«Ustedes son la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿cómo daremos sabor a la comida? para nada sirve la sal, y será mejor botarla para que sea pisoteada por los hombres. Ustedes son la luz del mundo; una ciudad no puede estar escondida si está ubicada en una montaña» (Mateo 5:13-14, TCB).

El Sermón del Monte establece el marco ideal para una santidad que transforma vidas e impacta la sociedad, ofreciendo un testimonio genuino y relevante para el mundo. Jesús emplea la metáfora de la sal y la luz para ilustrar el llamado de la iglesia: ser un agente de cambio con propósito. La sal resalta el valor de una fe que preserva y da sabor, mientras que la luz representa la verdad que disipa las tinieblas. Juntas, ambas imágenes reflejan la misión ineludible de los creyentes: encarnar el amor y la compasión de Cristo mientras proclaman el mensaje de salvación.

Jesús formó y capacitó a doce hombres, quienes bajo el poder del Espíritu Santo en Pentecostés, fueron transformados en testigos fieles de su enseñanza. Más de dos mil años después, la iglesia permanece firme sobre la faz de la tierra. En un mundo sumido en crisis, con gobiernos carentes de liderazgo sabio y sistemas económicos y políticos en constante búsqueda de soluciones, los intentos humanos han fracasado una y otra vez.

A lo largo de los siglos, la iglesia ha sido la fuerza más poderosa en la historia, no solo por su mensaje proclamado, sino por su testimonio tangible, visible en la predicación y en su compromiso de servir a los necesitados. Ha encarnado con fidelidad la misión descrita por el evangelista Lucas: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ungió para evangelizar a los pobres, me ha enviado para proclamar la libertad a los cautivos, para devolverles la vista a los ciegos, para liberar a los oprimidos» (4:18). Abandonar esta misión no solo será un error, sino un pecado, privando a muchos de la oportunidad de una eternidad gloriosa con nuestro Señor Jesucristo.

Regresemos a esa santidad que transforma el corazón y se refleja en un estilo de vida, no de condenación, sino de gracia, compasión y misericordia. Seamos la diferencia en medio de la multitud; que nuestra voz se alce para testificar de Jesús y de su amor salvador, que nuestras manos se extiendan para levantar al caído y no para hundirlo, que nuestros pies corran hacia el necesitado y no huyan de él, y que nuestros santuarios sean verdaderos lugares de adoración, celebración y comunión.

«Piensa y Acciona»

Nacho

Deja un comentario