No podemos negar que la vida se compone de cambios y que sin estos no aprenderíamos a pasar de una etapa a otra. Hay cambios físicos, mentales, estructurales, espirituales, emocionales, sentimentales y tantos otros. En ocasiones los cambios son abruptos e inesperados y nos toman por sorpresa pues estamos acostumbrados a tener el control de las cosas. Pensamos que somos dueños de nuestras vidas, circunstancias y de nuestro porvenir. Para eso contamos con nuestros recursos, planificaciones y/o nuestras capacidades.
Ante los cambios sólo tenemos dos alternativas, aceptarlos o resistirlos. Aceptarlos significa que intentaremos hacer los ajustes necesarios para seguir adelante; resistirlos nos puede llevar a «nadar contra la corriente» dificultándonos el avance necesario para alcanzar nuestras metas y sueños. Hay un «después» del cual nadie puede librarse y tenemos la opción de detenernos o de continuar.
No siempre resistirse a los cambios es negativo y es la mejor opción cuando se trata de preservar principios y valores.
«Le pido a Dios… que sigan creciendo en conocimiento y entendimiento»
Filipenses 1:9b
Los valores en la sociedad son cambiantes pues cada generación interpreta los principios, las leyes de conducta, las normas de la moral de acuerdo a su tiempo. La iglesia de Jesucristo ha tenido que combatir con aquellos cambios provocados por la sociedad que intentan borrar todo lo que está relacionado con Dios, su Palabra y su servicio.
Las iglesias que fueron establecidas registradas en la Santa Escritura, la Biblia, fueron formadas en ciudades que tenían trasfondos paganos, idolátricos y que promovían conductas inmorales. Las ciudades del Asia Menor promovían cultos a la diosa Diana los cuales tenían una fuerte saturación de lascivia, sexo con sacerdotisas; se promovía el culto al emperador; el gnosticismo era una línea fuerte de pensamiento que decía entre otras cosas que la salvación sólo estaba reservada para aquellos que podían alcanzar el conocimiento. Algunas de estas culturas eran feministas donde la mujer ocupaba un lugar superior al hombre; el culto a los dioses era muy promovido. La lista es más amplia, pero tenemos una idea de qué cosas tuvo que enfrentar la iglesia.
Los apóstoles como Pablo, Juan y Pedro; escritores como Judas, y Santiago combatieron con todo este tipo de prácticas e inmoralidades instruyendo a la iglesia a permanecer en la doctrina enseñada por nuestro Señor Jesucristo. La iglesia no se doblegó ante los constantes cambios promovidos por otras religiones, gobernantes y se mantuvo firme.

Los cambios han continuado a través del tiempo y siempre ha sido un reto para la iglesia enfrentarlos, combatirlos y seguir su marcha proclamando el mensaje de salvación.
En nuestro próximo escrito mencionaremos algunos de esos cambios.
«Piensa y Acciona»
Nacho