perdió su dignidad, su lugar y su comunión con Dios quedó rota. A simple vista, parecía que el plan de Dios había fracasado, como si el enemigo hubiese tenido la última palabra. Sin embargo, nada tomó a Dios por sorpresa. Desde antes de la creación del mundo, Él ya tenía un plan perfecto de salvación y restauración para la humanidad.

Ese plan culminaría siglos después con el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, quien vino al mundo para reconectar el cielo con la tierra. En Cristo, Dios ofreció al hombre la oportunidad de recuperar lo perdido: dignidad, propósito y una comunión plena con su Creador. Así, lo que parecía una derrota inicial se convirtió en la mayor manifestación de la gracia y el amor divinos.

La mujer, seducida por la serpiente, decidió tomar del fruto del árbol del cual Dios había prohibido comer, y luego lo compartió con su marido. En ese momento, el pecado hizo su entrada en el mundo, alterando el orden perfecto establecido por Dios. La desobediencia de Adán y Eva marcó el inicio de una separación espiritual entre la humanidad y su Creador, y desde entonces, todos los hombres han heredado una naturaleza pecadora y están bajo condena delante de Dios.

En el Edén, cada uno de los involucrados recibió palabras de juicio divino. Sin embargo, en medio de este juicio, Dios pronunció una promesa de redención. A la mujer le fue dada la esperanza de que su simiente aplastaría la cabeza de la serpiente, señalando así el futuro triunfo sobre el pecado y el enemigo (Génesis 3:15). Esta promesa, conocida como el protoevangelio, fue la primera proclamación de la redención que vendría a través de un Salvador.

Siglos después, Dios renovó esta promesa a Abraham, el patriarca de la fe. A través de él, Dios declaró: «y serán benditas en ti todas las familias de la tierra» (Génesis 12:3b). Aunque esta bendición abarcaba a sus descendientes físicos, el apóstol Pablo, en su carta a los Gálatas, revela que la promesa se refería específicamente a Cristo, la simiente prometida. En Gálatas 4:4, Pablo escribe: «Pero cuando se cumplió el tiempo señalado, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley».

Aquí, la conexión es clara: la simiente prometida en el Edén, la simiente bendita de Abraham, y el Hijo de Dios nacido de mujer, es Cristo. Él es el cumplimiento de todas las promesas divinas, el Redentor que vino a vencer el pecado y reconciliar a la humanidad con Dios. Desde el principio, el plan de Dios no solo incluyó el juicio por el pecado, sino también la gracia de la redención, manifestada plenamente en la persona de Jesús.

La navidad nos recuerda el milagro más grande de la historia: Jesús, siendo Dios, se hizo hombre y vivió entre nosotros. En su humanidad, conoció el dolor, experimentó las necesidades básicas de la vida y enfrentó el rechazo de la sociedad. Sin embargo, nada de esto detuvo el cumplimiento del plan redentor de Dios.

Jesús nació en Belén, un lugar humilde, pero con un propósito eterno: establecer la conexión entre el cielo y la tierra, reconciliando a la humanidad con su Creador. Su nacimiento marcó el inicio de la salvación para todos aquellos que creen en Él.

Esta Navidad, celebra a Jesús de la mejor manera posible. Anuncia al mundo la buena noticia de su nacimiento e invita a otros a recibirle como su Señor y Salvador. Él es la razón de esta celebración y el regalo más precioso que la humanidad ha recibido.

«Piensa y Acciona»

Nacho

El Evangelio en Movimiento: Sal, Conecta y Transforma

Las ideas, los planes de trabajo, los esquemas , las lluvias de ideas, por muy prometedoras que sean, carecen de utilidad si no llegan a concretarse. El joven que está locamente enamorado de la joven pero nunca se lo comunica; el inventor que solo guarda sus ideas en la mente sin materializarlas; o el empresario que escribe propuestas revolucionarias para su empresa pero no las ejecuta, todas tienen algo en común: si no actúan, sus sueños solo serán eso, ideas, pensamientos o ilusiones.

El plan de Dios para la humanidad fue claramente presentado por Cristo Jesús a sus discípulos antes de ascender a los cielos: «Id por el mundo, predicar el evangelio y hacer discípulos» (Marcos 16:15; Mateo 28:19). Este mandato no fue solo una instrucción, sino una continuación de lo que Él mismo modeló durante su tiempo en la tierra. Jesús vivió entre los hombres, entregándose por completo a aquellos que vino a ministrar. Salió al encuentro de las necesidades, se compadeció de los quebrantados, sanó a los enfermos, liberó a los oprimidos y, a través de sus palabras y acciones, se presentó como el Hijo de Dios, enviado para salvar al hombre. Su vida fue el ejemplo perfecto de un evangelio en movimiento.

Primeramente, para que el evangelio de Jesús esté en movimiento, los creyentes tienen que salir. Este mandato es más que una invitación, es un llamado a dejar atrás la comodidad y la pasividad para cumplir con la misión encomendada por Cristo. Sin embargo, desde la pandemia del 2020, se ha visto un cambio significativo en cómo muchos abordan esta tarea. Son numerosos los que prefieren vivir el evangelio desde la comodidad de su hogar, sin tener que salir a compartir las Buenas Nuevas cara a cara. No se trata de una falta de deseo por la salvación de otros, sino una tendencia a pretender impactar al mundo desde la sala o el comedor, confiando en medios digitales o interacciones mínimas.

Si bien estas herramientas tienen su lugar y han demostrado ser útiles, nunca podrán reemplazar el poder transformador del contacto directo. Esto lleva al segundo punto: ¡Conectar!. Conectar no es solo un acto físico; es un movimiento intencional de hacia las necesidades del prójimo, un paso de amor y compasión que refleja obediencia al mandato de Jesús. En una sociedad que promueve un culto egocéntrico, centrado únicamente en el ‘yo’, y en una generación acostumbrada a exponerse constantemente y a buscar atención a través de redes y plataformas digitales, este comportamiento no es más que un grito silencioso de desesperación, un anhelo profundo por una conexión genuina con los demás.

El evangelio en movimiento no solo nos llama a salir, sino también a tender puentes que trasciendan la superficialidad de la cultura. Es una invitación a ofrecer relaciones significativas, donde las personas puedan encontrar esperanza, sanidad y el amor transformador de Cristo.

Y así llegamos al tercer punto: Transformación. El evangelio son las buenas noticias de que Dios envió a su Hijo, Jesús, no solo a encarnarse y vivir entre los hombres, sino también a reconciliar al hombre con Dios a través de su sacrificio en la cruz. El evangelista Lucas resume esta misión con claridad al declarar: «Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10).

Esta reconciliación no es solo un concepto teológico; es una experiencia real que transforma vidas. Todo aquel que recibe a Jesús en su corazón experimenta el poder transformador de Dios. Su vida toma un rumbo diferente, tal como lo afirma la Escritura: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas» (2 Co 5:17).

El Evangelio en Movimiento: Sal, Conecta y Transforma. No te quedes inactivo. Vive el evangelio con pasión y propósito, llevando las Buenas Nuevas a cada rincón. Sal de tu zona de confort, conecta con las necesidades de los demás y permite que el poder transformador de Dios fluya a través de ti. ¡Haz que otros conozcan a Jesús y reciban la salvación!

«Piensa y Acciona»

Nacho

¿Entiendes lo que lees?

¿Alguna vez has tenido que leer un libro, documento, mensaje o alguna otra cosa que requiere comprensión más de una vez? A todos nos ha pasado que la primera vez no entendimos el mensaje o dudamos del contenido y eso nos llevó a una segunda o tercera lectura. ¿Sabes? Dios quiere que entendamos Su Palabra y la interpretemos correctamente.

Un personaje importante le preguntó a Jesús qué cosas podía hacer para heredar la vida eterna (Lucas 10:25-37). Este era un escriba quien era parte del grupo que se dedicaba a interpretar la ley. Esta interpretación salía en parte del consejo y sabiduría de los ancianos del pueblo y también de las discusiones de la ley de parte de los rabínos. Se recurría a esa sabiduría que se iba adquiriendo a través de las experiencias de vida y al conocimiento de la ley dada por Moisés. Todo esto luego fue recogido y plasmado en lo que se conoce como el Talmud.

Un escriba debía de tener el mensaje claro y no tener tal interrogante. Una de dos cosas puede ser posible aquí: tenía una respuesta que le daba seguridad y buscaba una afirmación ó no había entendido el mensaje la primera vez. Hay dos preguntas que Jesús le hace a este escriba: ¿qué está escrito en la ley? ¿cómo lees? Jesús no está interesado en lo que dice sino en cómo el escriba la interpretaba. La lectura junto con la interpretación modifica la conducta del individuo y es allí donde Jesús quiere llegar.

El pensamiento judío concerniente a la salvación se concentraba en qué acciones garantizaban la vida eterna. Jesús le pregunta a este personaje si conocía la ley a lo que rápido contestó que sí. Pero, Jesús lo redirige de la lectura a la interpretación. Jesús le dice «ve y haz lo que dice la ley». Aquí el escriba se quiere pasar de listo–así decían en mi barrio. Y, ¿quién es mi prójimo? Él tenía un concepto de quién era su prójimo. Solo estaba buscando aprobación de Jesús. Para él, su prójimo eran aquellos iguales a él; que podían devolver un favor hecho. Los enfermos, niños, mujeres, vagabundos y mucho menos los samaritanos eran excluidos de ese grupo de privilegio.

Jesús pasa a narrar una parábola que conocemos como la del buen samaritano. ¿Quién es el personaje principal? Alguien odiado por los escribas, ¡los samaritanos! Jesús quería que este escriba entendiera el mensaje y el corazón de Dios. No se trata de conocer lo que se lee, se trata de una buena interpretación.

La Palabra de Dios está al alcance de todos nosotros y necesitamos leerla, pero más que todo darle una buena interpretación que sea práctica. Los fariseos no creían en Jesús, pero entendían que el escudriñar las Escrituras los conducía a la salvación. Jesús le dice «ellas son las que dan testimonio de mi». Es imposible creen en la Biblia y no creer en Jesús. El diácono Felipe le preguntó al etíope– que iba leyendo las Escrituras– si entendía lo que estaba leyendo a lo que este le respondió, «no hay quien me la explique» (Hechos 8:26-38).

Una interpretación correcta de lo que Dios nos está diciendo nos lleva a realizar su voluntad la cual es buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2). ¿Estás entendiendo lo que Dios te ha hablado? ¿Cómo lo estás interpretando? Permite al Espíritu Santo que moldee tu manera de pensar, tu manera de ver las cosas y tu interpretación de las mismas. Una buena interpretación nos lleva a una mejor conducta y nos ayuda a practicar la justicia.

¡Piensa y Acciona!

Nacho

Borrando La Realidad

¡Qué ironía el pensar que la realidad se puede borrar! La realidad es la suma de los sucesos y circunstancias presentes en la vida o escenario de los seres vivos, naturaleza y universo. Aunque la realidad que se viva sea dura, triste y sofocante, se necesita resilencia, sabiduría y tacto para enfrentarla y salir adelante con las metas trazadas.

Jesús, en una ocasión les habló a la gente acerca de un jovencito que quiso salir de su realidad. Te cuento. Este joven vivía con su padre y tenía un hermano mayor. Por ser el menor, su padre tenía el control de todo y requería un sometimiento a las reglas establecidas en la casa. Llegó un momento en que este joven decidió que la realidad que vivía necesitaba ser cambiada y comenzó a preparar un plan en su mente. Cuando llegó el momento adecuado–de acuerdo a este joven, le pidió a su padre que le diera la herencia que tenía reservada para él.

Este joven pensó que cambiando de escenario su realidad sería diferente. Al principio pareció que la decisión tomada fue atinada y precisa. Pero el tiempo pasó y la realidad nuevamente chocó con este joven. Se dio cuenta de que la realidad no se puede borrar y se debe vivir día a día. Regresó con su padre pero con actitud diferente.

Hay quienes desean desaparecer para borrar su realidad; otros se sumergen en vicios; otros, se quitan la vida; se rompen relaciones de toda una vida y algunos prefieren una vida solitaria. La realidad presente no se da en un vacío, tiene un pasado que le dio base y solidez. Son decisiones tomadas buenas o malas que tienen trascendencia eterna.

El final del joven del relato de Jesús fue muy bueno pues su padre lo recibió y le dio todo lo que necesitaba. Debes entender de que Dios te ama a pesar de tu realidad presente. Él no te juzgará por tu pasado, solo toma la desición de servirle y pedirle dirección.

Pedro negó a Jesús y es muy probable que estuviera siendo atormentado por esa realidad. ¡Había sido parte del círculo ítimo de Jesús! Estuvo tres años con él viendo las grandes maravillas que hizo. Al llegar el momento difícil, Pedro determinó que si decía que conocía a Jesús, su realidad cambiaría drásticamente. ¡Ciertamente cambió, pero no de la manera que quizás esperaba! Después que Jesús resucita tiene una conversación con Pedro y lo restaura (Juan 21).

Tu realidad no cambiará, pero tu fe te sostendrá y te mostrará un camino que tus ojos carnales no pueden ver. «Ningún ojo ha visto, ningún oído ha escuchado, ninguna mente ha imaginado lo que Dios tiene preparado para quienes lo aman» (1 Corintios 2:9).

«Piensa y Acciona»

Nacho