La fe vivida por unos cristianos en un lugar concreto de la tierra, da, ciertamente, identidad y ensanchamiento al corazón de los hombres y hace mirar más allá de las propias fronteras de uno (ReligiónDigital.org, Carlos, Arzobispo de Valencia). 

El mundo en el que vivimos, la sociedad de la que somos parte, tiene, sostiene y promueve valores que constantemente están cambiando. Es por eso que hoy no se piensa lo mismo que el ayer y ciertamente no será lo mismo mañana. Hay una hambre y sed de identidad comunitaria y no de una identidad genuina y única; existe un deseo de identificar a los demás de acuerdo al pensamiento “libre sin restrinciones”. La identidad es fluida y va de acuerdo a qué día de la semana es. 

Los valores nos permiten orientar nuestro comportamiento para realizarnos como personas y nos ayudan a mirar los escenarios de la vida de manera diferente y única a los demás seres humanos. Podemos describer los valores como principios y creencias fundamentals que nos ayudan a preferir, apreciar y elegir unas cosas en lugar de otras, o un comportamiento en lugar de otro (AQ, Ana Caldas). 

El apóstol Pablo cuando escribe la carta a la iglesia en Roma, les dice que no imiten las conductas ni costumbres del mundo, sino que permitan que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar (Rom.12:2). La mente es un componente muy importante y poderoso en el ser humano. Todo lo que es captado por los ojos, escuchado a través de nuestros oídos, percibido por nuestro olfato, tocado por nuestras manos y pies y hablado por nuestra boca, es procesado en nuestra mente e interpretado de acuerdo a esos valores que rigen nuestra vida. Es entonces cuando manifestamos un comportamiento definido. 

¿Qué tal sería si nuestro comportamiento, valores, principios y acciones fueran el resultado de una mente que piensa desde la fe? 

Pensar desde la fe, es tener en mente lo que Dios dice en Su palabra tocante a los asuntos relevantes de la vida que tienen repercusión en lo eterno. Pensar desde la fe es vivir las instrucciones de Dios desde nuestro ser interior. Pensar desde la fe es el resultado de una vida llena del Espíritu Santo que busca glorificar a Dios a través de los pensamientos, acciones y palabras. 

Cuando Jesús le preguntó a sus discípulos quién era él de acuerdo a ellos, ninguno pudo contestar hasta tanto Pedro no recibió revelación del Padre. Pensar desde la fe se convierte en un reto porque aunque no anula nuestras ideas o perspectiva de vida, nos ayuda a canalizar nuestra vida dando como resultado una vida productiva. 

Jesús nos enseñó a pensar desde la fe cuando enseñó el reglamento del reino conocido como el Sermón del Monte. En las bienaventuranzas vemos unos principios establecidos tales como: la justicia, la dependencia de Dios, la humildad, la compasión, la pureza del corazón, la paz y aún la persecusión (Mateo 5). 

Cuando pensamos desde la fe sabemos cuál es nuestra identidad; sabemos el propósito de vida por el cual existimos, aprendemos a depender de Dios más que de nuestras habilidades y conocimientos. Pensar desde la fe es manifestar a Jesús en nuestras vidas de modo que seamos invisibles ante el mundo y revelemos a Dios. 

Pensar desde la fe es aplicar el consejo del apóstol Pablo a la iglesia de Filipos: Y ahora, amados hermanos, una cosa más para terminar. Concéntrese en todo lo que es verdadero, todo lo honorable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo bello y todo lo admirable. Piensen en cosas excelentes y dignas de alabanza (4:8). 

Tenemos ante nosotros un gran reto y es de pensar desde la fe. La iglesia debe ser el status quo del mundo y son ellos quienes deberían unirse a nosotros. Seamos el resultado de personas que han visto a Dios, lo han conocido y han permitido un cambio de naturaleza.  

…todo el que pertenece a Cristo se ha convertido en una persona nueva. La vida antigua ha pasado; ¡una nueva vida ha comenzado! 2 Corintios 5:17 

«Piensa y Acciona»

Nacho

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