La formación es un arte sublime, como la obra del alfarero que, con sus manos llenas de barro y su mente llena de propósito, transforma una masa informe en una vasija hermosa y útil, diseñada para cumplir su destino. El alfarero toma el barro, lo coloca en la rueca y, con paciencia y destreza, comienza a darle forma, siguiendo el diseño que ya ha concebido en su interior.
Cada giro de la rueca, cada toque preciso de sus manos, va esculpiendo la pieza hasta que finalmente emerge una obra perfecta, lista para ser utilizada diariamente. Así también, el proceso de formación en la vida refleja esta transformación: de algo aparentemente ordinario a algo hermoso y significativo, preparado para cumplir su propósito.
El profeta Jeremías fue enviado por Dios a la casa del alfarero, donde contempló de cerca el delicado proceso de formación de una vasija. Observó cómo el alfarero, con paciencia y habilidad, daba forma al barro sobre la rueca. Sin embargo, en un momento dado, la vasija se deterioró en sus manos. Aun así, el alfarero no se rindió; volvió a trabajar el barro, creando una nueva pieza según su propósito original.
En el proceso del discipulado, Dios actúa como el alfarero divino, formando en nosotros un carácter que refleje su diseño eterno. Con paciencia y sabiduría, comienza a moldear nuestra manera de pensar, eliminando todo aquello que estorba o impide el cumplimiento de su propósito.
Sin embargo, este proceso no está exento de desafíos. Implica cambios profundos y radicales que, aunque a veces resulten dolorosos, son necesarios para dar forma al hombre y la mujer que Dios desea. A lo largo de cada etapa, el Señor nos transforma, guiándonos hacia la plenitud de su voluntad y preparándonos para cumplir el propósito para el cual fuimos creados.
Para transitar este camino de transformación, es fundamental asumir un compromiso consciente de liberarse del dominio del pasado y abrazar el proceso de renovación. Esto implica dejar atrás patrones negativos, asumir la responsabilidad de nuestras decisiones y actitudes, y permitir que Dios moldee nuestro carácter según su diseño eterno. Así, este viaje continuo de transformación, aunque desafiante, nos conduce a una vida alineada con el propósito divino.
La formación en Cristo implica una transformación profunda que va más allá de una simple renovación de identidad. Quien es alcanzado por Jesús recibe una nueva naturaleza, una mentalidad renovada y un propósito claro, mientras que su esencia física permanece intacta. Aunque seguimos siendo la misma persona externamente, en nuestro interior ocurren cambios maravillosos que reflejan la obra redentora de Dios en nosotros.
El apóstol Pablo expresa esta verdad al afirmar: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17). Esto significa que la transformación en Cristo no es superficial ni temporal; es un cambio integral que afecta nuestro ser interior, moldeándonos conforme a su propósito eterno.
Parte esencial de esta formación es la renovación de nuestra mente. Pablo declara: «Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo» (1 Corintios 2:16). Esta afirmación revela que, al ser transformados por Cristo, comenzamos a pensar conforme a la voluntad divina, dejando atrás la vieja manera de razonar y adoptando una perspectiva que refleja el corazón de Dios.
Además, esta formación nos libera del poder esclavizador del pecado. El apóstol también dice: «Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» (Romanos 6:14). Esta verdad nos asegura que, al ser transformados en Cristo, el pecado ya no tiene dominio sobre nosotros, porque ahora vivimos bajo la gracia, siendo guiados por el Espíritu Santo.
Por lo tanto, la formación en Cristo no solo implica adoptar nuevas actitudes o pensamientos, sino permitir que su poder redentor transforme cada área de nuestra vida. Es un proceso continuo donde Dios moldea nuestro carácter, renueva nuestra mente y nos conduce hacia una vida de libertad y propósito conforme a su voluntad.
Continuará…
«Piensa y Acciona»
Nacho