La verdadera santidad no se encuentra en las apariencias externas ni en la afiliación a una congregación religiosa. No se distingue en la vestimenta, en la manera de caminar o en la pertenencia a un grupo eclesiástico. La santidad que transforma es aquella que se refleja en la vivencia diaria, en el trato hacia los demás y en una actitud que trasciende las cuatro paredes de un templo.

Cada domingo, multitud de templos se llenan de personas que adoran, cantan, lloran y ríen conmovidas por el mensaje predicado. Sin embargo, el desafío de la verdadera espiritualidad es que esta devoción no se limite a un evento semanal, sino que impregne cada momento de la vida. La santidad auténtica no es un traje que se guarda hasta el siguiente culto, sino una transformación continua del corazón y la mente.

La fe genuina se prueba en la cotidianidad, en la manera en que tratamos a quienes nos rodean, en cómo respondemos ante la adversidad y en la forma en que ejercemos misericordia y compasión. La santidad no es una máscara de religiosidad, sino un reflejo del carácter de Cristo en nuestras vidas. Solo cuando la santidad se convierte en un estilo de vida, tiene el poder de impactar la sociedad y generar un cambio real en el mundo.

Es significativo que Dios, a través del profeta Miqueas, confronte al pueblo de Israel por su falta de fidelidad y desobediencia. Les recuerda su constante fidelidad y cómo los protegió de las conspiraciones de sus enemigos. Ante este llamado de atención, el pueblo responde preguntándose: «¿Con qué me presentaré ante Jehová?», asumiendo erróneamente que Dios exige ofrendas y holocaustos. Sin embargo, el Señor los corrige, revelándoles que su verdadero deseo no es el mero ritualismo, sino una vida marcada por la justicia, el amor a la misericordia y la humildad al caminar con él (Miq 6).

De manera similar, el profeta Isaías denuncia la hipocresía del pueblo cuando les dice: «Este pueblo se acerca a mi con la boca y me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (29:13). Una vez más, se pone de manifiesto que la santidad no es un mero acto externo que se adapta según el entorno o la ocasión. Dios, de manera enfática, señala que la santidad es la manifestación de una experiencia salvadora que tiene lugar en el corazón, una transformación profunda que no está desconectada de las realidades existenciales de nuestro mundo. La santidad, entonces, es algo que nace de una relación auténtica con Dios, y no de simples prácticas externas.

La santidad transformadora debe ser un testimonio visible que impacte a la sociedad de tal manera que, al observar la vida del creyente, el mundo pueda ver a Cristo Jesús reflejado en sus acciones y actitudes. La santidad no solo se manifiesta en momentos privados de devoción, sino que se extiende a todas las áreas de la vida, de modo que quienes nos rodean puedan reconocer la obra de transformación que Dios ha hecho en nosotros. Así, el creyente se convierte en un reflejo vivo del carácter de Cristo, sirviendo como luz en un mundo necesitado de esperanza y verdad.

Continuará…

«Piensa y Acciona»

Nacho

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