Aquellos que han sido enseñados en una escuela bíblica o en algún momento fueron a visitar una congregación cristiana, de seguro que escucharon la historia del niño Samuel. Aquel niño que había sido dedicado por su madre, Ana, al Señor y desde los 5 años aproximadamente, fue a vivir al Tabernáculo y una noche Dios le llamó y él no reconoció la voz confundiéndola con la del sumo sacerdote Elí. Cuando escuchas acerca de esta historia, ¿qué es lo más que llama tu atención? o ¿en quién te enfocas? ¿No es verdad que las enseñanzas tocante a esta historia giran alrededor de por qué Samuel no conocía la voz de Dios?
¿Por qué no me acompañas en esta lectura a mirar desde otro ángulo? ¿Que tal si por un momento nos enfocamos en Elí? ¡Sí, Elí, el sumo sacerdote! Posiblemente preguntarás, ¿Y qué importancia tiene Elí si era un anciano de 98 años? Te diré que sí tiene importancia y no necesariamente por lo que es señalado.
Miremos 1 de Samuel 3 verso 1, la primera parte.
Samuel, que todavía era joven, servía al Señor bajo el cuidado de Elí…
¿Qué puedes notar en esa 13 palabras? Samuel era joven; servía al Señor; bajo el cuidado de Elí. Antes de llegar Elí, veamos estos elementos presentados en el verso bíblico.
Era joven
Es muy probable que Samuel tenía aproximadamente 12 años. Apenas un «pibe» como dicen en mi barrio. Imagínate a un niño de 12 años en un lugar fuera de su entorno familiar. Los hijos de Elí eran ya adultos; Elí era un anciano. Es muy probable que Samuel tuviera a cargo algunos encargos menores en el Tabernáculo. Elí era el hombre de Dios que por mucho tiempo no solo sirvió como sumo sacerdote, también fue juez en Israel o sea, fue el gobernante. Era un hombre de una vasta experiencia, el que dirigía al pueblo en asuntos religiosos. Conocía la ley y la historia del pueblo de Dios.
Ahora tenemos en escena a un joven el cual no es de la tribu de Levi, no es hijo de profeta más sin embargo tendrá una experiencia que marcará su vida para siempre. Ser joven es sinónimo de falta de experiencia, falta de pericia-mi abuelo paterno decía «falta de malicia». Equivale a una persona a la que no se le puede delegar asuntos que requieren madurez y pensamiento crítico. ¿Cuántos errores se cometen en la juventud que trascienden en el tiempo de los cuales no hay marcha atrás?
Cuando Dios me habló por primera vez, yo tenía alrededor de 9 años y en realidad a quien le habló fue a mi padre. Este evangelista descrito por mi padre como un loco, dijo lo siguiente: «Este será un evangelista -refiriéndose a mi hermano- y este será pastor-refiriéndose a mi-. No me acuerdo de ese momento pero mi padre todavía lo tiene vivo en su memoria. Pasaron 27 años hasta que se cumplió esa palabra. No solo se cumplió para mí, también se cumplió para mi hermano.
Nuestros jóvenes son el blanco de nuestro enemigo Satanás quien con sutileza tiene sus agentes en las diferentes agencias gubernamentales, sociales y hasta religiosas para engañarlos. Les quiere hacer creer que no importan sus acciones siempre que encuentren satisfacción y complacencia. Muchos se pierden en los vicios, sufren una crisis de identidad que los está llevando a creer cualquier cosa aunque sea dañina para ellos. Algunos no tiene un trabajo, no estudian y viven la vida día a día esperando que las cosas se den por arte de magia. Se nos pierden nuestros jóvenes y aún aquellos que son parte de una congregación se están alejando para nunca más regresar.
Se desgarra el corazón de los padres, de los pastores, las familias son afectadas y nos preguntamos, ¿qué podemos hacer? Mirando esta historia de Samuel, tenemos una respuesta contundente y que sí funciona.
Y, ¿qué tiene esto que ver con Elí? Tienes que leer el próximo escrito.
Continúa…
«Piensa y Acciona»
Nacho