Las ideas, los planes de trabajo, los esquemas , las lluvias de ideas, por muy prometedoras que sean, carecen de utilidad si no llegan a concretarse. El joven que está locamente enamorado de la joven pero nunca se lo comunica; el inventor que solo guarda sus ideas en la mente sin materializarlas; o el empresario que escribe propuestas revolucionarias para su empresa pero no las ejecuta, todas tienen algo en común: si no actúan, sus sueños solo serán eso, ideas, pensamientos o ilusiones.

El plan de Dios para la humanidad fue claramente presentado por Cristo Jesús a sus discípulos antes de ascender a los cielos: «Id por el mundo, predicar el evangelio y hacer discípulos» (Marcos 16:15; Mateo 28:19). Este mandato no fue solo una instrucción, sino una continuación de lo que Él mismo modeló durante su tiempo en la tierra. Jesús vivió entre los hombres, entregándose por completo a aquellos que vino a ministrar. Salió al encuentro de las necesidades, se compadeció de los quebrantados, sanó a los enfermos, liberó a los oprimidos y, a través de sus palabras y acciones, se presentó como el Hijo de Dios, enviado para salvar al hombre. Su vida fue el ejemplo perfecto de un evangelio en movimiento.

Primeramente, para que el evangelio de Jesús esté en movimiento, los creyentes tienen que salir. Este mandato es más que una invitación, es un llamado a dejar atrás la comodidad y la pasividad para cumplir con la misión encomendada por Cristo. Sin embargo, desde la pandemia del 2020, se ha visto un cambio significativo en cómo muchos abordan esta tarea. Son numerosos los que prefieren vivir el evangelio desde la comodidad de su hogar, sin tener que salir a compartir las Buenas Nuevas cara a cara. No se trata de una falta de deseo por la salvación de otros, sino una tendencia a pretender impactar al mundo desde la sala o el comedor, confiando en medios digitales o interacciones mínimas.

Si bien estas herramientas tienen su lugar y han demostrado ser útiles, nunca podrán reemplazar el poder transformador del contacto directo. Esto lleva al segundo punto: ¡Conectar!. Conectar no es solo un acto físico; es un movimiento intencional de hacia las necesidades del prójimo, un paso de amor y compasión que refleja obediencia al mandato de Jesús. En una sociedad que promueve un culto egocéntrico, centrado únicamente en el ‘yo’, y en una generación acostumbrada a exponerse constantemente y a buscar atención a través de redes y plataformas digitales, este comportamiento no es más que un grito silencioso de desesperación, un anhelo profundo por una conexión genuina con los demás.

El evangelio en movimiento no solo nos llama a salir, sino también a tender puentes que trasciendan la superficialidad de la cultura. Es una invitación a ofrecer relaciones significativas, donde las personas puedan encontrar esperanza, sanidad y el amor transformador de Cristo.

Y así llegamos al tercer punto: Transformación. El evangelio son las buenas noticias de que Dios envió a su Hijo, Jesús, no solo a encarnarse y vivir entre los hombres, sino también a reconciliar al hombre con Dios a través de su sacrificio en la cruz. El evangelista Lucas resume esta misión con claridad al declarar: «Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10).

Esta reconciliación no es solo un concepto teológico; es una experiencia real que transforma vidas. Todo aquel que recibe a Jesús en su corazón experimenta el poder transformador de Dios. Su vida toma un rumbo diferente, tal como lo afirma la Escritura: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas» (2 Co 5:17).

El Evangelio en Movimiento: Sal, Conecta y Transforma. No te quedes inactivo. Vive el evangelio con pasión y propósito, llevando las Buenas Nuevas a cada rincón. Sal de tu zona de confort, conecta con las necesidades de los demás y permite que el poder transformador de Dios fluya a través de ti. ¡Haz que otros conozcan a Jesús y reciban la salvación!

«Piensa y Acciona»

Nacho

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