La expresión «A la verdad de que tú eres bravo», refleja la admiración por aquellos que, a pesar de enfrentar dificultades, críticas y obstáculos, mantienen su integridad y hacen lo que es correcto en el momento adecuado. No siempre se cuenta con todas las circunstacias favorables para realizar buenas acciones, ofrecer ayuda desinteresada o mostrar amor genuino hacia los demás.

El status quo que al fomentar una sociedad centrada en el egoísmo, el egocentrismo y el hedonismo, contribuye a la creación de una cultura de manipulación que ciega a sus miembros ante el sufrimiento y la necesidad ajena. Cuando alguien tiene el coraje de desafíar esas normas sociales, a menudo es percibido como débil, sin inteligencia o como alguien que desperdicia lo que ha obtenido con esfuerzo. La verdad es que la sociedad tiende a evaluar a las personas en función de lo que tienen y no lo que realmente son.

En la parábola del Buen Samaritano, observamos cómo dos personajes eligieron mantener el status quo en lugar de compadecerse de un ser humano en sufrimiento. Aunque es posible que el estado de esa persona fuera consecuencia de no tomar las precauciones necesarias, esto no justifica el abandono de quienes están llamados a practicar la justicia, la bondad y el amor. Estas virtudes son cada vez más escasas en nuestra sociedad, la cual a menudo valora la compensación personal por los logros alcanzados– lo cual no es negativo en si mismo– pero tiende a despreciar a aquellos que no alcanzan niveles sociales reconocidos.

Desafortunadamente, esta misma mentalidad también se manifiesta en ciertos círculos religiosos, las personas son admiradas en función de su tiempo en la iglesia, su posición ministerial o su grado de influencia. Sin embargo, cuando alguien de estos círculos comete un error o un pecado , suele ser abandonado, criticado y menospreciado. Y esto es sin mencionar la situación aún más grave para aquellos que careciendo de reconocimiento, enfrentan un trato aún más desfavorable.

El apóstol Pablo condena tal actitud en su epístola a los Gálatas,diciendo: «Hermanos, en caso de que alguien se encuentre enredado en alguna transgresión, ustedes que son espirituales restauren al tal con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado» (Gálatas 6:1). Aunque estas palabras se refieren a un contexto de pecado cometido, su esencia puede aplicarse a otros contextos, ya que en el siguiente versículo, Pablo exhorta a llevar las cargas de los demás, señalando que «de esta manera cumplirán la ley de Cristo» (verso 2).

No se puede abandonar a quienes han sido maltratados por las duras experiencias y circunstancias adversas de la vida. Sean culpables o no de su situación, la obligación no es convertirse en jueces que desestiman la responsabilidad de la misericordia y la compasión. ¿Cómo habría afectado la conciencia del sacerdote al seguir su camino e ignorar la necesidad del moribundo? Aquellos que han experimentado la salvación conocen el amor del Padre y disfrutan de la comunión con el Hijo. Como resultado, el Espíritu Santo transforma sus corazones, impulsándolos a actuar con verdadera compasión y misericordia.

No te pierdas la próxima parte. Esto continúa…

«Piensa y Acciona»

Nacho

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