Quiero Cambiar

Cada nuevo año llega cargado de expectativas, sueños, ilusiones y anhelos de superación, pero también de incertidumbres y cambios que deben asumirse y enfrentarse. A lo largo de sus 365 días, cada persona intenta discernir qué acciones, decisiones y ajustes son necesarios para que, al llegar su final, pueda considerarse un año verdaderamente fructífero. Al aproximarse el cierre del año, surge de manera natural la retrospección: se evalúa lo logrado, lo intentado y aquello que no se alcanzó. Este ejercicio de balance produce satisfacción y gratitud en algunos, mientras que en otros despierta sentimientos de frustración o derrota.

Este ejercicio se repite año tras año en el intento de identificar las razones principales detrás de los logros alcanzados o de los desaciertos experimentados. Las causas que suelen señalarse para los desaciertos son diversas: falta de tiempo, escasez de recursos, no era el momento adecuado, malas decisiones, temor al fracaso, entre muchas otras. Sin embargo, ¿qué ocurriría si, en lugar de centrarnos únicamente en estos factores externos, comenzáramos a preguntarnos qué está alimentando nuestra mente, dando origen a nuestros pensamientos y moldeando nuestros patrones de conducta? Si logramos identificarlo, la mente se convierte en el primer espacio de trabajo, de modo que pensamiento, conducta y acción puedan alinearse en una sincronía que produzca transformación y resultados sostenibles.

La mente es alimentada por las experiencias vividas, la educación recibida, la cultura, el entorno familiar y social, así como por el círculo de amistades que nos rodea. Cada uno de estos elementos aporta la materia prima que, con el tiempo, va dando forma a los valores, creencias y actitudes que, de manera consciente o inconsciente, modelan la conducta de los individuos. Por ello, el simple deseo de cambiar para alcanzar metas o realizar sueños no es suficiente si no existe una actitud interior genuina que confronte la complacencia y elimine el acceso a aquellas fuentes que no aportan para el bien ni contribuyen al crecimiento.

Según la Palabra de Dios, existen criterios claros de discernimiento que pueden adoptarse como reglas para filtrar las fuentes que intentan alimentar nuestra mente. Estos criterios se agrupan en tres áreas fundamentales: la verdad y la rectitud —todo lo verdadero, respetable y justo—; la pureza y el afecto saludable —todo lo puro y amable—; y la excelencia con propósito —todo lo digno de admiración, excelente y digno de alabanza— (Filipenses 4:8).

Verdad y rectitud implican vivir en coherencia con la realidad y con los principios correctos. La rectitud es la decisión de actuar con integridad, honestidad y justicia, manteniéndose fiel a lo que se sabe que es correcto, tanto en el pensamiento como en la conducta diaria.

Según la Palabra de Dios, este compromiso no solo nos llama a escoger lo bueno, sino también a rechazar aquello que no edifica. Por eso, la Escritura exhorta a abstenernos de toda forma de mal (1 Tesalonicenses 5:22) y nos recuerda que la voluntad de Dios es nuestra santificación (1 Tesalonicenses 4:3). Querer cambiar, entonces, requiere una actitud interior decidida a filtrar lo que alimenta la mente, cerrar el acceso a influencias que distorsionan el pensamiento y alinear mente, conducta y acción con los valores de Dios.

Pureza y afecto saludable implica mantener pensamientos, emociones y deseos libres de influencias que contaminan, permitiendo que los sentimientos se expresen de manera equilibrada, correcta y edificante, de modo que fortalezcan las decisiones, la conducta y las relaciones.

La Palabra de Dios los presenta como aquello que implica mantener pensamientos, emociones y deseos libres de influencias que contaminan, permitiendo que los sentimientos se expresen de manera equilibrada, correcta y edificante. Por ello, la exhortación: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23). Cuidar el corazón significa vigilar aquello que permitimos entrar en nuestra mente y emociones, ya que de allí surgen las decisiones, las actitudes y los patrones de conducta que dan forma a nuestra manera de vivir.

Excelencia y propósito implican vivir con una determinación clara de hacer las cosas de la mejor manera posible, orientando pensamientos, decisiones y acciones hacia metas que dan sentido a la vida y honran los valores que se han asumido. La Escritura nos exhorta a que todo lo que hagamos, sea de palabra o de hecho, lo hagamos para Dios y no para agradar a los hombres (Colosenses 3:23). Cuando el propósito está alineado con Dios, la búsqueda de la excelencia deja de ser un esfuerzo por reconocimiento humano y se convierte en un acto de fidelidad, adoración y obediencia.

¿Quieres cambiar en el 2026? Tienes que comenzar por tu mente. Acuérdate que «Los pensamientos crean actitudes, las actitudes forman acciones y las acciones definen el rumbo de la vida». Lo que permitimos en la mente termina manifestándose en la manera en que vivimos.

«Piensa Y Acciona»

Nacho

El Evangelio Encarnado

Los pensamientos, ideas y proyectos de ayuda humanitaria pueden colapsar aún antes de ser visibles, tangibles, intencionales y programáticos. Es cierto que las grandes invenciones y avances tecnológicos fueron originados en una mente abierta a cambios y nuevos métodos de utilidad sostenibles con el tiempo. Por ejemplo, los casi constructores de la conocida torre de Babel trajeron a existencia un pensamiento de desarrollo para aquel tiempo: usar ladrillos en vez de piedras y asfalto en vez de mezcla y pasarlos por el fuego para construir una ciudad que duraría para siempre (Génesis 11:1-4).

Hay varios casos documentados de inventos, ideas brillantes o avances tecnológicos que nunca llegaron a construirse, ya sea porque estaban demasiado adelantados a su tiempo, porque el autor murió antes de desarrollarlos, o porque las condiciones sociales y económicas no permitieron llevarlas a cabo. Entre ellos se encuentran inventos no realizados de Leonardo da Vinci, la máquina diferencial de Charles Babbage, los inventos perdidos de Nikola Tesla, el motor de vapor de Herón de Alejandría (siglo I), los prototipos no construidos de la NASA, el transporte público neumático de Nueva York (1870) y muchos otros más.

Estos pensamientos, ideas y proyectos se convirtieron en el foco de atención de todas estas personas, sin embargo, mientras no fueron diseñados y mostrados al mundo, carecían de valor y utilidad. Esto no anula el tiempo, esfuerzo y dedicación que invirtieron estas personas, pero sí le robó al mundo la bendición de ser partícipes de adelantos que serían muy beneficiosos. De la misma forma, un evangelio mental y bien intencionado carece de utilidad sino es encarnado y mostrado a un mundo que lo necesita.

El Evangelio no es otra cosa que una buena noticia, sin embargo, no es cualquier noticia. Según Timothy Keller en su libro Iglesia Centrada, “el evangelio es la divulgación de la obra de Cristo en nuestro favor; constituye el por qué y el cómo; el evangelio es salvación por gracia. Es noticia porque trata acerca de una salvación que se consumó por nosotros. Es noticia que crea una vida de amor”. También añade, “que el Evangelio son las buenas noticias de que Dios ha cumplido nuestra redención en Cristo para llevarnos a la relación correcta con Él y a la larga destruir todas las consecuencias del pecado en el mundo. El evangelio no es algo que hacemos, sino algo que se ha hecho a nuestro favor”. [1]

El escritor del segundo libro de Reyes en el capítulo 7:3-10 nos presenta una escena que puede ser trasladada, interpretada y aplicada a lo que debe ser el Evangelio encarnado. Cuatro hombres leprosos—desahuciados por las sociedad y marginados—en un momento crucial de hambruna toman una decisión: pasarse al campamento sirio—enemigos de Israel—para obtener comida sino morirían. Se estaban jugando la vida, sin embargo, fue una decisión hecha realidad.  A su asombró, no había nadie en el campamento enemigo; estos habían abandonado todo, salieron huyendo y dejaron sus pertenencias incluyendo comida y bebida. ¡Qué festín se dieron estos leprosos! De no tener nada y estar a la merced de otros, encontraron un tesoro. Sin embargo, se dijeron unos a otros, “hoy es un día de buenas noticias, y no las estamos dando a conocer. Si esperamos hasta que amanezca, resultaremos culpables”. Lo que continúa es un ejemplo claro del evangelio encarnado: fueron y dieron las noticias a una ciudad que ya estaba a punto de rendirse. Fue un día de provisión, alegría y prosperidad. Todo esto por que algunos decidieron “encarnar” las buenas noticias.

David Wilkerson era un pastor pentecostal oriundo de Pensilvania. En 1958, mientras veía una revista con un caso judicial sobre siete jóvenes pandilleros en Nueva York, sintió un fuerte impulso espiritual de ir a ayudarles. Sin conocer la ciudad ni tener experiencia urbana, viajó obedeciendo a lo que él describió como un llamado del Espíritu Santo. Su historia se cuenta en el famoso libro “La Cruz y el Puñal”, que impactó millones alrededor del mundo.

Al llegar a Nueva York visitó los barrios más peligrosos: Brooklyn, el Bronx y Harlem. Se acercó directamente a pandillas violentas como los Mau Maus, los Bishops, los Dragons, entre otras. Él les mostró algo que ellos nunca habían visto: amor sincero, persistente, sin miedo y sin interés personal. Su trabajo se convirtió en el ministerio llamado Teen Challenge, que hasta hoy funciona en todo el mundo ayudando a adictos y personas en crisis.

Una historia particular que resalta en el ministerio de este hombre de Dios fue su encuentro con Nicky Cruz, líder de los Mau Maus. Este joven había crecido en abuso extremo, santería y negligencia; era brutal, frío, violento. Cuando Wilkerson lo vio por primera vez, Nicky lo insultó y lo amenazó con matarlo. Le dijo: “Te voy a cortar en pedazos”. Wilkerson le contestó: “Nicky, puedes cortarme en mil pedazos, y cada pedazo seguirá diciéndote que Jesús te ama”. Este acto quebrantó la vida de este joven quien luego en una campaña evangelística organizada por Wilkerson, le entregó su vida a Jesús.[2]

Este es un claro ejemplo del Evangelio que toma la forma de seres humanos transformados por el poder de Dios al aceptar a Jesús como Señor y Salvador. Un Evangelio encarnado no se queda en palabras, intenciones o simples convicciones internas; se hace visible cuando la vida de quien lo ha recibido se convierte en un instrumento de gracia para otros. Cada creyente está llamado a mostrar a Cristo en su trato, en sus decisiones, en su compromiso con los quebrantados y en su presencia en lugares donde la esperanza parece extinguida. Cuando el Evangelio se hace carne en nosotros produce un impacto real, transforma ambientes, restaura corazones y abre caminos donde antes solo había oscuridad. La Buena Noticia no queda guardada en la mente ni atrapada en emociones, sino que se traduce en acciones concretas que reflejan a Cristo ante un mundo hambriento de amor, verdad y redención.

El apóstol Juan presenta a Jesús como el Verbo, el Logos, la Palabra eterna que se hizo carne y habitó entre nosotros (Juan 1:1, 14). A su vez, el apóstol Pablo citando un himno de la antigüedad, destaca la profundidad de esa encarnación: “quien, siendo por naturaleza Dios…se rebajó voluntariamente tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre… (Filipenses 2:6-8). Para que la salvación eterna llegara al ser humano, era necesario que Dios mismo asumiera nuestra condición, experimentara el sufrimiento, la pobreza, la traición y la muerte. Eso solo fue posible a través de la encarnación del Verbo: Dios haciéndose hombre para acercarse al hombre.

El concepto del Logos era conocido por el apóstol Juan, pues tanto Filón de Alejandría como los filósofos estoicos hablaban de un logos que explicaba la relación entre Dios y el mundo. “Para Filón, el logos era un ser creado, intermediario entre un Dios totalmente trascendente y la creación. Para los estoicos, el logos era la razón universal que sostenía y ordenaba todas cosas, una fuerza impersonal impresa en la estructura del cosmos”. [3] Juan toma estos conceptos conocidos en su tiempo, pero los supera radicalmente al afirmar que el Logos no es una idea, ni un principio filosófico, ni un intermediario creado: es una Persona divina, eterna, que entró al mundo tomando carne humana. Juan conecta lo que el pensamiento humano solo percibía como teoría con la realidad más sublime; el Logos se hizo carne. Y ese acto, la encarnación del Verbo, se convierte en el fundamento y modelo del evangelio encarnado: Dios haciéndose presente, cercano, visible y transformador en medio del mundo por medio de Cristo… y ahora, a través de nosotros.

El Evangelio encarnado es más que una experiencia mística, sobrenatural o extraordinaria; es una vivencia real, visible y palpable en medio de la sociedad y la cultura. El Evangelio encarnado camina cada día a la vista de todos: no se esconde, no se anuncia desde la comodidad de un dormitorio, no fue diseñado para exhibirse en plataformas digitales ni para acumular cientos de ‘likes”. El mundo no necesita más figuras políticas, religiosas, o gubernamentales que prometen la luna y las estrellas, pero nunca cumplen; el mundo necesita hombres y mujeres transformados por Jesús, dispuestos a convertirse en ese Evangelio encarnado, modelando a Cristo, extendiendo la mano al necesitado, compadeciéndose del indigente y el inmigrante. Ese Evangelio encarnado no se vende ni se cambia por un paquete de pan o unas lentejas; no se diluye en la cultura ni se acomoda a las tendencias del momento. El Evangelio encarnado se mueve por las calles de la ciudad, en las aceras de los suburbios, en el supermercado y en la tienda por departamentos; se detiene ante el vulnerable, “cura sus heridas, lo venda y lo lleva al mesón”.


[1] Timothy Keller, “Iglesia Centrada” (Miami: Editorial Vida, 2012), 35-36.

[2] La historia de David Wilkerson y el testimonio de Nicky Cruz, se encuentran en “La Cruz y el Puñal” y en “Corre Nicky corre”.

[3] Justo L. Gonzalez, Historia del Pensamiento Cristiano, Hasta el Siglo XXI (Viladecavalls, España: editorial Clie, 2024), 46.

Sal y brilla: el evangelio en movimiento

Conectarse con otros no es simplemente un deseo; es una necesidad profundamente arraigada en la naturaleza humana. Cuando esa conexión se interrumpe o no se desarrolla, el ser humano comienza a experimentar vacíos que afectan su bienestar físico, emocional y hasta espiritual. Desde el principio, Dios mismo declaró: “No es bueno que el hombre esté solo”. (Génesis 2:18). Aunque aquella afirmación surgió en el contexto de la relación entre Adán y su ayuda idónea, el principio que encierra trasciende el matrimonio: habla de la necesidad de comunión, de relación, de compartir la vida con otros.

Es verdad que todos, en algún momento, necesitamos un espacio de silencio, descanso o reflexión lejos del bullicio. Pero cuando el aislamiento se prolonga más de lo debido, la soledad empieza a hacer eco en el alma. La falta de conexión debilita la esperanza, apaga el entusiasmo y distorsiona la percepción de propósito. Precisamente en esos momentos, la voz divina sigue recordando que fuimos creados para relacionarnos —con Dios y con las personas—, porque la vida se fortalece en el encuentro, no en el aislamiento.

Jesús, según relata Marcos 13:1, salió del lugar donde descansaba para conectarse con las personas. No fue un simple paseo, ni una salida casual para “hangear” o “chilling”; su propósito iba mucho más allá. Él salió movido por una intención divina: relacionarse con la gente, acercarse a ellos, mirar sus rostros, escuchar sus inquietudes y, sobre todo, comunicarles una palabra que transformara sus vidas. Su conexión no era superficial, era una conexión que despertaba conciencia, inspiraba propósito y conducía a la acción. Jesús no solo se acercaba para estar con ellos, sino para provocar en ellos un cambio que los impulsara a vivir conforme al Reino de Dios.

En esta era pospandémica, muchos han optado por vivir en aislamiento, limitando su contacto con otras personas. Las dinámicas sociales han cambiado drásticamente: ya no se visita con frecuencia las tiendas por departamentos porque las órdenes se hacen en línea; las compras del supermercado se realizan desde una aplicación, y hasta las medicinas llegan a la puerta del hogar sin necesidad de hablar con nadie. Lo que antes era una experiencia comunitaria se ha convertido en una rutina individual.

Numerosos comercios que alguna vez gozaron de gran afluencia de clientes se vieron obligados a cerrar sus puertas, víctimas de una nueva cultura de desconexión. Pero esta tendencia no ha afectado solo al ámbito económico; también ha alcanzado a los círculos de fe. Hoy resulta más cómodo permanecer en la butaca del hogar y participar del culto o del estudio bíblico desde una pantalla, sin compartir la experiencia del encuentro, la adoración conjunta ni la comunión con otros creyentes.

Jesús le dio a su iglesia una orden clara y trascendente: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15). Esta misión debía comenzar desde lo más cercano —nuestra Jerusalén— y extenderse hasta los confines de la tierra, tal como lo reafirma Hechos 1:8. El llamado no era a permanecer encerrados, sino a salir, a ir, a conectar con las personas donde se encuentran.

Las Buenas Nuevas de salvación fueron diseñadas para compartirse a través del contacto humano, de la interacción genuina, de la obra social y del servicio caritativo. El evangelio no es un mensaje distante o abstracto: es un mensaje encarnado en personas visibles ante la sociedad, hombres y mujeres que dan testimonio de Cristo con sus palabras, sus obras y su estilo de vida.

Jesús mismo declaró: “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder” (Mateo 5:14). Su afirmación resalta que la fe no está destinada a permanecer oculta ni a practicarse en aislamiento. Así como una ciudad en lo alto irradia luz visible a la distancia, la iglesia debe reflejar la presencia de Cristo de manera tangible y activa, iluminando con esperanza un mundo que, cada vez más, se acostumbra a la oscuridad del aislamiento.

Las comunidades de fe deben salir intencionalmente de sus lugares de reunión y adentrarse en las comunidades, llevando un mensaje de esperanza a un mundo en crisis —una crisis de valores, de principios y de patrones de conducta que exalten y dignifiquen al ser humano. Hoy, el mundo está saturado de voces: el mensaje político, el mensaje egocéntrico, el mensaje religioso y muchos otros que compiten por la atención de las personas. En medio de tanto ruido, la humanidad no sabe a quién escuchar.

Es tiempo de que la iglesia recobre su voz profética y su presencia visible. No basta con salir como individuos —eso ya ocurre a diario—; es necesario salir como el cuerpo de Cristo, unidos, determinados y encendidos por el fuego del Espíritu. El mundo necesita ver y oír un mensaje transformador proclamado por hombres y mujeres comunes que fueron alcanzados, cambiados y enviados por el poder del evangelio.

Es tiempo de salir. Es tiempo de brillar. Es tiempo de impactar.

Porque el Cristo que nos salvó nos envió, y su luz no fue hecha para quedarse dentro de las paredes… sino para encender el mundo.

«Piensa y Acciona»

Nacho

Una Asna Y Un Destino Profético

No todos los tesoros se encuentran en un mapa… a veces aparecen cuando tomamos el camino equivocado.

Imagina que sales en tu auto para una gran aventura. Tu ruta está trazada: destinos que te emocionan, atracciones que sueñas explorar, momentos que esperas disfrutar. Pero, de pronto, todo cambia. Un desvío inesperado te saca del rumbo y, por más que lo intentas, no encuentras el camino de regreso.

Decides detenerte. Apagas el motor, bajas del vehículo y respiras hondo para calmar los nervios. Mientras caminas sin rumbo, algo a lo lejos brilla con intensidad. La curiosidad te empuja a acercarte… y ahí está: un diamante. Lo tomas sin poder creerlo y lo llevas a un experto. Minutos después, recibes la noticia: su valor es incalculable. En ese instante, una verdad te golpea: “Si no me hubiera perdido… jamás habría encontrado este diamante.”

Es probable que, al leer esta historia, pienses que para que algo así suceda “todos los planetas tendrían que alinearse” y que se necesitaría una dosis extraordinaria de suerte. Sin embargo, experiencias inesperadas como esta ocurren todos los días en la vida de muchas personas… claro, no precisamente con un diamante.

La Biblia relata en 1 Samuel 9 una historia verdaderamente extraordinaria. Un joven llamado Saúl recibe de su padre la encomienda de salir, junto con un criado, a buscar unas asnas que se habían extraviado. El relato describe cómo comenzaron la búsqueda en el territorio de la tribu de Benjamín, pero sin éxito; luego continuaron por la región de Efraín, igualmente sin resultados. La larga travesía los llevó a recorrer pueblos y caminos que nunca hubieran imaginado visitar. Dios ya le había hablado a Samuel el día anterior, anunciándole que al día siguiente llegaría un hombre para preguntar por unas asnas perdidas, y que él debía ungirlo como rey sobre Israel. Y así fue: Samuel tomó el aceite y ungió a Saúl como el primer rey de la nación.

Quien llegó buscando unas asnas salió con un reinado y un destino profético. ¿No es fascinante? ¡Unas simples asnas se convirtieron en el medio que llevó a Saúl a encontrarse con su destino profético!

El apóstol Pablo, escribiendo a la iglesia en Roma, les recuerda una verdad poderosa: “Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien…” (Rom. 8:28 LBLA). Cuando una persona rinde su vida al Señor, comienza a notar cambios profundos en su interior: su manera de pensar es moldeada por el Espíritu de Dios, su forma de hablar se transforma para edificar a otros, su perspectiva sobre la vida es renovada… y la lista continúa. Sin embargo, aun con esta transformación interna, el exterior no deja de presentar desafíos: problemas, dificultades y circunstancias que parecen querer sacudir la fe.

Estos desafíos no son simples casualidades; son parte del resultado de un cambio radical de vida. Aun en medio de ellos, Dios se encarga de conectarte con el propósito divino que Él mismo diseñó para ti. Unos pocos panes y peces pueden llevarte frente a Jesús… y con ellos alimentar a una multitud. En el camino a Damasco, un encuentro con Jesús puede dejarte ciego, conducirte a la ciudad y hacer que un discípulo ore por ti para luego encomendarte la misión de ser apóstol a los gentiles. Incluso una cita médica puede convertirse en la oportunidad de conocer personas que jamás hubieras encontrado en otro lugar.

Las situaciones más comunes pueden convertirse en la puerta para descubrir el llamado de Dios en tu vida. Quién diría que “Esas asnas que estás buscando pueden ser el instrumento que Dios use para algo increíblemente poderoso en tu vida.” Y tal vez, hoy, tú te encuentres buscando “tus asnas” o caminando por un sendero que parece no llevar a ninguna parte. Tus circunstancias actuales pueden ser tan desafiantes que incluso hayas pensado en abandonar todo, incluyendo tu comunión con Dios. Pero recuerda la historia del diamante: si no te hubieras desviado, jamás lo habrías encontrado.

Hoy el Señor te dice: “Estás a punto de conectarte con tu destino profético… no te rindas.”

«Piensa y Acciona»

Nacho

Del Encuentro a la Misión:Transformación y Compromiso en el Discipulado de Cristo (última parte)

El paso del encuentro a la misión puede tornarse en un camino complejo, inquietante, exigente y, por qué no decirlo, profundamente desafiante. Esta travesía adquiere aún mayor intensidad cuando nos enfrentamos a las palabras de Jesús sobre el discipulado: ‘Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.’ (Mateo 16:24, LBLA).

Aceptar este llamado implica mucho más que emoción o convicción inicial; exige renuncia, perseverancia y una profunda transformación interior. Seguir a Jesús no es simplemente una adhesión ideológica o emocional, sino una entrega total que confronta nuestras comodidades, cuestiona nuestras prioridades y redefine nuestra identidad. Es en ese proceso de negarnos a nosotros mismos, tomar la cruz cada día y perseverar en el seguimiento, donde el encuentro con Cristo se convierte verdaderamente en misión.

La misión cobra su verdadero sentido y se convierte en la prioridad fundamental cuando comprendemos que no es una opción entre muchas, sino el encargo central de Jesús a sus discípulos. Así lo expresó con claridad al decir: ‘Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones…’ (Mateo 28:19, LBLA), y lo reafirmó antes de ascender al cielo: ‘pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.’ (Hechos 1:8, LBLA).»

La misión no es una tarea accesoria ni un ministerio exclusivo para algunos; es el corazón del llamado cristiano. Es el movimiento natural y sobrenatural de quienes han tenido un verdadero encuentro con Cristo. No nace de un esfuerzo humano, sino del poder capacitador del Espíritu Santo, quien nos impulsa, transforma y equipa para dar testimonio eficaz de Jesús. La misión se realiza con autenticidad cuando el testimonio no solo se proclama con palabras, sino que se encarna en vidas rendidas al servicio del Reino. Y su propósito final es claro: que toda la tierra conozca a Jesús, su amor redentor y su obra salvífica.

El compromiso con el discipulado cristiano nos confronta con una realidad espiritual desafiante: enfrentamos enemigos que trascienden nuestras capacidades humanas y naturales. No se trata de adversarios visibles ni de seres humanos, sino de fuerzas espirituales malignas, entidades demoníacas que buscan obstaculizar el avance del evangelio de Jesucristo. Esta lucha, aunque invisible, es intensamente real.

A simple vista, puede parecer una batalla imposible de ganar. Sin embargo, no estamos desprovistos de recursos. Dios nos ha provisto de una poderosa y abundante gama de armas espirituales, plenamente eficaces para derribar fortalezas y resistir toda oposición del enemigo. Estas armas no son físicas, sino espirituales, y su poder proviene directamente del Espíritu Santo.

En estos tiempos, más que nunca, necesitamos un nuevo revestimiento del poder del Espíritu Santo. Es urgente que rindamos por completo nuestra voluntad a Su dirección y propósito. Solo así podremos vivir una vida de obediencia genuina y comprometida con la Gran Comisión: hacer discípulos en todas las naciones. La victoria es posible, pero requiere una entrega total, una dependencia constante de Dios y una fe activa en su poder para vencer lo que nosotros no podríamos enfrentar por cuenta propia.

”Piensa y Acciona”

Nacho



Del Encuentro a la Misión: Transformación, Formación y Compromiso en el Discipulado de Cristo (2da parte)

La formación es un arte sublime, como la obra del alfarero que, con sus manos llenas de barro y su mente llena de propósito, transforma una masa informe en una vasija hermosa y útil, diseñada para cumplir su destino. El alfarero toma el barro, lo coloca en la rueca y, con paciencia y destreza, comienza a darle forma, siguiendo el diseño que ya ha concebido en su interior.

Cada giro de la rueca, cada toque preciso de sus manos, va esculpiendo la pieza hasta que finalmente emerge una obra perfecta, lista para ser utilizada diariamente. Así también, el proceso de formación en la vida refleja esta transformación: de algo aparentemente ordinario a algo hermoso y significativo, preparado para cumplir su propósito.

El profeta Jeremías fue enviado por Dios a la casa del alfarero, donde contempló de cerca el delicado proceso de formación de una vasija. Observó cómo el alfarero, con paciencia y habilidad, daba forma al barro sobre la rueca. Sin embargo, en un momento dado, la vasija se deterioró en sus manos. Aun así, el alfarero no se rindió; volvió a trabajar el barro, creando una nueva pieza según su propósito original.

En el proceso del discipulado, Dios actúa como el alfarero divino, formando en nosotros un carácter que refleje su diseño eterno. Con paciencia y sabiduría, comienza a moldear nuestra manera de pensar, eliminando todo aquello que estorba o impide el cumplimiento de su propósito.

Sin embargo, este proceso no está exento de desafíos. Implica cambios profundos y radicales que, aunque a veces resulten dolorosos, son necesarios para dar forma al hombre y la mujer que Dios desea. A lo largo de cada etapa, el Señor nos transforma, guiándonos hacia la plenitud de su voluntad y preparándonos para cumplir el propósito para el cual fuimos creados.

Para transitar este camino de transformación, es fundamental asumir un compromiso consciente de liberarse del dominio del pasado y abrazar el proceso de renovación. Esto implica dejar atrás patrones negativos, asumir la responsabilidad de nuestras decisiones y actitudes, y permitir que Dios moldee nuestro carácter según su diseño eterno. Así, este viaje continuo de transformación, aunque desafiante, nos conduce a una vida alineada con el propósito divino.

La formación en Cristo implica una transformación profunda que va más allá de una simple renovación de identidad. Quien es alcanzado por Jesús recibe una nueva naturaleza, una mentalidad renovada y un propósito claro, mientras que su esencia física permanece intacta. Aunque seguimos siendo la misma persona externamente, en nuestro interior ocurren cambios maravillosos que reflejan la obra redentora de Dios en nosotros.

El apóstol Pablo expresa esta verdad al afirmar: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17). Esto significa que la transformación en Cristo no es superficial ni temporal; es un cambio integral que afecta nuestro ser interior, moldeándonos conforme a su propósito eterno.

Parte esencial de esta formación es la renovación de nuestra mente. Pablo declara: «Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo» (1 Corintios 2:16). Esta afirmación revela que, al ser transformados por Cristo, comenzamos a pensar conforme a la voluntad divina, dejando atrás la vieja manera de razonar y adoptando una perspectiva que refleja el corazón de Dios.

Además, esta formación nos libera del poder esclavizador del pecado. El apóstol también dice: «Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» (Romanos 6:14). Esta verdad nos asegura que, al ser transformados en Cristo, el pecado ya no tiene dominio sobre nosotros, porque ahora vivimos bajo la gracia, siendo guiados por el Espíritu Santo.

Por lo tanto, la formación en Cristo no solo implica adoptar nuevas actitudes o pensamientos, sino permitir que su poder redentor transforme cada área de nuestra vida. Es un proceso continuo donde Dios moldea nuestro carácter, renueva nuestra mente y nos conduce hacia una vida de libertad y propósito conforme a su voluntad.

Continuará…

«Piensa y Acciona»

Nacho

Del Encuentro a la Misión: Transformación, Formación y Compromiso en el Discipulado de Cristo

La jornada de fe comienza en el momento en que una persona acepta a Jesús como Señor y Salvador, dando paso a un cambio radical en su vida, pensamiento, actitud y acciones. Este proceso la conduce a una transformación profunda, una formación continua y un compromiso de entrega y sumisión a Cristo.» El apóstol Pablo lo expresó de esta manera: “Estoy convencido de que Dios, quien empezó la buena obra en ustedes, la perfeccionará poco a poco hasta completarla totalmente en el día de Jesucristo” (Fil 1:6 TCB).

Vivir para Dios requiere una entrega incondicional que va más allá de las apariencias externas. Implica realizar cambios intencionales en el corazón, lo que transforma las emociones, los sentimientos y la manera de analizar las situaciones de la vida. Esto conlleva una disposición genuina para aceptar la voluntad de Dios, la cual es «buena, perfecta y agradable» (Ro 12:2).

La expresión “me encontré con Dios” es común en los círculos pentecostales para describir la experiencia de salvación, en la que Dios perdona nuestros pecados en respuesta a una humillación sincera expresada con nuestros labios. Desde ese momento, comienza una nueva vida, donde “las cosas viejas pasaron, y todas son hechas nuevas” (2 Co 5:17). Este encuentro marca el inicio de una transformación profunda, posible únicamente por el poder del Espíritu Santo. ¿Por qué transformados? ¿De qué? Y ¿hacia qué?

¿Por qué transformados?
Porque el discipulado en Cristo no es solo una adhesión intelectual a una doctrina, sino un cambio radical de vida. Dios nos llama a una transformación profunda que afecta nuestra identidad, carácter y propósito, llevándonos a reflejar la imagen de Cristo.

¿De qué?
Somos transformados del viejo hombre dominado por el pecado, el egoísmo y la mentalidad del mundo. Esta transformación implica dejar atrás patrones de pensamiento erróneos, actitudes destructivas y hábitos que nos alejan de Dios.

¿Hacia qué?
Hacia una vida nueva en Cristo, donde somos conformados a Su carácter y llamados a vivir en santidad, amor y misión. La transformación nos lleva a ser discípulos comprometidos que reflejan a Cristo en su manera de pensar, vivir y servir a los demás.

Para experimentar una verdadera transformación, es necesario ir más allá de ser solo un seguidor de Jesús, pues quien se queda en ese estado sigue atado al status quo del mundo. Un seguidor carece de visión y solo simpatiza con la idea de ser un discípulo fiel, sin asumir un compromiso real. Es cierto que toda persona que viene a Jesús comienza como seguidor, sin embargo, debe dar un paso decisivo hacia una vida de entrega, convirtiéndose en un discípulo comprometido con su Señor.

Los seguidores de Jesús pueden asistir a eventos y mostrar entusiasmo temporal, pero sin un compromiso genuino, las cosas de Dios no ocupan el primer lugar en sus vidas. Como en la parábola del sembrador, muchos reciben la enseñanza con gozo, pero al no tener raíces profundas, son sofocados por los afanes del mundo y las preocupaciones de la vida. Así, su fe se desvanece, y su iniciativa de seguir a Jesús con devoción sincera muere antes de dar fruto verdadero.

La transformación no es un acto temporal ni un esfuerzo superficial para agradar a los demás. Es una experiencia profunda y duradera que comienza cuando una persona es encontrada por Jesús y decide rendirse a Él. En ese encuentro, la Palabra de Dios confronta el corazón, y al ser aceptada, inicia un proceso de cambio que abarca el carácter, la mente, el comportamiento y el corazón. Esta transformación nace de una actitud de humildad, reconocimiento del pecado y un deseo genuino de cambio radical, que comienza desde el interior. A partir de ahí, Dios derriba estructuras espirituales distorsionadas y patrones que esclavizan, trayendo una paz verdadera al alma que ha vivido por mucho tiempo en tormento.

Continuará…

«Piensa Y Acciona»

Nacho

La Santidad Transformadora: Impacto en la Sociedad y el Testimonio Cristiano (2nda parte)

La verdadera santidad no se encuentra en las apariencias externas ni en la afiliación a una congregación religiosa. No se distingue en la vestimenta, en la manera de caminar o en la pertenencia a un grupo eclesiástico. La santidad que transforma es aquella que se refleja en la vivencia diaria, en el trato hacia los demás y en una actitud que trasciende las cuatro paredes de un templo.

Cada domingo, multitud de templos se llenan de personas que adoran, cantan, lloran y ríen conmovidas por el mensaje predicado. Sin embargo, el desafío de la verdadera espiritualidad es que esta devoción no se limite a un evento semanal, sino que impregne cada momento de la vida. La santidad auténtica no es un traje que se guarda hasta el siguiente culto, sino una transformación continua del corazón y la mente.

La fe genuina se prueba en la cotidianidad, en la manera en que tratamos a quienes nos rodean, en cómo respondemos ante la adversidad y en la forma en que ejercemos misericordia y compasión. La santidad no es una máscara de religiosidad, sino un reflejo del carácter de Cristo en nuestras vidas. Solo cuando la santidad se convierte en un estilo de vida, tiene el poder de impactar la sociedad y generar un cambio real en el mundo.

Es significativo que Dios, a través del profeta Miqueas, confronte al pueblo de Israel por su falta de fidelidad y desobediencia. Les recuerda su constante fidelidad y cómo los protegió de las conspiraciones de sus enemigos. Ante este llamado de atención, el pueblo responde preguntándose: «¿Con qué me presentaré ante Jehová?», asumiendo erróneamente que Dios exige ofrendas y holocaustos. Sin embargo, el Señor los corrige, revelándoles que su verdadero deseo no es el mero ritualismo, sino una vida marcada por la justicia, el amor a la misericordia y la humildad al caminar con él (Miq 6).

De manera similar, el profeta Isaías denuncia la hipocresía del pueblo cuando les dice: «Este pueblo se acerca a mi con la boca y me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (29:13). Una vez más, se pone de manifiesto que la santidad no es un mero acto externo que se adapta según el entorno o la ocasión. Dios, de manera enfática, señala que la santidad es la manifestación de una experiencia salvadora que tiene lugar en el corazón, una transformación profunda que no está desconectada de las realidades existenciales de nuestro mundo. La santidad, entonces, es algo que nace de una relación auténtica con Dios, y no de simples prácticas externas.

La santidad transformadora debe ser un testimonio visible que impacte a la sociedad de tal manera que, al observar la vida del creyente, el mundo pueda ver a Cristo Jesús reflejado en sus acciones y actitudes. La santidad no solo se manifiesta en momentos privados de devoción, sino que se extiende a todas las áreas de la vida, de modo que quienes nos rodean puedan reconocer la obra de transformación que Dios ha hecho en nosotros. Así, el creyente se convierte en un reflejo vivo del carácter de Cristo, sirviendo como luz en un mundo necesitado de esperanza y verdad.

Continuará…

«Piensa y Acciona»

Nacho

La Santidad Transformadora: Impacto en la Sociedad y el Testimonio Cristiano (1era parte)

¿Qué ocurre cuando un hombre común es llamado a desafíar el «status quo» en nombre de la justicia divina? En una época marcada por la opresión y la corrupción, Dios levantó a un humilde campesino de Tecoa, en Judá, para confrontar la injusticia en el reino del norte, Israel. Amós, un cuidador de bueyes y labrador de la tierra, no era profeta de oficio, pero su mensaje ardía con la autoridad del cielo. Con valentía denunció la explotación de los pobres, las viudas y los huérfanos, enfrentándose al sacerdote Amasías, quien prefería preservar el sistema establecido antes que defender la verdad. La respuesta de Amós, cargada de firmeza y obediencia, marcó un punto decisivo: «No soy profeta ni hijo de profeta […], pero el Señor me quitó de andar tras el ganado y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo Israel» (Amos 7:12-15). Su historia no solo es un ejemplo del llamado divino, sino un recordatorio del impacto transformador de la santidad en una sociedad que clama por justicia.

Si creáramos un perfil de la iglesia en el tiempo presente, podríamos observar que, con frecuencia, su enfoque tiende a ser excesivamente espiritualizado, centrado en lo celestial y en una apariencia de santidad distante, más que en un compromiso activo con la restauración y la defensa de los vulnerables. Esta desconexión entre la espiritualidad y la acción práctica ha llevado, en muchos casos, a una falta de incidencia en las áreas donde la injustica, el dolor y la opresión prevalecen. Sin embargo, la santidad de Dios, que es el corazón del llamado cristiano, no es estática ni exclusiva; es transformadora, activa y profundamente comprometida con la realidad humana. Una iglesia que verdaderamente refleje la santidad de su Dios no puede limitarse a lo etéreo, sino que debe convertirse en un instrumento de justicia, amor y restauración en un mundo que deseperadamente lo necesita.

Al reflexionar sobre la verdadera santidad de Dios y Su llamado a la justicia, no podemos ignorar las palabras de Isaías 58:5-7, donde se redefine el concepto de ayuno y devoción. Dios nos recuerda que no se trata solo de rituales externos, sino de un corazón dispuesto a vivir Su justicia en acción. Así como Amós se levantó contra la injusticia de su tiempo, hoy somos llamados a ser instrumentos de restauración, no solo en lo espiritual, sino en la defensa de los oprimidos y la práctica activa del amor y la misericordia que reflejan la santidad de nuestro Creador.

A lo largo de la historia de la iglesia, hemos sido testigos de cómo muchos creyentes han sido marginados en nombre de la santidad, simplemente por cometer un pecado o caer en alguna falta. A pesar de su arrepentimiento sincero, las élites religiosas y los líderes despiadados a menudo los hunden en la misera y la condena. Este trato es contrario al mensaje de santidad que nos enseña el evangelio de Jesús. La santidad, aunque es un estilo de vida que debe distinguir a la iglesia del mundo, no puede ser un mensaje de condena sin esperanza. Al contrario, debe ser vivida con amor y misericordia, siendo modelada primero dentro de la iglesia, especialmente hacia aquellos que han fallado pero desean levantarse. La santidad no puede ser sinónimo de rechazo, sino de restauración. Como el apóstol Pablo escribio: «Ahora, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Ro 8:1). La santidad, por tanto, debe ser una fuerza transformadora que ofrece perdón, sanidad y una segunda oportunidad, reflejando la gracia que hemos recibido de Cristo.

La santidad, cuando es practicada de manera correcta y bíblica, nos iguala ante Dios, otorgándonos privilegios similares sin importar nuestra raza, cultura o el trasfondo de pecado y maldad del que venimos. Es en la comunidad de fe donde primero debemos permitir que esta santidad nos transforme en seres completamente vulnerables ante un Dios que nos perdona y restaura. Al mismo tiempo, debemos permitir que esa santidad se refleje en el amor, el cual es fruto del amor de Jesús derramado en nuestros corazones. Cuando esta realidad se convierte en una vivencia diaria, entonces estamos llamados a llevarla fuera, a un mundo marcado por la injusticia, el odio, el señalamiento y la desigualdad, para ser testigos de un amor que rompe barreras y promueve restauración de todos las aspectos de la vida humana.

Photo by Pixabay on Pexels.com

¡Estás en el lugar equivocado! (última parte)

¡Este no es mi lugar! reflexionó el hijo pródigo. En la casa de su padre, tenía todo lo que necesitaba: abrigo, cama, alimentos y sobre todo, el amor de su padre. Ahora, no tenía nada. Desesperado, buscaba a alguien que lo contratara para conseguir siquiera un bocado de alimento. Este joven representa a quienes, en momentos cruciales , deciden abandonar el lugar donde lo tenían todo pero no supieron valorarlo, pues su mirada estaba puesta en aquello que creían alcanzar en otros lugares.

Al tocar fondo, el hijo pródigo comenzó a ver con claridad lo que antes no valoraba: la estabilidad, el amor y el cuidado que siempre tuvo en casa. Su necesidad lo llevó a comprender que lo que había despreciado en su afán por experimentar algo «mejor» era, en realidad, lo más valioso. Fue entonces cuando, arrepentido y con el corazón humillado, decidió regresar a su hogar, reconociendo que había desperdiciado una vida plena por perseguir ilusiones pasajeras.

¿Qué hará falta para que comprendas que lo que tienes no es lo que realmente buscabas? ¿Cuánto tiempo más hasta reconocer que has tocado fondo? Dentro de ti, esa voz clama por ayuda y te susurra: «Regresa». El hijo pródigo no solo pensó en volver a casa, ideó un plan y eligió cuidadosamente las palabras para dirigirse a su padre. Su único deseo era ser recibido, aunque fuera como un sirviente, pues sabía que ni siquiera merecía el lugar de hijo.

Hoy quizá te sientes avergonzado, cabizbajo y triste, no solo porque estás en el lugar equivocado, sino porque antes de marcharte, ignoraste el consejo de quienes te amaban. Creías que el lugar en el que estabas te limitaba, que las personas allí frenaban tus deseos de superación y que el calor de ese hogar te asfixiaba. Decidiste irte y comenzar una nueva vida. Lo intentaste, viste la vida desde otra perspectiva, pero descubriste que aquello que tanto anhelabas no es lo que realmente te conecta con el propósito de vida para el cual Dios te creó.

La duda y la ansiedad sobre cómo serás recibido te invaden, y la preocupación sofoca tu ánimo. Sin embargo, el hijo pródigo, a pesar de su temor, emprendió su regreso sin imaginar que su padre ya lo esperaba. Fue recibido con un abrazo y un beso, y su padre organizó una gran fiesta, devolviéndole el lugar de honor que había perdido.

Tal vez, el regreso que necesitas no sea un lugar físico. Quizá se trate de restaurar una relación que se quebró por falta de comprensión o de reencontrarte con Dios. Tal vez pensaste que cambiar ciertas cosas te traerían felicidad, pero has descubierto que no es así. Cualquiera que sea tu situación, hay una solución. Dios te ama tal como eres, y nunca te rechazará. Él está esperando en el mismo lugar donde lo dejaste. Hoy, levántate y vuelve a ese lugar; tu Padre te espera con los brazos abiertos.

«Piensa y Acciona»

Nacho