Conectarse con otros no es simplemente un deseo; es una necesidad profundamente arraigada en la naturaleza humana. Cuando esa conexión se interrumpe o no se desarrolla, el ser humano comienza a experimentar vacíos que afectan su bienestar físico, emocional y hasta espiritual. Desde el principio, Dios mismo declaró: “No es bueno que el hombre esté solo”. (Génesis 2:18). Aunque aquella afirmación surgió en el contexto de la relación entre Adán y su ayuda idónea, el principio que encierra trasciende el matrimonio: habla de la necesidad de comunión, de relación, de compartir la vida con otros.

Es verdad que todos, en algún momento, necesitamos un espacio de silencio, descanso o reflexión lejos del bullicio. Pero cuando el aislamiento se prolonga más de lo debido, la soledad empieza a hacer eco en el alma. La falta de conexión debilita la esperanza, apaga el entusiasmo y distorsiona la percepción de propósito. Precisamente en esos momentos, la voz divina sigue recordando que fuimos creados para relacionarnos —con Dios y con las personas—, porque la vida se fortalece en el encuentro, no en el aislamiento.

Jesús, según relata Marcos 13:1, salió del lugar donde descansaba para conectarse con las personas. No fue un simple paseo, ni una salida casual para “hangear” o “chilling”; su propósito iba mucho más allá. Él salió movido por una intención divina: relacionarse con la gente, acercarse a ellos, mirar sus rostros, escuchar sus inquietudes y, sobre todo, comunicarles una palabra que transformara sus vidas. Su conexión no era superficial, era una conexión que despertaba conciencia, inspiraba propósito y conducía a la acción. Jesús no solo se acercaba para estar con ellos, sino para provocar en ellos un cambio que los impulsara a vivir conforme al Reino de Dios.

En esta era pospandémica, muchos han optado por vivir en aislamiento, limitando su contacto con otras personas. Las dinámicas sociales han cambiado drásticamente: ya no se visita con frecuencia las tiendas por departamentos porque las órdenes se hacen en línea; las compras del supermercado se realizan desde una aplicación, y hasta las medicinas llegan a la puerta del hogar sin necesidad de hablar con nadie. Lo que antes era una experiencia comunitaria se ha convertido en una rutina individual.

Numerosos comercios que alguna vez gozaron de gran afluencia de clientes se vieron obligados a cerrar sus puertas, víctimas de una nueva cultura de desconexión. Pero esta tendencia no ha afectado solo al ámbito económico; también ha alcanzado a los círculos de fe. Hoy resulta más cómodo permanecer en la butaca del hogar y participar del culto o del estudio bíblico desde una pantalla, sin compartir la experiencia del encuentro, la adoración conjunta ni la comunión con otros creyentes.

Jesús le dio a su iglesia una orden clara y trascendente: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15). Esta misión debía comenzar desde lo más cercano —nuestra Jerusalén— y extenderse hasta los confines de la tierra, tal como lo reafirma Hechos 1:8. El llamado no era a permanecer encerrados, sino a salir, a ir, a conectar con las personas donde se encuentran.

Las Buenas Nuevas de salvación fueron diseñadas para compartirse a través del contacto humano, de la interacción genuina, de la obra social y del servicio caritativo. El evangelio no es un mensaje distante o abstracto: es un mensaje encarnado en personas visibles ante la sociedad, hombres y mujeres que dan testimonio de Cristo con sus palabras, sus obras y su estilo de vida.

Jesús mismo declaró: “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder” (Mateo 5:14). Su afirmación resalta que la fe no está destinada a permanecer oculta ni a practicarse en aislamiento. Así como una ciudad en lo alto irradia luz visible a la distancia, la iglesia debe reflejar la presencia de Cristo de manera tangible y activa, iluminando con esperanza un mundo que, cada vez más, se acostumbra a la oscuridad del aislamiento.

Las comunidades de fe deben salir intencionalmente de sus lugares de reunión y adentrarse en las comunidades, llevando un mensaje de esperanza a un mundo en crisis —una crisis de valores, de principios y de patrones de conducta que exalten y dignifiquen al ser humano. Hoy, el mundo está saturado de voces: el mensaje político, el mensaje egocéntrico, el mensaje religioso y muchos otros que compiten por la atención de las personas. En medio de tanto ruido, la humanidad no sabe a quién escuchar.

Es tiempo de que la iglesia recobre su voz profética y su presencia visible. No basta con salir como individuos —eso ya ocurre a diario—; es necesario salir como el cuerpo de Cristo, unidos, determinados y encendidos por el fuego del Espíritu. El mundo necesita ver y oír un mensaje transformador proclamado por hombres y mujeres comunes que fueron alcanzados, cambiados y enviados por el poder del evangelio.

Es tiempo de salir. Es tiempo de brillar. Es tiempo de impactar.

Porque el Cristo que nos salvó nos envió, y su luz no fue hecha para quedarse dentro de las paredes… sino para encender el mundo.

«Piensa y Acciona»

Nacho

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