Los pensamientos, ideas y proyectos de ayuda humanitaria pueden colapsar aún antes de ser visibles, tangibles, intencionales y programáticos. Es cierto que las grandes invenciones y avances tecnológicos fueron originados en una mente abierta a cambios y nuevos métodos de utilidad sostenibles con el tiempo. Por ejemplo, los casi constructores de la conocida torre de Babel trajeron a existencia un pensamiento de desarrollo para aquel tiempo: usar ladrillos en vez de piedras y asfalto en vez de mezcla y pasarlos por el fuego para construir una ciudad que duraría para siempre (Génesis 11:1-4).

Hay varios casos documentados de inventos, ideas brillantes o avances tecnológicos que nunca llegaron a construirse, ya sea porque estaban demasiado adelantados a su tiempo, porque el autor murió antes de desarrollarlos, o porque las condiciones sociales y económicas no permitieron llevarlas a cabo. Entre ellos se encuentran inventos no realizados de Leonardo da Vinci, la máquina diferencial de Charles Babbage, los inventos perdidos de Nikola Tesla, el motor de vapor de Herón de Alejandría (siglo I), los prototipos no construidos de la NASA, el transporte público neumático de Nueva York (1870) y muchos otros más.

Estos pensamientos, ideas y proyectos se convirtieron en el foco de atención de todas estas personas, sin embargo, mientras no fueron diseñados y mostrados al mundo, carecían de valor y utilidad. Esto no anula el tiempo, esfuerzo y dedicación que invirtieron estas personas, pero sí le robó al mundo la bendición de ser partícipes de adelantos que serían muy beneficiosos. De la misma forma, un evangelio mental y bien intencionado carece de utilidad sino es encarnado y mostrado a un mundo que lo necesita.

El Evangelio no es otra cosa que una buena noticia, sin embargo, no es cualquier noticia. Según Timothy Keller en su libro Iglesia Centrada, “el evangelio es la divulgación de la obra de Cristo en nuestro favor; constituye el por qué y el cómo; el evangelio es salvación por gracia. Es noticia porque trata acerca de una salvación que se consumó por nosotros. Es noticia que crea una vida de amor”. También añade, “que el Evangelio son las buenas noticias de que Dios ha cumplido nuestra redención en Cristo para llevarnos a la relación correcta con Él y a la larga destruir todas las consecuencias del pecado en el mundo. El evangelio no es algo que hacemos, sino algo que se ha hecho a nuestro favor”. [1]

El escritor del segundo libro de Reyes en el capítulo 7:3-10 nos presenta una escena que puede ser trasladada, interpretada y aplicada a lo que debe ser el Evangelio encarnado. Cuatro hombres leprosos—desahuciados por las sociedad y marginados—en un momento crucial de hambruna toman una decisión: pasarse al campamento sirio—enemigos de Israel—para obtener comida sino morirían. Se estaban jugando la vida, sin embargo, fue una decisión hecha realidad.  A su asombró, no había nadie en el campamento enemigo; estos habían abandonado todo, salieron huyendo y dejaron sus pertenencias incluyendo comida y bebida. ¡Qué festín se dieron estos leprosos! De no tener nada y estar a la merced de otros, encontraron un tesoro. Sin embargo, se dijeron unos a otros, “hoy es un día de buenas noticias, y no las estamos dando a conocer. Si esperamos hasta que amanezca, resultaremos culpables”. Lo que continúa es un ejemplo claro del evangelio encarnado: fueron y dieron las noticias a una ciudad que ya estaba a punto de rendirse. Fue un día de provisión, alegría y prosperidad. Todo esto por que algunos decidieron “encarnar” las buenas noticias.

David Wilkerson era un pastor pentecostal oriundo de Pensilvania. En 1958, mientras veía una revista con un caso judicial sobre siete jóvenes pandilleros en Nueva York, sintió un fuerte impulso espiritual de ir a ayudarles. Sin conocer la ciudad ni tener experiencia urbana, viajó obedeciendo a lo que él describió como un llamado del Espíritu Santo. Su historia se cuenta en el famoso libro “La Cruz y el Puñal”, que impactó millones alrededor del mundo.

Al llegar a Nueva York visitó los barrios más peligrosos: Brooklyn, el Bronx y Harlem. Se acercó directamente a pandillas violentas como los Mau Maus, los Bishops, los Dragons, entre otras. Él les mostró algo que ellos nunca habían visto: amor sincero, persistente, sin miedo y sin interés personal. Su trabajo se convirtió en el ministerio llamado Teen Challenge, que hasta hoy funciona en todo el mundo ayudando a adictos y personas en crisis.

Una historia particular que resalta en el ministerio de este hombre de Dios fue su encuentro con Nicky Cruz, líder de los Mau Maus. Este joven había crecido en abuso extremo, santería y negligencia; era brutal, frío, violento. Cuando Wilkerson lo vio por primera vez, Nicky lo insultó y lo amenazó con matarlo. Le dijo: “Te voy a cortar en pedazos”. Wilkerson le contestó: “Nicky, puedes cortarme en mil pedazos, y cada pedazo seguirá diciéndote que Jesús te ama”. Este acto quebrantó la vida de este joven quien luego en una campaña evangelística organizada por Wilkerson, le entregó su vida a Jesús.[2]

Este es un claro ejemplo del Evangelio que toma la forma de seres humanos transformados por el poder de Dios al aceptar a Jesús como Señor y Salvador. Un Evangelio encarnado no se queda en palabras, intenciones o simples convicciones internas; se hace visible cuando la vida de quien lo ha recibido se convierte en un instrumento de gracia para otros. Cada creyente está llamado a mostrar a Cristo en su trato, en sus decisiones, en su compromiso con los quebrantados y en su presencia en lugares donde la esperanza parece extinguida. Cuando el Evangelio se hace carne en nosotros produce un impacto real, transforma ambientes, restaura corazones y abre caminos donde antes solo había oscuridad. La Buena Noticia no queda guardada en la mente ni atrapada en emociones, sino que se traduce en acciones concretas que reflejan a Cristo ante un mundo hambriento de amor, verdad y redención.

El apóstol Juan presenta a Jesús como el Verbo, el Logos, la Palabra eterna que se hizo carne y habitó entre nosotros (Juan 1:1, 14). A su vez, el apóstol Pablo citando un himno de la antigüedad, destaca la profundidad de esa encarnación: “quien, siendo por naturaleza Dios…se rebajó voluntariamente tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre… (Filipenses 2:6-8). Para que la salvación eterna llegara al ser humano, era necesario que Dios mismo asumiera nuestra condición, experimentara el sufrimiento, la pobreza, la traición y la muerte. Eso solo fue posible a través de la encarnación del Verbo: Dios haciéndose hombre para acercarse al hombre.

El concepto del Logos era conocido por el apóstol Juan, pues tanto Filón de Alejandría como los filósofos estoicos hablaban de un logos que explicaba la relación entre Dios y el mundo. “Para Filón, el logos era un ser creado, intermediario entre un Dios totalmente trascendente y la creación. Para los estoicos, el logos era la razón universal que sostenía y ordenaba todas cosas, una fuerza impersonal impresa en la estructura del cosmos”. [3] Juan toma estos conceptos conocidos en su tiempo, pero los supera radicalmente al afirmar que el Logos no es una idea, ni un principio filosófico, ni un intermediario creado: es una Persona divina, eterna, que entró al mundo tomando carne humana. Juan conecta lo que el pensamiento humano solo percibía como teoría con la realidad más sublime; el Logos se hizo carne. Y ese acto, la encarnación del Verbo, se convierte en el fundamento y modelo del evangelio encarnado: Dios haciéndose presente, cercano, visible y transformador en medio del mundo por medio de Cristo… y ahora, a través de nosotros.

El Evangelio encarnado es más que una experiencia mística, sobrenatural o extraordinaria; es una vivencia real, visible y palpable en medio de la sociedad y la cultura. El Evangelio encarnado camina cada día a la vista de todos: no se esconde, no se anuncia desde la comodidad de un dormitorio, no fue diseñado para exhibirse en plataformas digitales ni para acumular cientos de ‘likes”. El mundo no necesita más figuras políticas, religiosas, o gubernamentales que prometen la luna y las estrellas, pero nunca cumplen; el mundo necesita hombres y mujeres transformados por Jesús, dispuestos a convertirse en ese Evangelio encarnado, modelando a Cristo, extendiendo la mano al necesitado, compadeciéndose del indigente y el inmigrante. Ese Evangelio encarnado no se vende ni se cambia por un paquete de pan o unas lentejas; no se diluye en la cultura ni se acomoda a las tendencias del momento. El Evangelio encarnado se mueve por las calles de la ciudad, en las aceras de los suburbios, en el supermercado y en la tienda por departamentos; se detiene ante el vulnerable, “cura sus heridas, lo venda y lo lleva al mesón”.


[1] Timothy Keller, “Iglesia Centrada” (Miami: Editorial Vida, 2012), 35-36.

[2] La historia de David Wilkerson y el testimonio de Nicky Cruz, se encuentran en “La Cruz y el Puñal” y en “Corre Nicky corre”.

[3] Justo L. Gonzalez, Historia del Pensamiento Cristiano, Hasta el Siglo XXI (Viladecavalls, España: editorial Clie, 2024), 46.

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