Del Encuentro a la Misión:Transformación y Compromiso en el Discipulado de Cristo (última parte)

El paso del encuentro a la misión puede tornarse en un camino complejo, inquietante, exigente y, por qué no decirlo, profundamente desafiante. Esta travesía adquiere aún mayor intensidad cuando nos enfrentamos a las palabras de Jesús sobre el discipulado: ‘Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.’ (Mateo 16:24, LBLA).

Aceptar este llamado implica mucho más que emoción o convicción inicial; exige renuncia, perseverancia y una profunda transformación interior. Seguir a Jesús no es simplemente una adhesión ideológica o emocional, sino una entrega total que confronta nuestras comodidades, cuestiona nuestras prioridades y redefine nuestra identidad. Es en ese proceso de negarnos a nosotros mismos, tomar la cruz cada día y perseverar en el seguimiento, donde el encuentro con Cristo se convierte verdaderamente en misión.

La misión cobra su verdadero sentido y se convierte en la prioridad fundamental cuando comprendemos que no es una opción entre muchas, sino el encargo central de Jesús a sus discípulos. Así lo expresó con claridad al decir: ‘Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones…’ (Mateo 28:19, LBLA), y lo reafirmó antes de ascender al cielo: ‘pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.’ (Hechos 1:8, LBLA).»

La misión no es una tarea accesoria ni un ministerio exclusivo para algunos; es el corazón del llamado cristiano. Es el movimiento natural y sobrenatural de quienes han tenido un verdadero encuentro con Cristo. No nace de un esfuerzo humano, sino del poder capacitador del Espíritu Santo, quien nos impulsa, transforma y equipa para dar testimonio eficaz de Jesús. La misión se realiza con autenticidad cuando el testimonio no solo se proclama con palabras, sino que se encarna en vidas rendidas al servicio del Reino. Y su propósito final es claro: que toda la tierra conozca a Jesús, su amor redentor y su obra salvífica.

El compromiso con el discipulado cristiano nos confronta con una realidad espiritual desafiante: enfrentamos enemigos que trascienden nuestras capacidades humanas y naturales. No se trata de adversarios visibles ni de seres humanos, sino de fuerzas espirituales malignas, entidades demoníacas que buscan obstaculizar el avance del evangelio de Jesucristo. Esta lucha, aunque invisible, es intensamente real.

A simple vista, puede parecer una batalla imposible de ganar. Sin embargo, no estamos desprovistos de recursos. Dios nos ha provisto de una poderosa y abundante gama de armas espirituales, plenamente eficaces para derribar fortalezas y resistir toda oposición del enemigo. Estas armas no son físicas, sino espirituales, y su poder proviene directamente del Espíritu Santo.

En estos tiempos, más que nunca, necesitamos un nuevo revestimiento del poder del Espíritu Santo. Es urgente que rindamos por completo nuestra voluntad a Su dirección y propósito. Solo así podremos vivir una vida de obediencia genuina y comprometida con la Gran Comisión: hacer discípulos en todas las naciones. La victoria es posible, pero requiere una entrega total, una dependencia constante de Dios y una fe activa en su poder para vencer lo que nosotros no podríamos enfrentar por cuenta propia.

”Piensa y Acciona”

Nacho



Del Encuentro a la Misión: Transformación, Formación y Compromiso en el Discipulado de Cristo (2da parte)

La formación es un arte sublime, como la obra del alfarero que, con sus manos llenas de barro y su mente llena de propósito, transforma una masa informe en una vasija hermosa y útil, diseñada para cumplir su destino. El alfarero toma el barro, lo coloca en la rueca y, con paciencia y destreza, comienza a darle forma, siguiendo el diseño que ya ha concebido en su interior.

Cada giro de la rueca, cada toque preciso de sus manos, va esculpiendo la pieza hasta que finalmente emerge una obra perfecta, lista para ser utilizada diariamente. Así también, el proceso de formación en la vida refleja esta transformación: de algo aparentemente ordinario a algo hermoso y significativo, preparado para cumplir su propósito.

El profeta Jeremías fue enviado por Dios a la casa del alfarero, donde contempló de cerca el delicado proceso de formación de una vasija. Observó cómo el alfarero, con paciencia y habilidad, daba forma al barro sobre la rueca. Sin embargo, en un momento dado, la vasija se deterioró en sus manos. Aun así, el alfarero no se rindió; volvió a trabajar el barro, creando una nueva pieza según su propósito original.

En el proceso del discipulado, Dios actúa como el alfarero divino, formando en nosotros un carácter que refleje su diseño eterno. Con paciencia y sabiduría, comienza a moldear nuestra manera de pensar, eliminando todo aquello que estorba o impide el cumplimiento de su propósito.

Sin embargo, este proceso no está exento de desafíos. Implica cambios profundos y radicales que, aunque a veces resulten dolorosos, son necesarios para dar forma al hombre y la mujer que Dios desea. A lo largo de cada etapa, el Señor nos transforma, guiándonos hacia la plenitud de su voluntad y preparándonos para cumplir el propósito para el cual fuimos creados.

Para transitar este camino de transformación, es fundamental asumir un compromiso consciente de liberarse del dominio del pasado y abrazar el proceso de renovación. Esto implica dejar atrás patrones negativos, asumir la responsabilidad de nuestras decisiones y actitudes, y permitir que Dios moldee nuestro carácter según su diseño eterno. Así, este viaje continuo de transformación, aunque desafiante, nos conduce a una vida alineada con el propósito divino.

La formación en Cristo implica una transformación profunda que va más allá de una simple renovación de identidad. Quien es alcanzado por Jesús recibe una nueva naturaleza, una mentalidad renovada y un propósito claro, mientras que su esencia física permanece intacta. Aunque seguimos siendo la misma persona externamente, en nuestro interior ocurren cambios maravillosos que reflejan la obra redentora de Dios en nosotros.

El apóstol Pablo expresa esta verdad al afirmar: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17). Esto significa que la transformación en Cristo no es superficial ni temporal; es un cambio integral que afecta nuestro ser interior, moldeándonos conforme a su propósito eterno.

Parte esencial de esta formación es la renovación de nuestra mente. Pablo declara: «Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo» (1 Corintios 2:16). Esta afirmación revela que, al ser transformados por Cristo, comenzamos a pensar conforme a la voluntad divina, dejando atrás la vieja manera de razonar y adoptando una perspectiva que refleja el corazón de Dios.

Además, esta formación nos libera del poder esclavizador del pecado. El apóstol también dice: «Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» (Romanos 6:14). Esta verdad nos asegura que, al ser transformados en Cristo, el pecado ya no tiene dominio sobre nosotros, porque ahora vivimos bajo la gracia, siendo guiados por el Espíritu Santo.

Por lo tanto, la formación en Cristo no solo implica adoptar nuevas actitudes o pensamientos, sino permitir que su poder redentor transforme cada área de nuestra vida. Es un proceso continuo donde Dios moldea nuestro carácter, renueva nuestra mente y nos conduce hacia una vida de libertad y propósito conforme a su voluntad.

Continuará…

«Piensa y Acciona»

Nacho

Del Encuentro a la Misión: Transformación, Formación y Compromiso en el Discipulado de Cristo

La jornada de fe comienza en el momento en que una persona acepta a Jesús como Señor y Salvador, dando paso a un cambio radical en su vida, pensamiento, actitud y acciones. Este proceso la conduce a una transformación profunda, una formación continua y un compromiso de entrega y sumisión a Cristo.» El apóstol Pablo lo expresó de esta manera: “Estoy convencido de que Dios, quien empezó la buena obra en ustedes, la perfeccionará poco a poco hasta completarla totalmente en el día de Jesucristo” (Fil 1:6 TCB).

Vivir para Dios requiere una entrega incondicional que va más allá de las apariencias externas. Implica realizar cambios intencionales en el corazón, lo que transforma las emociones, los sentimientos y la manera de analizar las situaciones de la vida. Esto conlleva una disposición genuina para aceptar la voluntad de Dios, la cual es «buena, perfecta y agradable» (Ro 12:2).

La expresión “me encontré con Dios” es común en los círculos pentecostales para describir la experiencia de salvación, en la que Dios perdona nuestros pecados en respuesta a una humillación sincera expresada con nuestros labios. Desde ese momento, comienza una nueva vida, donde “las cosas viejas pasaron, y todas son hechas nuevas” (2 Co 5:17). Este encuentro marca el inicio de una transformación profunda, posible únicamente por el poder del Espíritu Santo. ¿Por qué transformados? ¿De qué? Y ¿hacia qué?

¿Por qué transformados?
Porque el discipulado en Cristo no es solo una adhesión intelectual a una doctrina, sino un cambio radical de vida. Dios nos llama a una transformación profunda que afecta nuestra identidad, carácter y propósito, llevándonos a reflejar la imagen de Cristo.

¿De qué?
Somos transformados del viejo hombre dominado por el pecado, el egoísmo y la mentalidad del mundo. Esta transformación implica dejar atrás patrones de pensamiento erróneos, actitudes destructivas y hábitos que nos alejan de Dios.

¿Hacia qué?
Hacia una vida nueva en Cristo, donde somos conformados a Su carácter y llamados a vivir en santidad, amor y misión. La transformación nos lleva a ser discípulos comprometidos que reflejan a Cristo en su manera de pensar, vivir y servir a los demás.

Para experimentar una verdadera transformación, es necesario ir más allá de ser solo un seguidor de Jesús, pues quien se queda en ese estado sigue atado al status quo del mundo. Un seguidor carece de visión y solo simpatiza con la idea de ser un discípulo fiel, sin asumir un compromiso real. Es cierto que toda persona que viene a Jesús comienza como seguidor, sin embargo, debe dar un paso decisivo hacia una vida de entrega, convirtiéndose en un discípulo comprometido con su Señor.

Los seguidores de Jesús pueden asistir a eventos y mostrar entusiasmo temporal, pero sin un compromiso genuino, las cosas de Dios no ocupan el primer lugar en sus vidas. Como en la parábola del sembrador, muchos reciben la enseñanza con gozo, pero al no tener raíces profundas, son sofocados por los afanes del mundo y las preocupaciones de la vida. Así, su fe se desvanece, y su iniciativa de seguir a Jesús con devoción sincera muere antes de dar fruto verdadero.

La transformación no es un acto temporal ni un esfuerzo superficial para agradar a los demás. Es una experiencia profunda y duradera que comienza cuando una persona es encontrada por Jesús y decide rendirse a Él. En ese encuentro, la Palabra de Dios confronta el corazón, y al ser aceptada, inicia un proceso de cambio que abarca el carácter, la mente, el comportamiento y el corazón. Esta transformación nace de una actitud de humildad, reconocimiento del pecado y un deseo genuino de cambio radical, que comienza desde el interior. A partir de ahí, Dios derriba estructuras espirituales distorsionadas y patrones que esclavizan, trayendo una paz verdadera al alma que ha vivido por mucho tiempo en tormento.

Continuará…

«Piensa Y Acciona»

Nacho

La Santidad Transformadora: Impacto en la Sociedad y el Testimonio Cristiano (última parte)

«Ustedes son la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿cómo daremos sabor a la comida? para nada sirve la sal, y será mejor botarla para que sea pisoteada por los hombres. Ustedes son la luz del mundo; una ciudad no puede estar escondida si está ubicada en una montaña» (Mateo 5:13-14, TCB).

El Sermón del Monte establece el marco ideal para una santidad que transforma vidas e impacta la sociedad, ofreciendo un testimonio genuino y relevante para el mundo. Jesús emplea la metáfora de la sal y la luz para ilustrar el llamado de la iglesia: ser un agente de cambio con propósito. La sal resalta el valor de una fe que preserva y da sabor, mientras que la luz representa la verdad que disipa las tinieblas. Juntas, ambas imágenes reflejan la misión ineludible de los creyentes: encarnar el amor y la compasión de Cristo mientras proclaman el mensaje de salvación.

Jesús formó y capacitó a doce hombres, quienes bajo el poder del Espíritu Santo en Pentecostés, fueron transformados en testigos fieles de su enseñanza. Más de dos mil años después, la iglesia permanece firme sobre la faz de la tierra. En un mundo sumido en crisis, con gobiernos carentes de liderazgo sabio y sistemas económicos y políticos en constante búsqueda de soluciones, los intentos humanos han fracasado una y otra vez.

A lo largo de los siglos, la iglesia ha sido la fuerza más poderosa en la historia, no solo por su mensaje proclamado, sino por su testimonio tangible, visible en la predicación y en su compromiso de servir a los necesitados. Ha encarnado con fidelidad la misión descrita por el evangelista Lucas: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ungió para evangelizar a los pobres, me ha enviado para proclamar la libertad a los cautivos, para devolverles la vista a los ciegos, para liberar a los oprimidos» (4:18). Abandonar esta misión no solo será un error, sino un pecado, privando a muchos de la oportunidad de una eternidad gloriosa con nuestro Señor Jesucristo.

Regresemos a esa santidad que transforma el corazón y se refleja en un estilo de vida, no de condenación, sino de gracia, compasión y misericordia. Seamos la diferencia en medio de la multitud; que nuestra voz se alce para testificar de Jesús y de su amor salvador, que nuestras manos se extiendan para levantar al caído y no para hundirlo, que nuestros pies corran hacia el necesitado y no huyan de él, y que nuestros santuarios sean verdaderos lugares de adoración, celebración y comunión.

«Piensa y Acciona»

Nacho

La Santidad Transformadora: Impacto en la Sociedad y el Testimonio Cristiano (2nda parte)

La verdadera santidad no se encuentra en las apariencias externas ni en la afiliación a una congregación religiosa. No se distingue en la vestimenta, en la manera de caminar o en la pertenencia a un grupo eclesiástico. La santidad que transforma es aquella que se refleja en la vivencia diaria, en el trato hacia los demás y en una actitud que trasciende las cuatro paredes de un templo.

Cada domingo, multitud de templos se llenan de personas que adoran, cantan, lloran y ríen conmovidas por el mensaje predicado. Sin embargo, el desafío de la verdadera espiritualidad es que esta devoción no se limite a un evento semanal, sino que impregne cada momento de la vida. La santidad auténtica no es un traje que se guarda hasta el siguiente culto, sino una transformación continua del corazón y la mente.

La fe genuina se prueba en la cotidianidad, en la manera en que tratamos a quienes nos rodean, en cómo respondemos ante la adversidad y en la forma en que ejercemos misericordia y compasión. La santidad no es una máscara de religiosidad, sino un reflejo del carácter de Cristo en nuestras vidas. Solo cuando la santidad se convierte en un estilo de vida, tiene el poder de impactar la sociedad y generar un cambio real en el mundo.

Es significativo que Dios, a través del profeta Miqueas, confronte al pueblo de Israel por su falta de fidelidad y desobediencia. Les recuerda su constante fidelidad y cómo los protegió de las conspiraciones de sus enemigos. Ante este llamado de atención, el pueblo responde preguntándose: «¿Con qué me presentaré ante Jehová?», asumiendo erróneamente que Dios exige ofrendas y holocaustos. Sin embargo, el Señor los corrige, revelándoles que su verdadero deseo no es el mero ritualismo, sino una vida marcada por la justicia, el amor a la misericordia y la humildad al caminar con él (Miq 6).

De manera similar, el profeta Isaías denuncia la hipocresía del pueblo cuando les dice: «Este pueblo se acerca a mi con la boca y me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (29:13). Una vez más, se pone de manifiesto que la santidad no es un mero acto externo que se adapta según el entorno o la ocasión. Dios, de manera enfática, señala que la santidad es la manifestación de una experiencia salvadora que tiene lugar en el corazón, una transformación profunda que no está desconectada de las realidades existenciales de nuestro mundo. La santidad, entonces, es algo que nace de una relación auténtica con Dios, y no de simples prácticas externas.

La santidad transformadora debe ser un testimonio visible que impacte a la sociedad de tal manera que, al observar la vida del creyente, el mundo pueda ver a Cristo Jesús reflejado en sus acciones y actitudes. La santidad no solo se manifiesta en momentos privados de devoción, sino que se extiende a todas las áreas de la vida, de modo que quienes nos rodean puedan reconocer la obra de transformación que Dios ha hecho en nosotros. Así, el creyente se convierte en un reflejo vivo del carácter de Cristo, sirviendo como luz en un mundo necesitado de esperanza y verdad.

Continuará…

«Piensa y Acciona»

Nacho

La Santidad Transformadora: Impacto en la Sociedad y el Testimonio Cristiano (1era parte)

¿Qué ocurre cuando un hombre común es llamado a desafíar el «status quo» en nombre de la justicia divina? En una época marcada por la opresión y la corrupción, Dios levantó a un humilde campesino de Tecoa, en Judá, para confrontar la injusticia en el reino del norte, Israel. Amós, un cuidador de bueyes y labrador de la tierra, no era profeta de oficio, pero su mensaje ardía con la autoridad del cielo. Con valentía denunció la explotación de los pobres, las viudas y los huérfanos, enfrentándose al sacerdote Amasías, quien prefería preservar el sistema establecido antes que defender la verdad. La respuesta de Amós, cargada de firmeza y obediencia, marcó un punto decisivo: «No soy profeta ni hijo de profeta […], pero el Señor me quitó de andar tras el ganado y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo Israel» (Amos 7:12-15). Su historia no solo es un ejemplo del llamado divino, sino un recordatorio del impacto transformador de la santidad en una sociedad que clama por justicia.

Si creáramos un perfil de la iglesia en el tiempo presente, podríamos observar que, con frecuencia, su enfoque tiende a ser excesivamente espiritualizado, centrado en lo celestial y en una apariencia de santidad distante, más que en un compromiso activo con la restauración y la defensa de los vulnerables. Esta desconexión entre la espiritualidad y la acción práctica ha llevado, en muchos casos, a una falta de incidencia en las áreas donde la injustica, el dolor y la opresión prevalecen. Sin embargo, la santidad de Dios, que es el corazón del llamado cristiano, no es estática ni exclusiva; es transformadora, activa y profundamente comprometida con la realidad humana. Una iglesia que verdaderamente refleje la santidad de su Dios no puede limitarse a lo etéreo, sino que debe convertirse en un instrumento de justicia, amor y restauración en un mundo que deseperadamente lo necesita.

Al reflexionar sobre la verdadera santidad de Dios y Su llamado a la justicia, no podemos ignorar las palabras de Isaías 58:5-7, donde se redefine el concepto de ayuno y devoción. Dios nos recuerda que no se trata solo de rituales externos, sino de un corazón dispuesto a vivir Su justicia en acción. Así como Amós se levantó contra la injusticia de su tiempo, hoy somos llamados a ser instrumentos de restauración, no solo en lo espiritual, sino en la defensa de los oprimidos y la práctica activa del amor y la misericordia que reflejan la santidad de nuestro Creador.

A lo largo de la historia de la iglesia, hemos sido testigos de cómo muchos creyentes han sido marginados en nombre de la santidad, simplemente por cometer un pecado o caer en alguna falta. A pesar de su arrepentimiento sincero, las élites religiosas y los líderes despiadados a menudo los hunden en la misera y la condena. Este trato es contrario al mensaje de santidad que nos enseña el evangelio de Jesús. La santidad, aunque es un estilo de vida que debe distinguir a la iglesia del mundo, no puede ser un mensaje de condena sin esperanza. Al contrario, debe ser vivida con amor y misericordia, siendo modelada primero dentro de la iglesia, especialmente hacia aquellos que han fallado pero desean levantarse. La santidad no puede ser sinónimo de rechazo, sino de restauración. Como el apóstol Pablo escribio: «Ahora, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Ro 8:1). La santidad, por tanto, debe ser una fuerza transformadora que ofrece perdón, sanidad y una segunda oportunidad, reflejando la gracia que hemos recibido de Cristo.

La santidad, cuando es practicada de manera correcta y bíblica, nos iguala ante Dios, otorgándonos privilegios similares sin importar nuestra raza, cultura o el trasfondo de pecado y maldad del que venimos. Es en la comunidad de fe donde primero debemos permitir que esta santidad nos transforme en seres completamente vulnerables ante un Dios que nos perdona y restaura. Al mismo tiempo, debemos permitir que esa santidad se refleje en el amor, el cual es fruto del amor de Jesús derramado en nuestros corazones. Cuando esta realidad se convierte en una vivencia diaria, entonces estamos llamados a llevarla fuera, a un mundo marcado por la injusticia, el odio, el señalamiento y la desigualdad, para ser testigos de un amor que rompe barreras y promueve restauración de todos las aspectos de la vida humana.

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Conectando el Cielo con la Tierra

«Y pondré odio entre tú y la mujer y entre tu simiente y su simiente. Ella te pisoteará la cabeza y tú le herirás la planta del pie» (Génesis 3:15 La Biblia Hebreo-Español).

«Pero cuando se cumplió el tiempo señalado, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos (Gálatas 4:4,5 RVA 2020).

La navidad es una época que nos recuerda el nacimiento de Jesús en la ciudad de Belén, en un pesebre. Aunque la evidencia histórica sugiere que este evento ocurrió en el mes de septiembre, el mundo cristiano lo celebra el 25 de diciembre. Esta fecha no fue elegida al azar: coincide con una celebración pagana muy significativa en la antigüedad, el culto al «Sol Invictus», una deidad adorada por muchos como símbolo de luz y victoria sobre las tinieblas.

En los primeros siglos de la iglesia, los cristianos enfrentaron la presión de participar en estas festividades paganas. Sin embargo, en lugar de rendir culto a falsos dioses, optaron por dar un nuevo significado a esta fecha. Así, proclamaron a Jesús como la «Luz verdadera» y el «Sol de Justicia», transformando el 25 de diciembre en una celebración cristiana que exaltaba el nacimiento de Cristo como la verdadera esperanza para la humanidad, en contraste con las creencias paganas.

De esta manera, la Navidad no solo marca el nacimiento de Jesús, sino que también refleja la victoria del Evangelio al iluminar un mundo lleno de oscuridad

Cuando el hombre pecó en el huerto del Edén, perdió su dignidad, su lugar y su comunión con Dios quedó rota. A simple vista, parecía que el plan de Dios había fracasado, como si el enemigo hubiese tenido la última palabra. Sin embargo, nada tomó a Dios por sorpresa. Desde antes de la creación del mundo, Él ya tenía un plan perfecto de salvación y restauración para la humanidad.

Ese plan culminaría siglos después con el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, quien vino al mundo para reconectar el cielo con la tierra. En Cristo, Dios ofreció al hombre la oportunidad de recuperar lo perdido: dignidad, propósito y una comunión plena con su Creador. Así, lo que parecía una derrota inicial se convirtió en la mayor manifestación de la gracia y el amor divinos.

La mujer, seducida por la serpiente, decidió tomar del fruto del árbol del cual Dios había prohibido comer, y luego lo compartió con su marido. En ese momento, el pecado hizo su entrada en el mundo, alterando el orden perfecto establecido por Dios. La desobediencia de Adán y Eva marcó el inicio de una separación espiritual entre la humanidad y su Creador, y desde entonces, todos los hombres han heredado una naturaleza pecadora y están bajo condena delante de Dios.

En el Edén, cada uno de los involucrados recibió palabras de juicio divino. Sin embargo, en medio de este juicio, Dios pronunció una promesa de redención. A la mujer le fue dada la esperanza de que su simiente aplastaría la cabeza de la serpiente, señalando así el futuro triunfo sobre el pecado y el enemigo (Génesis 3:15). Esta promesa, conocida como el protoevangelio, fue la primera proclamación de la redención que vendría a través de un Salvador.

Siglos después, Dios renovó esta promesa a Abraham, el patriarca de la fe. A través de él, Dios declaró: «y serán benditas en ti todas las familias de la tierra» (Génesis 12:3b). Aunque esta bendición abarcaba a sus descendientes físicos, el apóstol Pablo, en su carta a los Gálatas, revela que la promesa se refería específicamente a Cristo, la simiente prometida. En Gálatas 4:4, Pablo escribe: «Pero cuando se cumplió el tiempo señalado, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley».

Aquí, la conexión es clara: la simiente prometida en el Edén, la simiente bendita de Abraham, y el Hijo de Dios nacido de mujer, es Cristo. Él es el cumplimiento de todas las promesas divinas, el Redentor que vino a vencer el pecado y reconciliar a la humanidad con Dios. Desde el principio, el plan de Dios no solo incluyó el juicio por el pecado, sino también la gracia de la redención, manifestada plenamente en la persona de Jesús.

La navidad nos recuerda el milagro más grande de la historia: Jesús, siendo Dios, se hizo hombre y vivió entre nosotros. En su humanidad, conoció el dolor, experimentó las necesidades básicas de la vida y enfrentó el rechazo de la sociedad. Sin embargo, nada de esto detuvo el cumplimiento del plan redentor de Dios.

Jesús nació en Belén, un lugar humilde, pero con un propósito eterno: establecer la conexión entre el cielo y la tierra, reconciliando a la humanidad con su Creador. Su nacimiento marcó el inicio de la salvación para todos aquellos que creen en Él.

Esta Navidad, celebra a Jesús de la mejor manera posible. Anuncia al mundo la buena noticia de su nacimiento e invita a otros a recibirle como su Señor y Salvador. Él es la razón de esta celebración y el regalo más precioso que la humanidad ha recibido.

«Piensa y Acciona»

Nacho

El Evangelio en Movimiento: Sal, Conecta y Transforma

Las ideas, los planes de trabajo, los esquemas , las lluvias de ideas, por muy prometedoras que sean, carecen de utilidad si no llegan a concretarse. El joven que está locamente enamorado de la joven pero nunca se lo comunica; el inventor que solo guarda sus ideas en la mente sin materializarlas; o el empresario que escribe propuestas revolucionarias para su empresa pero no las ejecuta, todas tienen algo en común: si no actúan, sus sueños solo serán eso, ideas, pensamientos o ilusiones.

El plan de Dios para la humanidad fue claramente presentado por Cristo Jesús a sus discípulos antes de ascender a los cielos: «Id por el mundo, predicar el evangelio y hacer discípulos» (Marcos 16:15; Mateo 28:19). Este mandato no fue solo una instrucción, sino una continuación de lo que Él mismo modeló durante su tiempo en la tierra. Jesús vivió entre los hombres, entregándose por completo a aquellos que vino a ministrar. Salió al encuentro de las necesidades, se compadeció de los quebrantados, sanó a los enfermos, liberó a los oprimidos y, a través de sus palabras y acciones, se presentó como el Hijo de Dios, enviado para salvar al hombre. Su vida fue el ejemplo perfecto de un evangelio en movimiento.

Primeramente, para que el evangelio de Jesús esté en movimiento, los creyentes tienen que salir. Este mandato es más que una invitación, es un llamado a dejar atrás la comodidad y la pasividad para cumplir con la misión encomendada por Cristo. Sin embargo, desde la pandemia del 2020, se ha visto un cambio significativo en cómo muchos abordan esta tarea. Son numerosos los que prefieren vivir el evangelio desde la comodidad de su hogar, sin tener que salir a compartir las Buenas Nuevas cara a cara. No se trata de una falta de deseo por la salvación de otros, sino una tendencia a pretender impactar al mundo desde la sala o el comedor, confiando en medios digitales o interacciones mínimas.

Si bien estas herramientas tienen su lugar y han demostrado ser útiles, nunca podrán reemplazar el poder transformador del contacto directo. Esto lleva al segundo punto: ¡Conectar!. Conectar no es solo un acto físico; es un movimiento intencional de hacia las necesidades del prójimo, un paso de amor y compasión que refleja obediencia al mandato de Jesús. En una sociedad que promueve un culto egocéntrico, centrado únicamente en el ‘yo’, y en una generación acostumbrada a exponerse constantemente y a buscar atención a través de redes y plataformas digitales, este comportamiento no es más que un grito silencioso de desesperación, un anhelo profundo por una conexión genuina con los demás.

El evangelio en movimiento no solo nos llama a salir, sino también a tender puentes que trasciendan la superficialidad de la cultura. Es una invitación a ofrecer relaciones significativas, donde las personas puedan encontrar esperanza, sanidad y el amor transformador de Cristo.

Y así llegamos al tercer punto: Transformación. El evangelio son las buenas noticias de que Dios envió a su Hijo, Jesús, no solo a encarnarse y vivir entre los hombres, sino también a reconciliar al hombre con Dios a través de su sacrificio en la cruz. El evangelista Lucas resume esta misión con claridad al declarar: «Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10).

Esta reconciliación no es solo un concepto teológico; es una experiencia real que transforma vidas. Todo aquel que recibe a Jesús en su corazón experimenta el poder transformador de Dios. Su vida toma un rumbo diferente, tal como lo afirma la Escritura: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas» (2 Co 5:17).

El Evangelio en Movimiento: Sal, Conecta y Transforma. No te quedes inactivo. Vive el evangelio con pasión y propósito, llevando las Buenas Nuevas a cada rincón. Sal de tu zona de confort, conecta con las necesidades de los demás y permite que el poder transformador de Dios fluya a través de ti. ¡Haz que otros conozcan a Jesús y reciban la salvación!

«Piensa y Acciona»

Nacho

¡Estás en el lugar equivocado! (última parte)

¡Este no es mi lugar! reflexionó el hijo pródigo. En la casa de su padre, tenía todo lo que necesitaba: abrigo, cama, alimentos y sobre todo, el amor de su padre. Ahora, no tenía nada. Desesperado, buscaba a alguien que lo contratara para conseguir siquiera un bocado de alimento. Este joven representa a quienes, en momentos cruciales , deciden abandonar el lugar donde lo tenían todo pero no supieron valorarlo, pues su mirada estaba puesta en aquello que creían alcanzar en otros lugares.

Al tocar fondo, el hijo pródigo comenzó a ver con claridad lo que antes no valoraba: la estabilidad, el amor y el cuidado que siempre tuvo en casa. Su necesidad lo llevó a comprender que lo que había despreciado en su afán por experimentar algo «mejor» era, en realidad, lo más valioso. Fue entonces cuando, arrepentido y con el corazón humillado, decidió regresar a su hogar, reconociendo que había desperdiciado una vida plena por perseguir ilusiones pasajeras.

¿Qué hará falta para que comprendas que lo que tienes no es lo que realmente buscabas? ¿Cuánto tiempo más hasta reconocer que has tocado fondo? Dentro de ti, esa voz clama por ayuda y te susurra: «Regresa». El hijo pródigo no solo pensó en volver a casa, ideó un plan y eligió cuidadosamente las palabras para dirigirse a su padre. Su único deseo era ser recibido, aunque fuera como un sirviente, pues sabía que ni siquiera merecía el lugar de hijo.

Hoy quizá te sientes avergonzado, cabizbajo y triste, no solo porque estás en el lugar equivocado, sino porque antes de marcharte, ignoraste el consejo de quienes te amaban. Creías que el lugar en el que estabas te limitaba, que las personas allí frenaban tus deseos de superación y que el calor de ese hogar te asfixiaba. Decidiste irte y comenzar una nueva vida. Lo intentaste, viste la vida desde otra perspectiva, pero descubriste que aquello que tanto anhelabas no es lo que realmente te conecta con el propósito de vida para el cual Dios te creó.

La duda y la ansiedad sobre cómo serás recibido te invaden, y la preocupación sofoca tu ánimo. Sin embargo, el hijo pródigo, a pesar de su temor, emprendió su regreso sin imaginar que su padre ya lo esperaba. Fue recibido con un abrazo y un beso, y su padre organizó una gran fiesta, devolviéndole el lugar de honor que había perdido.

Tal vez, el regreso que necesitas no sea un lugar físico. Quizá se trate de restaurar una relación que se quebró por falta de comprensión o de reencontrarte con Dios. Tal vez pensaste que cambiar ciertas cosas te traerían felicidad, pero has descubierto que no es así. Cualquiera que sea tu situación, hay una solución. Dios te ama tal como eres, y nunca te rechazará. Él está esperando en el mismo lugar donde lo dejaste. Hoy, levántate y vuelve a ese lugar; tu Padre te espera con los brazos abiertos.

«Piensa y Acciona»

Nacho

¡Estás en el lugar equivocado! (segunda parte)

Estar en el lugar equivocado desata un caos interno: la mente se desvía, las emociones se desbordan y, aunque físicamente estás presente, mentalmente estás a kilómetros de distancia. La sensación de vacío, soledad, inconformidad y desaliento se intensifica tanto que terminas tomando la decisión de abandonar lo que percibes como el lugar equivocado.

Encontrar sentido en lo que se hace, reflexionar sobre cómo alcanzar los sueños y visión de vida, y evaluar las oportunidades de progreso son elementos clave para obtener una perspectiva clara de lo que se quiere lograr y cómo hacerlo. Sin embargo, este análisis, aunque valioso, a veces puede estar equivocado y generar sentimientos de pertenencia o falta de ella en el lugar donde se encuentra la persona. Es en ese punto donde surge la duda: ¿estás realmente en el lugar correcto para alcanzar el potencial de vida que anhelas?

Este joven, conocido como el hijo pródigo, estaba considerando dejar su hogar en busca de lo que creía ser el lugar correcto. Su visión de vida no coincidía con la de su padre; no quería estar bajo control ni tener que rendir cuentas cada día a su padre. Se sentía como un ave enjaulada, incapaz de volar libremente. Si deseaba alcanzar sus sueños, ilusiones y la libertad que anhelaba, sabía que debía irse, y cuanto antes, mejor.

Quizá sientas que matrimonio no es lo que esperabas, que tu trabajo no cumple con tus expectativas, que tu familia está en crisis, y que tu relación con Dios se ha enfriado. Has llegado a ese punto crítico donde dentro de ti te grita que estás en el lugar equivocado, y la tentación de abandonarlo todo es abrumadora: romper con tu pareja, renunciar al trabajo, alejarte de tu familia y darle la espalda a Dios. Y pensar que, en su momento, creíste que tu pareja era la persona ideal para compartir tu vida, te preparaste con esmero para tener el trabajo de tus sueños, planificaste una familia unida y llena de amor , y dejaste atrás el pecado para acercarte a Dios. Pero ahora todo parece desmoronarse a tu alrededor, y no ves una salida. ¡Qué desesperante es sentir que has llegado al lugar equivocado!

Atrapado en un mundo desconocido, hostil y traumático, el hijo pródigo volvió a sentir que estaba en el lugar equivocado. Lo que antes consideraba como ataduras y control por parte de su padre, ahora lo veía como lo mejor, y la casa de su padre como el lugar correcto. ¡Que infeliz se sentía! ¿Cómo pudo llegar a pensar que estaba en el lugar equivocado? ¿Sabes cuál es realmente el lugar equivocado? Es ese escenario, relación, profesión o visión de vida que te atrapa y te aleja del propósito para el cual Dios te creó.

Continuará…

«Piensa y Acciona»

Nacho