En los medios de comunicación, tanto sociales como noticiosos, a menudo nos informan sobre casos desgarradores de recién nacidos, ancianos y animales que han sido abandonados por sus familias o cuidadores. La angustia que deben experimentar estos seres es difícil de imaginar. Ser dejado a la intemperie, al azar o a la benevolencia de un extraño debe ser una experiencia extremadamente dolorosa y desoladora.

Los seres humanos no están diseñados para vivir en soledad ni para sentirse abandonados por la sociedad. Estamos hechos para convivir y relacionarnos con otros seres humanos. Este principio se refleja en las Escrituras cuando Dios crea al primer ser humano, Adán. El escritor bíblico señala que “para Adán no se halló ayuda que le fuera idónea” (Génesis 2:20). Esta afirmación sugiere que el plan divino para el ser humano incluye la compañía y el apoyo de otros seres humanos, destacando que la existencia plena y significativa se encuentra en la relación y la interacción con nuestros semejantes.

En la parábola del Buen Samaritano, Jesús describe a un hombre que, tras ser asaltado y dejado casi muerto en el camino de Jerusalén a Jericó, se enfrenta a una agonía extrema. Este hombre probablemente experimentó pensamientos aterradores sobre su posible muerte, temores sobre si su familia alguna vez conocería su destino, y una profunda desesperanza mientras yacía herido, ensangrentado y sin poder moverse.

¿Te has sentido alguna vez en una situación de tal vulnerabilidad, inseguro y abandonado, con pensamientos tan oscuros como el deseo de rendirte o de acabar con tu vida.? Aún en esos momentos más desesperados, hay un tenue rayo de esperanza que persiste, sosteniendo la creencia de que la situación puede mejorar y que el futuro puede ofrecer algo mejor.

Afortunadamente para el hombre en la parábola, se encontraba en un camino transitado por viajeros. Esto le daba la posibilidad de recibir ayuda de alguien movido por la compasión. Aunque la espera probablemente fue larga y llena de dolor, y aunque la vida parecía desvanecerse con cada segundo, el hecho de que la ayuda pudiera estar cerca mantenía viva una chispa de esperanza.

Finalmente, se oyen los pasos de un individuo descrito como un sacerdote del Templo. Aunque el relato no detalla si el moribundo pudo identificar a este sacerdote en ese momento de debilidad y vulnerabilidad, es natural pensar que al escuchar estos pasos, el herido recuperó por un instante la esperanza de ser auxiliado.

Este sacerdote se encuentra con el hombre herido, casi muerto, y decide no ayudarle. Es razonable suponer que el sacerdote podría estar regresando a su hogar tras cumplir con sus deberes en el Templo, donde su rol era crucial para la vida espiritual del pueblo: ofrecer sacrificios, ministrar y mantener la relación entre el pueblo y Dios.

La Ley de Moisés, como se menciona en Levítico 21:1-4, prohibía a los sacerdotes tocar cadáveres o estar en contacto con cuerpos muertos, salvo en casos de familiares cercanos. El sacerdote en la parábola, al no acercarse al herido, podría estar intentando cumplir con esta ordenanza y evitar el riesgo de contaminación ritual. Por lo tanto, aunque su acción puede parecer falta de misericordia, podría interpretarse como un intento de mantener su pureza ritual.

Después del sacerdote, pasa por allí un levita, también miembro de la tribu de Leví, cuyo papel era asistir al sacerdote en sus funciones. Al igual que el sacerdote, los levitas estaban sujetos a las mismas leyes de pureza respecto a los muertos. El levita, a diferencia del sacerdote, se acerca al herido pero, en lugar de ofrecer ayuda, continúa su camino.

Tanto el sacerdote como el levita decidieron continuar hacia su hogar y entorno cotidiano en lugar de ofrecer ayuda al hombre herido. Su adhesión rígida a las leyes rituales los cegó ante la necesidad inmediata del prójimo, llevándolos a ignorar los dos mandamientos fundamentales que Jesús destacó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37-40). Estos mandamientos, según Jesús, son la base de toda la Ley y los Profetas, y deberían guiar nuestras acciones y decisiones.

La actitud de estos personajes puede reflejar una crítica hacia aquellos que, enfocados en el cumplimiento de normas religiosas, pierden de vista la esencia del amor y la compasión. En este contexto, el cumplimiento estricto de las reglas rituales se convierte en una barrera que impide la verdadera práctica de la misericordia.

Es comprensible que, si has tenido experiencias dolorosas con personas o instituciones que se autodenominan religiosas, puedas sentir un resentimiento hacia todo lo que representan. Esa sensación de abandono y la falta de compasión que has experimentado pueden haber herido profundamente tu confianza en la iglesia o en las prácticas religiosas en general. Es natural que estas experiencias aisladas puedan afectar tu percepción y provocar un desinterés o rebelión hacia las instituciones que te han causado dolor.

Sin embargo, es importante recordar que estas experiencias, aunque dolorosas, no representan la totalidad de la fe o la comunidad religiosa. La verdadera esencia del amor y el cuidado, como se enseñó en la parábola, va más allá de las normas y rituales. A veces, es en el ejercicio de la misericordia y el amor genuino donde podemos encontrar un sentido más profundo de conexión y sanación, tanto con los demás como con nuestra propia espiritualidad.

No te pierdas la tercera parte de este escrito…

«Piensa y Acciona»

Nacho

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